Macri busca depender menos de la economía

Al evitar un eje económico, el mensaje presidencial ante el Congreso apunta a reorientar el debate político hacia otras demandas sociales
Al evitar un eje económico, el mensaje presidencial ante el Congreso apunta a reorientar el debate político hacia otras demandas sociales
Néstor O. Scibona
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4 de marzo de 2018  

Las cuestiones económicas ocupan una parte claramente minoritaria de la "agenda de trabajo" para 2018 que Mauricio Macri propuso a la oposición dialoguista en su mensaje ante la Asamblea Legislativa. Esta novedad es consistente con la intención presidencial de correr del centro de la escena el debate sobre los problemas económicos del día a día, que en los últimos tres meses deterioraron las expectativas y -por extensión-, la imagen del Gobierno.

No hubo en el conciliador mensaje presidencial menciones al actual repunte de la inflación y el dólar; los ajustes de tarifas, combustibles y precios regulados; la frustrada intención de un recorte significativo en las tasas reales de interés; las paritarias con o sin cláusulas gatillo, ni los marcados contrastes del consumo dentro de la achatada pirámide social. Y sólo tangencialmente Macri se ocupó de la potencial vulnerabilidad macroeconómica que significan los altos déficits "gemelos" (fiscal y externo), al reafirmar dos propósitos plausibles pero por ahora incomprobables, como la necesidad de "no gastar más de lo que tenemos" y dejar de depender del endeudamiento externo.

El "reformismo permanente" viró desde los cambios institucionales en la economía hacia otras demandas que movilizan y atraviesan horizontalmente a buena parte de la sociedad y no sólo a los votantes de Cambiemos. A la cabeza se ubica la sorpresiva apertura del debate sobre la despenalización del aborto como problemática social, que en los últimos días desplazó en los medios y redes sociales a la coyuntura económica, complementada con el cambio en los planes de educación sexual, salud reproductiva y métodos anticonceptivos. Pero la agenda propone además nuevos enfoques legales para combatir la inseguridad (con eje en las víctimas de delitos), el narcotráfico (con la ley de extinción de dominio) y la corrupción (ley de integridad pública); las reformas al Código Penal y Procesal y penas más duras y efectivas para los responsables de siniestros viales. También el cambio de la ley que injustificablemente prohíbe difundir los resultados de las evaluaciones de calidad educativa por escuela para orientar a los padres y una nueva ley de telecomunicaciones para extender la conectividad digital.

Con esta agenda legislativa por delante, que en cada caso provocará realineamientos políticos dentro de los distintos bloques -inclusive en el oficialismo-, la visión a futuro de la economía que expuso Macri en el Congreso puede sintetizarse en dos frases. Una, que "las cosas llevan tiempo y no hay atajos ni soluciones mágicas", para defender la estrategia de "cambios con gradualismo" y responder a las críticas que por derecha e izquierda auguran o denuncian una crisis que no está a la vista. Otra, que "lo peor ya pasó y ahora vienen los años en que vamos a crecer", respaldada por el repunte de la actividad económica en 2017 (2,8%) y las proyecciones privadas y oficiales para 2018 (de 2 a 3,5%), que romperán por primera vez en esta década la "maldición" de los años pares (sin elecciones) con caídas del PBI.

En el primer caso, el Presidente apunta a contrarrestar el inevitable desgaste de la estrategia gradualista elegida hace dos años para bajar la inflación (reprimida por el fenomenal atraso de las tarifas de servicios públicos) y el déficit fiscal (abultado por los subsidios estatales), con 30% de pobreza e innumerables necesidades de infraestructura social y económica, a cambio de "vivir de prestado" con endeudamiento externo.

