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Artistas a la gorra:

la función está por comenzar

Para algunos son una molestia. Pero los hay excelentes, alegran el día al caminante y, de paso, ganan dinerillos bastante considerables
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19 de marzo de 2000  

La calle, ese lugar puertas afuera que los argentinos ascendimos al rango de universidad por la que si no se pasa nadie puede diplomarse de experto, depara muchas sorpresas, buenas y de las otras.

Ese sitio mítico para nuestra cultura, cubierto día y noche sólo por el cielo, ha servido de etiqueta para las más variadas situaciones. Una mujer de vida licenciosa es una mujer de la calle; el que perdió su trabajo dice: me echaron a la calle; un perro vagabundo es un perro de la calle.

La calle tiene ruidos, hedores, pozos, mugre, si la visión que se tiene de ella es sombría, pero tiene música, vida, fragancia, misterio, encanto y muchas cosas más si la óptica es sentimental.

Y las calles de Buenos Aires, por las que transitaba el loco de la balada de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer, tienen un encanto único en el mundo, por la cantidad y calidad de sus artistas a la gorra, entre otras cosas.

¿Qué son? Nada más y nada menos que los continuadores de las tradiciones medievales en las que, durante la feria, juglares, bufones, malabaristas, divertían al pueblo a cambio de una moneda en el sombrero.

Estos artistas a cielo abierto pueden ser divididos en tres grandes grupos: los músicos, los bailarines y los cirqueros. Aunque suene curiosos también son tres sus escenarios principales: los transportes públicos, en particular los trenes;la calle propiamente dicha, en especial Florida, y las plazas.

Una de las primeras cosas que aprenden quienes abrazan este trabajo, la verdadera expresión del arte popular según algunos, es la de respetar las reglas del juego del teatro virtual en el que se expresan. Comprendido esto, sus ingresos dependen de la generosidad de sus circunstanciales espectadores porque los artistas a la gorra, a diferencia de los mendigos, entregan algo a cambio de lo que reciben.

Los que diariamente toman el tren para ir a sus trabajos saben que cada viaje, entre bostezos y párpados que se niegan a permanecer abiertos, será matizado por el discurso de buscas que venden desde cómodas agendas hasta oportunos paraguas que aparecen como por arte de magia en cuanto caen cuatro gotas. También por lisiados, presuntos veteranos de guerra, portadores de HIV, drogadictos recuperados y chicos de la calle que, como muñecos sin vida, depositan una estampita en la rodilla de cada pasajero sentado.

Todos ellos, de los que la mayoría desconfía, siguen una rutina, clara e inquebrantable: el vagón es recorrido sólo por uno a la vez y de esta regla de fuego no escapan los artistas.

Carlos, Jorge y Tuqui son peruanos. Entrevistarlos no fue sencillo porque, como tantos otros como ellos, son inmigrantes ilegales y tienen miedo.

"Bien, señores -dicen, dirigiéndose a los pasajeros-, queremos que lleguen a sus trabajos con una sonrisa y por eso vamos a cantarles algunas canciones de nuestra tierra." La guitarra, el charango y la quena se alternan con las voces que, sin desafinar, entonan un carnavalito o La flor de la canela. Lo suyo dura exactamente el lapso que le demanda al tren viajar entre una estación y otra. "Mirá, hacemos esto porque tenemos que trabajar. No nos conocíamos, aunque los tres vinimos de Perú en busca de oportunidades, engañados, pensando que aquí estaríamos mejor", relató Cristian, dueño de una templada voz.

"Sabemos que aquí tenemos mala fama. Por eso es que no nos atrevemos a cantar en las plazas. Ser peruano y no tener documentos es peligroso. Pero por suerte la gente es generosa con nosotros. Le gusta lo que cantamos y cómo lo hacemos; por eso nos aplauden y nos recompensan porque se dan cuenta de que somos artistas y no menesterosos mal entrazados. Mantenemos a nuestra familia y comemos todos los días. Lo único malo de cantar en los trenes es que la garganta te queda a la miseria, porque el ruido es muy fuerte y hay que forzar mucho las cuerdas vocales."

