¿Cuánto durará la disrupción? Respuesta honesta: Tesla debo

Fuente: LA NACION
Ante la pregunta sobre el tiempo que llevará que determinadas innovaciones lleguen a la vida cotidiana, no hay todavía una visión clara; qué desarrollos tienen un horizonte más cercano
Sebastián Campanario
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4 de marzo de 2018  

Mientras los economistas discuten el próximo corte de tasa de las Lebac o cuál será el dato mensual de déficit comercial, un grupo de físicos especulan con cuestiones a plazo un poco más largo. Escenarios a siglos de distancia, o milenios, para ser más precisos.

Según el físico estadounidense Michio Kaku, especialista en teoría de cuerdas, en los próximos 100 años las decisiones que tome la sociedad definirán si la civilización terrestre tenderá a desaparecer o trascenderá a otros planetas y galaxias. El marco de la discusión es lo que se conoce como la "escala de Kardashev", creada en 1964 por el astrofísico ruso Nikolai Kardashev, quien mientras buscaba signos de inteligencia extraterrestre definió tipos de civilización sobre la base de la energía disponible. Hay cinco tipos identificados y hoy el planeta ni siquiera está en el primer estadio, que implicaría aprovechar la energía de la estrella más cercana (el Sol) multiplicando por más de 100.000 la producción actual de energía. Kaku estima que esto se podría lograr de aquí a entre 100 y 200 años. Hay múltiples alternativas propuestas para conseguirlo en este futurismo de larguísimo plazo. La más conocida es la "esfera de Dyson", propuesta en 1960 por el físico Freeman Dyson: una especie de envoltura para el Sol y otras estrellas, que aproveche el 100% de la energía emitida.

Otras predicciones tienen horizontes más cercanos. Quienes especulan con la singularidad (una explosión de inteligencia artificial con máquinas que se irán automejorando) fechan este momento hipotético de aquí a entre 13 y 28 años, aproximadamente. Para Ray Kurzweil llegará en 2045; Louis Rosenberg (de Stanford) la pronostica para 2030, y Patrick Winston, del MIT, para 2040.

Una de las avenidas más interesantes de la conversación sobre innovación este año tiene que ver justamente con cálculos más precisos sobre el cronograma de la disrupción. Como algunas tecnologías exponenciales ya empiezan a tener un recorrido temporal significativo, sumado al aumento de datos y a la capacidad para procesarlos, la pregunta de "¿cuánto tiempo más llevará?", como dice la canción de Seru Giran, puede ser atacada con análisis algo más sólidos que los que había hasta hace poco.

El campo temático de los vehículos autónomos es un ejemplo de efervescencia de este debate. Hay inversiones y estudios con peso específico (de automotrices y tecnológicas), novedades regulatorias frecuentes (esta semana se habilitó esta tecnología en California y en abril podrían circular vehículos de este tipo por el estado) y parámetros de uso conocidos que permiten hacer extrapolaciones.

En su ensayo titulado Mis predicciones fechadas, publicado en enero, el tecnólogo Rodney Brooks hace una proyección cronológica de la masificación de distintas tecnologías, especialmente de vehículos autónomos.

Brooks recuerda que ya en 1987 Ernst Dickmanns y su equipo construyeron en la Universidad de Bundeswehr, en Munich, un auto sin conductor que circuló a 90 kilómetros por hora durante 20 kilómetros en una autopista pública. Desde entonces hubo muchas predicciones que aseguraban que un futuro de vehículos autónomos estaba cerca, pero eso no ocurrió. Para Brooks, un mito o sesgo común en el imaginario es creer que estas máquinas serán iguales o muy parecidas a las de ahora, solo que sin conductor. "Serán ?animales' muy distintos de los que conocemos hoy, con diseño y modelos de negocios y de uso por detrás diferentes, y su propia forma de encajar en el mundo", explica.

