La forma del plagio, según Guillermo del Toro

Violeta Gorodischer
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4 de marzo de 2018  

Un hombre anfibio encerrado en el tanque de agua de un laboratorio. Una empleada de limpieza sordomuda que lo descubre y encuentra la forma de comunicarse con él. La Guerra Fría como telón de fondo y motivación para los más crueles experimentos. El deseo que se filtra, que crece y termina tomándolo todo (y a todos). Estos elementos componen La forma del agua, una delicada fábula de amor ambientada en los años 60 que, con 13 nominaciones, ya se perfila como una de las grandes protagonistas de los premios Oscar. No es la primera vez que los ojos de la Academia se posan sobre Guillermo del Toro y su imaginación desbordante, pero hoy no solo los brillos dorados se dirigen a él: "plagio" es la palabra que, de un tiempo a esta parte, aparece como epíteto inseparable cuando se nombra o googlea al director mexicano. Por un lado, David Zindel asegura que La forma del agua se ha basado en la obra de su padre, Let me Hear your Whisper, sobre una conserje que trabaja en el turno noche de un laboratorio donde realizan experimentos con un delfín. Se dijo también que el director de Amelie, Jean Pierre Jeunet, acusó a Del Toro (¡en la cara!) de robarle escenas de su película Delicatessen, en particular, aquella en la que la protagonista (Sally Hawkins) y su vecino (Richard Jenkins) imitan los pasos de baile de una vieja película sentados frente al televisor. La lista de afectados sigue en países aun más distantes: hay un corto holandés ( The Space between Us) y una película soviética que rebalsan indignación de solo escuchar el nombre Guillermo del Toro por la supuesta similitud argumental entre ellos. Claro que la línea entre plagio e influencia es delgada y mucho más en la posmodernidad. Del Toro lo sabe y no parece muy preocupado al respecto. Es más: hace un tiempo, él mismo se encargó de diseccionar el festival de influencias del manga y el animé japonés que utilizó en su película Titanes del Pacífico. No es de extrañar que en La forma del agua se haya manejado de forma similar, solo que ahora todos le saltan al cuello porque, como reza la jerga hollywoodense, "a mayor taquilla más acusaciones".

Similitudes o parecidos hubo y habrá siempre, porque nadie crea en el vacío. Y como plantea Borges en varios relatos de Historia universal de la infamia, somos máscaras de máscaras de máscaras sin saber, a estas alturas, dónde está el original si es que ese concepto existe. Lo mismo podría decir Guillermo del Toro, que trabaja un constante reciclaje de géneros en cada una de sus películas. El director mexicano no tiene pruritos en tomar cosas del acervo cultural disponible para hacerlas propias y darles su sello; casi podríamos hablar del procedimiento como una marca autoral. En Cronos, su primera película (protagonizada por Federico Luppi), trabaja con el género del terror fantástico, muy cerca del gore y del vampirismo que luego reaparece en Blade II, para la que del Toro fue convocado. El terror fantástico continúa en El espinazo del diablo y, de la mano de la figura de los niños, comienza a acercarse al género de los cuentos de hadas de El laberinto del fauno y, ahora, La forma del agua. Al trabajo con los géneros puede sumársele la transposición de soportes que realiza con los cómics de Blade y Hellboy y el uso de la historia (Guerra Civil Española, Guerra Fría) como punto de partida para sus relatos fantásticos. El punto es que siempre, en distintos niveles, Del Toro aporta un plus a la materia prima que toma de otro lado. Su mirada está en la iluminación y en el uso del color, en la complejidad que adquieren los personajes y las historias, en la dedicación que le pone a la creación de sus monstruos (y aquí a través de un reductio ad absurdum hasta podría pensarse en un "autoplagio" teniendo en cuenta el parecido entre el personaje de Abraham Sapien de Hellboy y el protagonista de La forma del agua). A lo largo de su filmografía el impresionante despliegue visual se ha convertido en el sello indiscutido del mexicano. ¿Queda alguna duda de su aporte personal? ¿Vale la pena, a estas alturas de la historia del arte, plantear esta discusión?

En su libro Escritura no creativa (Caja Negra), Kenneth Goldsmith lleva al extremo la lógica de la reapropiación ya legitimada desde hace tiempo en las artes plásticas y musicales, y la propone como la forma más original de creatividad del futuro. Según afirma, "la supresión de la expresividad es imposible. Hasta cuando hacemos algo tan 'no-creativo' como transcribir unas páginas nos expresamos de varias maneras. El acto de elegir y recontextualizar dice tanto sobre nosotros como nuestro relato sobre el cáncer de nuestra madre". Guillermo del Toro, libre y desprejuiciado, se mueve en la misma línea. Solo que algunos, todavía, no se dieron cuenta.

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