Juvenal, boliviano, nativo de Pucará, es un hombre orquesta. Toca al mismo tiempo la guitarra y el sikus (flauta de Pan). Con ese modo especial que tienen los montañeses, relató: "Yo era músico en mi país y músico sigo siendo, pero toco solo porque la gente anda pobre y la gorra no da para compartir".

"No, la policía no nos molesta, pero de todos modos hay que evitar subir o bajar en las terminales, por eso es que el show empieza en la segunda estación y termina en la penúltima".

Por último, sir Wallace, en realidad Fary Losada, un argentino que toca la gaita parodiando al personaje de Mel Gibson. Es cómico, muy cómico. La gente lo saluda y él conoce a muchos pasajeros por sus nombres. "Yo -dijo- soy un desocupado más, con el agravante de que lo único que sé, además de ser diseñador de imagen, es tocar instrumentos de viento. Cuando perdí el trabajo me decidí por esto y voy zafando. Además, me siento muy bien porque siempre me gustó hacer reír a la gente."

De 9 de la mañana a 7 de la tarde un torrente humano va y viene por Florida, separado por una línea imaginaria que remeda la raya del pelo.

Miles de personas caminan apuradas casi sin reparar en las decenas de pequeños mendigos que pugnan sin demasiado interés por una moneda que rápidamente irá a parar al bolsillo de sus explotadores, o en unos chiquitines rubios de ojos celestes que desde un banquito tan pequeño como ellos interpretan con un acordeón algo que se supone es música, antecedidos por un cartel que señala: Soy rumano y mi familia... Junto a ellos, ciegos, mutilados, gitanos y carteristas esperan su oportunidad.

Artistas plásticos de paleta plasman una y otra vez la cara del Che, pintores con aerosol crean oníricos paisajes, hombres y mujeres estatua suplican que la mosca que les revolotea la nariz no les haga perder su inmovilidad y sinvergüenzas esperan atrapar con el viejo toco mocho a algún ingenuo. En medio de ese decorado singular, multicolor y brutal, los artistas callejeros le dan el toque de encanto a esa calle paradigmática de la ciudad. Estudiantes de flauta traversera, guitarristas de jazz, viejos tríos tangueros, bailarines y cantantes son la fruta que hace bueno este pan dulce.

Sin embargo, no todo lo que reluce es oro. Las rondas de espectadores que reúnen algunos de estos intérpretes son irritantes para los comerciantes, que los acusan de entorpecer su actividad; para muchos transeúntes que, a toda velocidad, van, generalmente, a ninguna parte, y para el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, que tiene que mediar entre las partes.

Fuera de esto, lo que nadie duda es que esta movida artística popular brotó como una flor cuando el régimen militar se caía a pedazos y Raúl Alfonsín se perfilaba para ocupar el sillón presidencial. Fue en esos tiempos cuando esta calle se pobló de colores y voces que lentamente recordaron a los demás que nuevamente todo se podía decir sin riesgo de perder la vida.

Claudio González nació en 9 de Julio, Buenos Aires, hace 40 años. Hijo sin padres conocidos, fue adoptado cuando era bebeé. La poliomielitis arruinó sus piernas. "Las muletas me hubieran servido para pedir, pero nunca tuve alma de mendigo", dice.

Sus padres adoptivos le enseñaron a amar el folklore y a cantar acompañándose con un bombo. Tenía 10 años. La explosión hormonal de la adolescencia lo impulsó a crear su grupo de rock y a admirar a Charly García, Pastoral o Nebbia. Rebelde y aventurero, a los 19 años le dijo chau al pueblo en que nació y se mudó con su guitarra al gran monstruo: Buenos Aires.

"Hace 20 años empecé a cantar en Florida y Lavalle; debo ser el más veterano en este trabajo. Eran otros tiempos, se veía venir la democracia, la gente estaba alegre después de tanta opresión, se formaban rondas enormes, la gorra era muy buena y nosotros éramos más sanos", recuerda con nostalgia mientras con su compañero Alvaro Ferrari (37) instalan su equipo en la esquina de Florida y Diagonal, donde actúan de lunes a viernes de 15 a 18.

"Todo lo que poseo me lo dio la calle, que me permite vivir bien. Soy casado, tengo tres hijos y no nos falta nada."

