La mano que maneja el lápiz controla el mundo

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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3 de marzo de 2018  

Había pasado todo el día sin ver las noticias, y uno tampoco es de fierro. Así que a la noche puse la tele. Me enteré, de esta suerte, de un dato dado a conocer el 25 del mes último por el diario inglés The Guardian: Sally Payne, terapeuta en jefe de pediatría ocupacional de la Fundación Heart of England, ha descubierto que los chicos están empezando a encontrar dificultades para sostener correctamente un lápiz, que llegan a la escuela sin el desarrollo muscular adecuado para esta tarea. ¿Quién es la culpable, según el artículo? Por supuesto, la tecnología.

Estamos acostumbrados a esta clase de razonamientos que, aparte de sonar políticamente correctos, están viciados por varias falacias. Sin entrar en detalles, el planteo equivale a echarle la culpa de los accidentes aéreos a la gravedad. A propósito, ¿cómo llegaban los chicos hace 50 años con ese desarrollo muscular, si nunca habían escrito? ¿Porque los chicos suelen dibujar mucho? ¿Todos los chicos dibujan? ¿Seguro? ¿Y hoy? ¿Ya no dibujan?

No, la culpa no es de la tecnología. Ni tampoco es algo de los chicos. Mis alumnos en la universidad producen, en su inmensa mayoría, caligrafías propias de un niño de 7 u 8 años (de hace medio siglo). En no pocos casos, no usan cursivas. Mayúsculas sin filtro, como si fueran teletipos. Y hay textos que, por mucho esfuerzo que pongo, soy incapaz de decodificar.

Fantástico. Ahora, ¿cuándo fue la última vez que usamos un bolígrafo, un lápiz o una pluma estilográfica? En caso de que lo recuerden, ¿con qué frecuencia? ¿Una vez a la semana? ¿Al mes? ¿Para cuántas palabras? ¿Cinco, diez?

Caramba, resulta que no sólo los chicos y los alumnos de las universidades exhiben dificultades para tomar un lápiz o escribir con alguna elegancia, sino que muchos de nosotros, los que se supone que no teníamos ese problema, incluso aquellos que escribimos a diario miles de caracteres, encontramos eso del puño y letra algo -¿cómo decirlo?- inusual, a lo que nos hemos ido desacostumbrando. Una noticia super inesperada, ¿no?

Escribimos más, pero...

El problema de estos razonamientos desviados -Payne es mucho más cuidadosa en sus dichos, hay que reconocerle eso-, expeditivos y fáciles de digerir, es que enmascaran el verdadero dilema.

Empecemos por los hechos. Escribimos mucho más que hace 30 años; mails, WhatsApp, Facebook, comentarios, toneladas de tweets. Pero casi nunca escribimos a mano. Dicho más simple: rasgarse las vestiduras porque los chicos, los jóvenes e incluso los adultos encontramos dificultades para escribir de puño y letra es como indignarse porque ninguno de nosotros podría acertarle a un ciervo a 50 metros de distancia con un arco y flecha del Paleolítico.

Pero no es lo mismo

La causa de que los chicos (y los no tan chicos) encuentren dificultades para escribir a mano es obvia. No usan lápiz y papel para sus textos. Y no los usan porque nadie los usa. Tampoco la ven a mamá o a papá escribiendo a mano durante horas. En su mundo, los lápices son tan raros como el arco y flecha en el nuestro. Puede que dibujen cuando son pequeños y, por supuesto, hacen sus primeros palotes. Pero lo manuscrito ha dejado de ser la tecnología dominante.

Existe, sin embargo, una diferencia entre el lápiz y el arco y la flecha. Porque, ¿qué es escribir a mano? ¿Acaso no es lo mismo que hacerlo con un teclado, sólo que más lento y engorroso? Bueno, ese es el asunto, y la respuesta es sí y no.

A los 13 años empecé a llevar un diario personal. En aquella época no teníamos procesadores de texto, así que usé la tecnología disponible, cuadernos y bolígrafos. Supongo que es bastante lógico que un chico que iba a convertirse en periodista decida llevar un diario, pero la verdad es que me puse con eso porque me gustaba escribir y porque en los '70 quedaba muy bien llevar un diario. Era cool.

La cuestión es que dedicaba una o dos horas por día a escribir a mano, y muy pronto me encontré cara a cara con uno de los obstáculos más obstinados con los que chocan los escritores nóveles. Había una distancia aparentemente insalvable entre lo que tenía en la cabeza (o en el corazón) y lo que quedaba finalmente escrito. Luché contra esa dificultad a brazo partido, literalmente.