El problema del gradualismo es que demora en producir resultados y resta argumentos incluso a quienes defienden el rumbo económico. Además, los errores oficiales en el timing de algunas decisiones, como haber concentrado tantos aumentos en este verano para recomponer precios relativos (tarifas, combustibles, tipo de cambio), alimentan las críticas al ajuste y deterioran las expectativas económicas. Por caso, la inflación de 2018 sería más baja que la de 2017 (24,8%) aún con las proyecciones más pesimistas (22%), pero la sensación es la opuesta frente a la meta oficial de 15%. De ahí que el Gobierno acordó con los dirigentes de varios gremios "dialoguistas" y alto número de afiliados aumentos salariales sobre esa base y posterior revisión hacia fin de año para quebrar la inercia de la inflación pasada. No es el caso de docentes, bancarios ni camioneros. Mientras tanto, en los bienes de consumo coexisten subas de precios de lista en algunos rubros, con otros que reforzaron descuentos y promociones para no perder ventas.

Para el año próximo, la meta de 10% se apoya en que las tarifas de luz y gas dejarán de subir por encima de la inflación, aunque con fórmulas de ajuste de costos indexadas por el índice de precios y el tipo de cambio, cuyo impacto se reducirá si se alcanza el objetivo de 5% anual para 2020.

En el segundo caso, el objetivo oficial de lograr un crecimiento sostenido durante 20 años consecutivos para crear empleos y reducir la pobreza es una marca registrada por Macri y su optimismo a ultranza. Sin embargo tiene como contrapeso los antecedentes del pasado, cuando programas económicos inicialmente exitosos -aunque de shock y tipo de cambio fijo- fracasaron por no tener como correlato la reducción del endémico déficit fiscal en un contexto de alto endeudamiento externo. Hasta ahora, la austeridad fiscal suele ser más declamada que practicada a nivel nacional, provincial y municipal. Incluso un gesto simbólico como la anunciada reducción de 700 cargos políticos en el Estado, significa un ahorro ínfimo ($2000 millones anuales) en comparación con el gasto total del presupuesto 2018 ($3 billones). Y si bien heredó un muy bajo endeudamiento porque casi nadie le prestaba a los gobiernos kirchneristas, también recibió una alta presión tributaria que obliga a bajar impuestos para estimular la inversión privada, sólo que gradualmente en un sendero de cuatro a cinco años. La estimación oficial es que la inversión bruta fija pasará de 15,8% del PBI en 2017 a 17% este año, con una quinta parte del sector público.

Macri sigue apostando con pragmatismo a que el crecimiento reducirá el peso relativo del Estado en el PBI, aunque eso lleve tiempo, paciencia y endeudamiento a largo plazo. De ahí que utilizó la figura del pozo con cimientos sólidos para levantar un edificio que todavía no se ve. No es la misma que la de una casa deteriorada y semidestruida, con la que podría compararse la corrección de los desequilibrios macroeconómicos y el déficit institucional.

Precisamente, la principal reforma incluida en la nueva agenda legislativa es la del mercado de capitales (rebautizada Financiamiento Productivo, con media sanción), que desgrava a los fondos cerrados de inversión y permitirá la securitización de hipotecas para mantener la expansión del crédito indexado para compra de inmuebles y desarrollos inmobiliarios. En cambio, la reforma laboral light acordada en su momento con la CGT, quedó reducida a su mínima expresión debido a la interna sindical y política del PJ. Sólo quedan en pie como proyectos individuales el blanqueo de trabajadores no registrados (rebautizado de inclusión laboral) y la extensión de la licencia por paternidad. Y aunque no figuró en el discurso, Marcos Peña acaba de reponer el de prácticas laborales rentadas en empresas para estudiantes secundarios. Algo lógico si se considera que una docena de dirigentes de segunda línea de gremios dialoguistas viajó a Europa con el ministro Triaca para capacitarse sobre los modelos sindicales del Viejo Continente.

En ambos casos, el horizonte económico que plantea Macri excede el fin de su mandato en 2019 y se extiende hasta 2023. Para aspirar a su reelección cuenta como activo político con el rechazo de buena parte de la sociedad a un retorno del populismo, más la atomización del peronismo y la ausencia de un liderazgo opositor con chances electorales. Mientras tanto, cruza los dedos para que no se encarezca demasiado -o, peor aún, que se frene por algún shock inesperado-, el financiamiento externo que promete dejar de incrementar en un par de años.

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