Dueño de una voz excelente, asegura: "Vos viste que nosotros reunimos las rondas más importantes de Florida y eso se debe a que lo que hacemos es con el alma. Hay personas que se detienen aunque sea un ratito todos los días. Y el secreto es respetar a la gente, tanto a la que pone como al que no puede dejar un centavo. Yo en una época olvidé esa premisa, me burlaba del público, le faltaba el respeto. La droga me estaba matando. Por suerte, me interné en Vencer y recuperé los valores".

Alvaro, el guitarrista del dúo, es menos idealista. "Soy uruguayo y ya cantaba en Montevideo, pero Buenos Aires es una ciudad difícil; cuando está insensible es inconmovible, cuando está deprimida busca apoyo. Según sea el estado de ánimo es más o menos problemático juntar una ronda, y más en estos momentos de malaria. Sin embargo, Florida es efectivo al toque. Yo soy casado y llegó mi primer hijo, al que, por suerte, no le faltará nada.

"¿Si quiero dejar la calle? ¡Claro! Y Claudio también. Por eso compramos equipos para que las guitarras y nuestras voces se escuchen mejor y no como parte del ruido callejero. Además, estamos grabando con mucho esfuerzo un CD para que el nuestro, que es un público sin intermediarios, lo lleve a la casa y tal vez nos pase como le ocurrió a Ricardo Arjona, que también cantaba en la calle cuando lo descubrió un productor que lo llevó para arriba. ¿Quién te dice que no nos pase lo mismo? "¿Cuánto ganamos? Es un secreto. Recaudamos menos que antes, es cierto, pero vivimos bien. Además, nosotros somos artistas sanguíneos y nuestro show dura todo lo que sea necesario si la gente pide más."

Los artistas a cielo abierto no tienen, con excepción de malabaristas y payasos, ningún tipo de organización. No están agremiados, trabajan con autorizaciones precarias, y la flaca legislación acerca de ellos sólo establece que pueden actuar en plazas y paseos públicos, de tal suerte, que las denuncias por ruidos molestos u otras yerbas las enfrentan individualmente.

"Por favor, señores, achiquemos la ronda para no tapar las vidrieras y no molestar a la gente que pasa", dice Alberto Natario, mientras su compañera, Cecilia Moret, dibuja pasos en las baldosas al compás de un tango de D´Arienzo.

El, bailarín profesional, y ella, egresada del instituto de arte Dramático de María Luisa Robledo, son pareja no sólo en la danza. Según Cecilia, "la calle es uno de los escenarios más difíciles porque el artista tiene que incorporar al público, con el que se establece una relación cara a cara. Yo estudié tango mientras trabajaba en La lección de anatomía, de Carlos Mathus. Esta música me había ganado el alma y salí a buscar pareja, hasta que di con Alberto".

Mientras ella posa, en la esquina de Lavalle y Florida, para un turista que la fotografía, él relata: "Empezamos a trabajar en la calle hace dos años. Ella fue la de la idea y largamos frente a las Galerías Pacífico respetando los códigos de la calle, es decir, no usurpar el lugar de trabajo de otro. Un sitio que tiene dueño sólo se puede utilizar cuando el otro no lo emplea".

"El peor enemigo del artista a cielo abierto es el estado del tiempo -dice Cecilia-. Cuando debutamos, una tarde se largó un diluvio, pero igualmente decidimos actuar. Para nuestra sorpresa la gente valoró lo que estábamos haciendo e igualmente se formó la ronda para aplaudirnos. Cuando pasamos el funyi comprobamos que fue una de nuestras mejores recaudaciones. Desde entonces, llueva o truene estamos todos los jueves y viernes en nuestra esquina.

"¿Cómo nos califican otros bailarines profesionales? Mal. Para ellos trabajar en la calle es descender, pero a nosotros esto nos dio seguridad económica, tener trabajo todos los días, mantener y educar a nuestro hijo como es debido.

"¿Si tenemos problemas con la policía? Para nada. Por el contrario, cuando se forma la ronda preferimos que ellos estén, porque nunca faltan los pícaros que se apropian de lo ajeno." Mientras Alberto baila con una turista, Cecilia dice: "Yo les aconsejo a las mujeres que bailen tango, porque además de ser una danza sensual y hermosa corrige la columna, afina la cintura y endurece la cola".