Me encantan los emoticones y los emojis, ya lo saben, pero de no haberme visto forzado a buscar las palabras correctas, la estructura adecuada, a diseñar cada párrafo en función del resto del texto, todavía estaría empantanado en esa arena movediza que es al principio la escritura.

Ahora, ¿no podría haber escrito todo ese texto a máquina? Tal vez, aunque probablemente me habría aburrido o no podría haber escrito tarde a la noche, como solía hacerlo. Hay algo más, que solemos olvidar: a nuestra especie le da placer hacer cosas a mano. Es un asunto de supervivencia. Los objetos fabricados en serie aparecen en los últimos milisegundos de nuestra historia.

Casi medio siglo después, sigo llevando ese diario y sigo haciéndolo a mano. No sólo porque me da placer, no sólo porque escribir es algo del cuerpo, sino porque no hay Ctrl-Z, porque no hay posibilidad de editar y porque, lo confieso, confío más en el papel que en los bits. En otras palabras, el drama de que los chicos (y los no tan chicos) sean incapaces de sostener correctamente un lápiz está menos en los músculos que en la mente.

La vida, los desafíos, las relaciones y las horas son un fenómeno secuencial que no permite enmiendas. El asunto no es que no puedan usar un lápiz, sino que no puedan usar sus mentes fuera del corralito digital. El texto online tiene características interesantísimas y, a mi juicio, está perfecto así como está: telegráfico, con emoticones y frecuentemente agramatical . El problema es que el otro texto, el complejo, sigue teniendo vigencia. Escribir es una forma de pensar.

Si eso no fuera así, entonces no hay noticia. Los chicos encuentran dificultades para escribir a mano de la misma manera que se verían en figurillas para diferenciar entre los hongos comestibles y los tóxicos. En tal caso, olvidémonos de enseñarles a usar el lápiz.

Los primeros palotes

En serio, ¿por qué no dejamos de hacerlo? Más aún: ¿por qué insistimos tanto con que los chicos tienen que leer libros?

Entre el lápiz y la universidad parece haber un abismo, pero es al revés. Los une un vínculo invisible, pero por ahora inquebrantable. Conozco una mamá que le dedica un tiempo cada semana a que sus pequeños lean. Cuando me enteré me pareció admirable. Aunque los chiquitos no lo saben, con esa actividad está preparando sus mentes para el día en que necesiten aprender algo en serio, cuando tengan que incorporar una trama complejísima de conceptos abstractos de forma profesional. Profesional significa que conocés algo hasta la médula, que no guarda secretos para vos, que no tocás de oído. Ese tipo de conocimientos sólo puede surgir de maestros, lectura y práctica. Ninguno de estos tres pilares puede faltar. Creo que estamos en un momento disruptivo también para el aprendizaje, pero el valor del texto, los buenos maestros y la práctica siguen siendo críticos.

Hay excepciones, por cierto, como es el caso del zazén, pero incluso en el dojo se suelen leer los sutras. Todo eso que conocemos como multimedia ayuda, claro. Pero no existe modo alguno de transmitir información abstracta con un grado de detalle tan fino como no sea mediante texto.

Déficit peligroso

Pero una cosa es leer y otra escribir. ¿Para qué sirve realmente que los chicos aprendan a escribir a mano? En realidad, en la pregunta se esconde una inversión de términos. A alguien que es capaz de escribir un texto más o menos organizado le da lo mismo hacerlo con el teclado o con una pluma de ganso. Si los chicos llegan sin las destrezas para sostener un lápiz, pero sus maestros les enseñan a construir textos extensos y profundos en la notebook, está todo bien.

Claro que la escritura tiene mucho de memoria corporal, como bailar o poner los cambios del coche. Al final es una cuestión de tiempo y economía: se aprende a escribir más rápido y fácil usando las manos que un dispositivo en el que todas las letras se producen igual, apretando una tecla o tocando la pantalla. Insisto, la escritura es algo del cuerpo.

Así que el lápiz, ese humilde y aparentemente obsoleto dispositivo del pasado remoto, es un vehículo único, extraordinario, todavía irreemplazable para conectar nuestro cuerpo con la letra. El resto es cuestión de práctica (con lápices o teclados), y en ese sentido tenemos un severo déficit. Pero le seguimos echando la culpa a la tecnología.

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