Una instantánea grabada en la retina

Silvina Pini
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3 de marzo de 2018  

El barco tuvo que hacer cola para atracar en la pequeña isla Titov, una de las dos mil que emergen en la bahía de Halong, entre Vietnam y China. Los pasajeros nos lanzamos a devorarla en la escasa hora que teníamos para hacerlo. Los occidentales del tour éramos minoría frente a la enorme mayoría de orientales. Las únicas de nacionalidad evidente eran unas chicas coreanas porque en el fanatismo por las selfies, las coreanas lo llevaron al pedestal de una religión privada. Se vestían, peinaban y maquillaban pensando siempre en los "me gusta" y nunca en el terreno que debían pisar. Daba lo mismo si se trataba de una cena con el capitán o una isla.

Siempre de tacos, polleras hasta el piso y vaporosas chalinas de seda, ni por un segundo pensaban que debían caminar por la playa o circular por pasarelas atestadas de turistas. Cumplían el sueño de ser modelos en una perpetua producción de moda donde la locación era tan solo un buen marco. No importaba si aparecía atrás y fuera de foco la estatua de Guerman Titov, el astronauta ruso que había visitado la isla con Ho Chi Minh en 1962, un año después de orbitar la Tierra. Ninguna subió los 340 escalones de la estrecha escalera a la cima porque hacerlo con los "sticks" de un metro y medio no era lo más cómodo y además, inevitablemente entrarían extraños en cuadro. Qué podía importarles ver desde lo alto una de las 7 Maravillas Naturales. Prefirieron quedarse en la playa y, cuando no se sacaba cada una su selfie, se turnaban para que una le saque al resto saltando al unísono, los brazos extendidos al cielo, las rodillas quebradas hacia atrás. Después revisaban la foto, las melenas negras en movimiento como un comercial de champú, y lo repetían de ser necesario.

Me senté unos minutos en la arena a observarlas. Y en esa multitud ruidosa y con el rugido de los motores de una treintena de barcos, vino a mi rescate el recuerdo de otra playa, lejana en el tiempo y en el espacio, en el coloso de Sudamérica, Brasil. Praia do Forte. Una madre y su hijo antes de que existieran los teléfonos inteligentes. Nos habían dicho que, a una hora de caminata por la playa, había una piscina natural, un "papa gente" que en portugués significa "atrapa gente", que duraba lo que la marea tardara en subir. Sin saber bien qué era, sin GPS y sin haberla visto en el Google Maps, me apuré y emprendí la caminata con mi hijo de siete años y una mochila con máscaras y snorkel. Caminamos y caminamos por la arena, por las piedras, sin ver un alma. De pronto nos cruzó un vendedor de helados solitario, vendía helados de agua caseros. Compré dos de sabores indescifrables y llegamos finalmente a una pequeña bahía donde podía verse una piscina de mar turquesa encerrada entre rocas. Nos zambullimos con las máscaras y vimos peces y hasta una serpiente marina. Más tarde estiré el pareo en la arena y nos acostamos los dos mirándonos las caras. Fue entonces que mi hijo, con las gotitas de sal en la cara, me dijo: "Mamá, despertame". Pero no fue un sueño, fue una instantánea de felicidad compartida que no necesitó de cámaras para quedar registrada.

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