El circo como hoy lo concebimos nació en Londres, a fines del siglo XVIII, donde Philip Astley, un amante de la gimnasia ecuestre que comenzó su carrera en un baldío próximo al puente de Westminster con dos caballos en los que hacía acrobacias, reunió a trapecistas y payasos que acompañaban su número en una pista de 13 metros.

Su inventiva dio frutos y María Antonieta le regaló dos magníficos anfiteatros, uno en Londres y otro en París. Los números ecuestres fueron el centro de la actividad circense durante 150 años, pero muy lejos había quedado del origen del artista de circo propiamente dicho.

Según la experta Alice van Buren, en Acróbatas, payasos y trapecistas, otra contribución italiana para el circo fueron los payasos. "De la Commedia dell´arte -dice- nació un sinfín de personajes cómicos, dos de los cuales, los Zanni, pareja de criados chistosos, se convirtieron en los precursores de Arlequín, el pícaro ingenioso, y Pierrot, el bobalicón objeto de sus chanzas."

Hace unos 30 años aparece un circo de protesta, procaz y populachero, que se lanzó a la calle abjurando de la carpa. Quizá sus precursores fueron Victoria Chaplin y Jean-Baptiste Thiercc, un dúo itinerante que, en 1971, montaba todos los veranos en los parques de Vermont parodias circenses al aire libre. Curiosamente, esa expresión satírica o de protesta se aproximaba mucho más a las raíces populares del circo.

Como no podía ser de otro modo, nuestro país no quedó al margen de esta expresión de libertad y unos 10 años más tarde, en alguna de las 184 plazas que permiten respirar a este monstruo en propiedad horizontal, tímidamente hicieron su irrupción grupos de jóvenes que nos permitieron creer que existe un circo del cual se puede disfrutar sin pagar entrada.

El iniciador de esta movida, al menos entre quienes conocen de esto, fue Fernando Cavarozzi (37), más conocido como el payaso Chacovachi que, en 1988, sentó sus reales en plaza Francia. Analítico, agudo, inteligente, Chacovachi proviene de una familia de industriales de buen pasar. "Cuando terminó la Guerra de Malvinas y me pude sacar el uniforme de colimba, no tenía un rumbo cierto, pero necesitaba pertenecer a algo, ser algo. Así ingresé, sin saber muy bien para qué, en la escuela de mimos de Angel Elizondo. Tres meses más tarde piden un artista para participar de una protesta contra los militares en parque Lezama. Y ahí fui yo.

"El impacto que me causó fue mágico. Ver de cerca y no desde un escenario los ojos, las reacciones de un público no acostumbrado a lo que estaban viendo fue determinante para mí. Me sentí un descubridor. Al fin de la semana siguiente repetí la experiencia y comprobé que era como ensayar con público, en completa libertad.

"Desde 1982 y durante 6 años, todos los fines de semana, fui al mismo parque. Lo hacía gratis hasta que descubrí lo de la gorra. La primera pasada que hice me permitió comprar puchos e ir en taxi a comer pizza con mi novia. No lo podía creer.

"Yo me defino como un payaso tercermundista porque no necesito casi nada para hacer reír. En los 12 años que llevo en plaza Francia, donde junto rondas de 500 o 600 personas, soy una especie de icono al que mucha gente viene a ver con sus chicos y me cuentan que ellos lo hacían con sus viejos.

"Gracias a mi trabajo viajo mucho. Actué en 14 países y 40 ciudades. En esos viajes tuve la suerte de conocer a grandes maestros, como el italiano Nanni Columbaioni, que una vez me dijo: En la calle, el espectador tiene que ver primero al ser humano luchando por su vida y después al artista. Es verdad.

"Llevo hechas más de 5000 funciones, y el gran problema de la calle es de quién son los lugares. Aquí la prioridad es por antigüedad, y para diplomarte de artista callejero, tenés que hacer una temporada en Buenos Aires y un verano en la costa."

En síntesis, la calle, ese lugar vituperado por unos, ignorado por otros y amado por el resto, no es otra cosa que la versión actualizada de aquel cofre en el que Pandora dejó encerrada la esperanza, en este caso, de poder esbozar una sonrisa.

