A los bostezos por el discurso de Macri

Carlos M. Reymundo Roberts
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3 de marzo de 2018  

Llegué a sentir temblores de emoción mientras escuchaba, parado en uno de los palcos, el discurso de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso. ¡Qué épica! ¡Qué conmovedora apelación a la lucha contra las fuerzas del mal! ¡Cuánta magia en esas palabras que sacudían y movilizaban! Sí, realmente eran entretenidos los mensajes de Cristina. Mentirosos, una prolija acumulación de deformaciones y falsedades, pero imperdibles. Nada que ver con Macri, un profeta del marketing que convierte una cadena nacional en prospecto de autoayuda y nos previene contra la comida chatarra, el exceso de glucosa y el sexo sin protección.

Cristina leía a Laclau y llegaba al Parlamento para hablarnos, con un credo posmarxista, de la bestia depredadora del mercado. Macri escucha a Durán Barba y, ante la magna Asamblea Legislativa, recomienda el uso del cinturón de seguridad. Abogada, filósofa, historiadora y docente, ella nos explicaba el mundo. Empresario, el Presidente predica sobre el efecto multiplicador de la industria del turismo. Populista, ella hablaba cuatro o cinco horas. Futbolero, él habló "un tiempo": 45 minutos.

Yo no entendería a Macri si no lo hubiera oído a Eduardo Fidanza decir que para Cambiemos la política es una app, una aplicación: algo que sirve para resolver un problema o facilitar la vida cotidiana. Así, el contraste con el kirchnerismo no puede ser más brutal. Cristina creía que el origen de todos los males eran Estados Unidos, el juez Griesa, los poderes concentrados y los medios hegemónicos. Para el Gobierno, no vamos a ser felices mientras no tengamos las calles asfaltadas, cloacas y tendido eléctrico, y estemos conectados a Internet. "¡Fuera los buitres!", clamaban las pancartas de la década ganada. "¡Banda ancha!", piden ahora. Hemos pasado de un proyecto fundacional a un proyecto funcional. Néstor y Cristina mandaban a De Vido a Caracas a urdir, entre otros negocios, la emancipación de la Patria Grande. Macri acaba de mandar a Andrés Ibarra, ministro de Modernización, al Mobile World Congress, en Barcelona, una de las mayores ferias tecnológicas del mundo. Por supuesto, los viajes de don Julio eran más divertidos.

Todas estas cosas venían a mi cabeza anteayer mientras bostezaba el discurso de Macri. Es obvio que el tipo odia hablar, y sabe que todos odiamos que hable. No queremos oírle decir que la inflación está bajando: ¡queremos que baje! O que "mejoramos 20 posiciones en el ranking de transparencia": queremos que le dé vacaciones a Arribas, el CEO de los espías, hasta que convenza a la Justicia brasileña de que no recibió 850.000 dólares de coimas en el caso Lava Jato. En realidad, lo que no me gusta son las cadenas nacionales por motivos que no estén plenamente justificados. Solo habría que usarlas en casos muy excepcionales, como lo marca la ley. No sé por qué convertimos en un gran acontecimiento el hecho de que diputados y senadores vuelvan a laburar.

Van a decir que siempre veo el vaso medio vacío. No es así. Me encantó el anuncio de que Campo de Mayo va a ser un parque nacional, al cual podrían seguirle parques nacionales en las dilatadas estancias sureñas de Lázaro Báez, con sus tesoros escondidos. En ese caso se hablaría de parques nacionales y populares. Y que se debata el aborto en forma seria, científica, a fondo; al menos un par de años, ruega Durán Barba. Otro aspecto muy positivo fue que el Congreso parecía un Congreso y no, como otras veces, una cancha de fútbol, con lluvia de papelitos, cartelería, cánticos y barrabravas. Solo se entonó, sobre el final, el hit amarillo, "Sí, se puede", que hace las delicias de grandes y chicos.

Las bancas vacías de Cristina y de Máximo no me inspiraron, como a todo el mundo, acusaciones tremendistas, tipo "quieren negarle legitimidad al Presidente", "son antisistema" o "es el Club del Helicóptero". Cristina no fue porque está preparando muy concienzudamente los alegatos que presentará en los dos juicios orales y públicos que deberá enfrentar en los próximos meses, por el dólar futuro y las irregularidades en la adjudicación de obras públicas. Rechaza los juicios, pero está fascinada con que sean orales y que haya público.

A Máximo lo llamé ese mismo día para preguntarle a qué se había debido su tan sentida ausencia. Se desperezó y me dijo: "Ah, ¿era hoy?".

A la hora de las declaraciones a los medios, sana costumbre que ya forma parte indisoluble de este evento, el que salió en punta y de punta fue el golpista institucional Eduardo Duhalde, que pronosticó una crisis como la de 2001 y la caída de Macri. Eso sí, aceptó la invitación a la honorable sesión del Congreso. Quiere que la hecatombe lo sorprenda cerca del teatro de operaciones.

Terminada la ceremonia, Macri dejó el Congreso raudamente. Pero antes de subirse al auto saludó a la gente que se había congregado en la calle, frente a la puerta: unas 10 o 15 personas, con toda la furia. Está bien, Mauricio: lo tuyo no son las grandes multitudes, la idolatría de las masas, las flores arrojadas desde los balcones a tu paso; a vos te basta con "likes" y retuits, y con que se acuerden de bajar tu aplicación a la hora de ir a votar.

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