El tecnólogo cree que el nivel de impacto y de cambio que promoverá la masificación de esta tecnología será similar o mayor al del pasaje de carruajes tirados por caballos a autos a motor, y que por lo tanto requerirá un modelo mental, regulaciones, modelos de propiedad, etcétera, muy distintos, que llevarán en última instancia a ciudades con un diseño muy diferente del que conocemos hoy.

A la hora de poner "fechas precisas", Brooks mapea un territorio de "próximos adyacentes", donde los primeros vehículos sin conductor serán coches de pasajeros en calles especiales y camiones de transporte de mercancía. Los taxis self driving se masificarán en grandes ciudades de Estados Unidos en 2022. Para vehículos particulares imagina un horizonte más lejano, pasado ya 2030.

El ensayo de Brooks repasa algunos sesgos comunes a la hora de entusiasmarse con predicciones sobre el futuro. Uno de ellos es que la tasa de adaptación de la sociedad a una determinada tecnología suele ser más lenta de lo que los tecnólogos suponen. El riesgo es creer que porque una tecnología existe será adoptada automáticamente, sin fricciones.

Otro sesgo es más narrativo: hay determinadas historias sobre el futuro que son muy atractivas, se llevan mucha exposición mediática y el entusiasmo tiende a subestimar la cantidad de obstáculos previos que hay que superar para llegar a ese punto. Para Brooks, un ejemplo prototípico es el Hyperloop, el medio de transporte ultrarrápido que promueve Elon Musk (que además es un maestro sin paralelos en lo que hace a relaciones públicas y storytelling). Pero el Hyperloop no están en un próximo adyacente: harán falta nuevos materiales, regulaciones, esquemas de seguro, etcétera, que hacen que Brooks crea que no conocerá este tipo de aparatos en su vida (es decir, que no estarán antes de 2050).

El economista Noah Smith publicó a principios de febrero varios comentarios sobre lo primitiva, violenta y cruel que era -a ojos actuales- la sociedad preindustrial de algo más de dos siglos atrás. En su blog sobre temas de frontera, Meteuphoric, Katja Grace se preguntó a fines de 2017: "¿Por qué todo tardó tanto tiempo?". Esto es, ¿por qué el 99% de las disrupciones relevantes se concentran en un período tan corto de la evolución humana (en los últimos 200 años)?

Grace obtuvo decenas de respuestas, una más interesante que la otra, pero la mayor parte de las explicaciones vino por el carácter combinatorio de la innovación, que promueve estas trayectorias exponenciales. Propias de los sistemas complejos, en los que durante varios períodos hay avances lentos -lo que lleva a una decepción, a sentir que lo que se proyectaba es un fiasco y se promueve la inacción-, para luego dispararse en un lapso muy corto. Es la base de la famosa frase de Bill Gates, el fundador de Microsoft: "Tendemos a sobrestimar el nivel de cambio en uno o dos años y a subestimar el cambio a diez años".

Pero el hecho de que haya más datos, series temporales, capacidad de procesamiento y relatos más solidificados (que derivan en profecías autocumplidas) no garantiza predicciones más "limpias" en todos los campos. Una de las novedades más interesantes en la discusión sobre innovación en los últimos meses es la aparición de diversos "metaanálisis" sobre proyecciones y futurismo. En un estudio publicado a fines de enero por Erin Winick, titulado Hay tantas opiniones como expertos, se mostró la enorme divergencia que hay entre economistas, consultoras y think tanks a la hora de pronosticar el impacto de la automatización del empleo. Las previsiones varían entre 2000 millones de puestos de trabajo destruidos para 2030 (Thomas Frey) hasta solo 1,8 millones (Gartner).

Considerando estas fenomenales divergencias, tal vez la respuesta más honesta a la pregunta de "¿cuánto tiempo más llevará (la disrupción)?", y en homenaje a la empresa insignia de Elon Musk, sea la que sugirió en Twitter semanas atrás el creativo Roberto Patxot: "Tesla debo".

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