¿Cuánto ganan?

La ronda, esa palabra que varias veces hemos empleado en esta nota, no es ni más ni menos que el círculo de gente que se forma en torno de los artistas a cielo abierto. Del carisma y calidad de éstos dependerá la cantidad de gente que reúnan y de esa cifra el monto de la recaudación.

Las pregunta acerca de cuánto recaudaban en una jornada de trabajo, que varía de una a tres horas, fue hecha en todos los casos, aunque la respuesta fue siempre la misma: una sonrisa.

El payaso Chacovachi logra una cantidad nada despreciable de gente que puede variar entre 200 y 600 espectadores aunque trabaja una o dos veces por día sábados y domingos en plaza Francia.

Los cantantes callejeros, en cambio, se presentan diariamente y hacen varias presentaciones. Sus rondas son más pequeñas, pero más frecuentes.

Si bien todos se negaron a hablar de ello aceptaron que viven bien, alquilan o son dueños de sus casas y muchos de ellos tienen automóvil.

Además, varios de los entrevistados dijeron haber viajado a Europa en más de una oportunidad.

En consecuencia, ¿cuánto ganan?

Haga la cuenta, es fácil.

Para tomárselo en serio

Alejandro Santillán (23) y Sebastián Guz (24) fueron compañeros en el Colegio Nacional Avellaneda e integran, con Javier Ledesma (23), el grupo Xilo.

Los dos primeros practicaban en los recreos el arte del malabar y antes de terminar su secundaria ya trabajaban en la plaza Manuel Belgrano. Afirman haberse hecho solos, ya que, dicen, aquí no había escuela de malabares y en el taller de circo de los Videla te escondían cosas.

Tras haber actuado en Grenoble (Francia), en Edimburgo (Escocia), en el Parque del Retiro (Madrid), afirman que en Europa y en los Estados Unidos los cirqueros están muy organizados.Los norteamericanos llevan hechas 52 convenciones de circo callejero, los europeos 25 y aquí vamos por la cuarta.

-¿En qué consiste una convención?

-Es un encuentro de malabaristas, payasos, trapecistas y otras actividades a la que concurren artistas de muchos países. Aquí las organiza Chacovachi y se realiza una suerte de seminarios a los que asisten aficionados y profesionales para intercambiar sus ideas y perfeccionar sus técnicas. En la última que hicimos participaron 19 países y 800 artistas.

Un abrazo 

Los artistas del nuevo circo, a diferencia de quienes actúan en otros rubros, tienen una suerte de organización informal que los lleva a reunirse al menos una vez al año.

Su última convención se realizó en Ezeiza y, si bien no están agrupados ni agremiados ya que esto atentaría contra la libertad que tanto defienden, existe la Agrupación de Malabaristas Sudamericanos, que es una suerte de foro de intercambio de información.

No obstante, cuentan con una revista, una página web, y muchos de ellos ponen en sus tarjetas, además de su teléfono, su correo electrónico.

Los precursores de la movida del circo callejero fueron Los Malabaristas del Apokalipsis, a quienes siguieron La Che, Los hermanos Choklovich, Cirko Marisko y otros. Integrantes de estos grupos fundaron El Instituto del Kaos, la primera academia de animación urbana.

En ella nació la idea de imprimir un boletín para los alumnos, razón por la cual convocan a Germán de Souza, un malabarista al que le tiraba el periodismo.

En mayo de 1996 ve la luz ¡Newton las Pelotas!, la primera revista especializada que, en la actualidad, aparece bimestralmente y se reparte en forma gratuita.

El año último -relata Germán-, la revista recibió el apoyo del Instituto Nacional de Teatro, lo que nos permitió abrir una oficina y contar con la tecnología necesaria para tener un diseño agradable, más páginas y de mejor calidad. Newton se distribuye en Buenos Aires, Rosario, Mendoza, Bariloche y Córdoba. En el exterior llega a Uruguay, Chile y España.

Además, tenemos una página en Internet a la que se puede acceder gratuitamente para obtener toda la información que deseen. La dirección es http://www.lanewton.com.ar

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