Lugones y los suicidas de los años 30

Cristina Mucci
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4 de marzo de 2018  • 02:00

"Hay muchos suicidas en nuestra literatura. Alfonsina Storni, López Merino, Horacio Quiroga. Lo esencial es la sensación de inutilidad que tienen en este país las personas que se dedican a las letras" Jorge Luis Borges

A fines de la década del treinta, tres de nuestros más grandes escritores -Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni- se quitaron la vida con diferencia de meses por distintas razones, y la noticia de sus muertes conmocionó el país.

En 1937, Quiroga ya había vuelto a Buenos Aires de su exilio en la selva de Misiones y se había internado en el Hospital de Clínicas para tratarse de un cáncer de próstata. Según su biógrafo Pedro Orgambide, ya había dicho todo lo que podía y quería decir, y unas páginas que escribió en 1930 pueden leerse como su verdadero testamento: "El momento actual ha hallado a su verdadero dios, relegando al olvido toda la errada fe de nuestro pasado artístico. De éste, ni las grandes figuras cuentan. Pasaron".

Efectivamente, su suicidio con cianuro de potasio contiene todos los elementos que revelan la suerte de los escritores a los que la sociedad da la espalda. Tuvo un triste velatorio en la Casa del Teatro y a falta de dinero para pagar los servicios fúnebres, el empresario periodístico Natalio Botana se hizo cargo de los gastos. El gobierno del Uruguay propuso enterrarlo en ese país, ya que ese era su lugar de nacimiento, y allí fue en parte resarcido: se organizó una gran ceremonia y más de cinco mil personas se sumaron al cortejo.

Unos años antes, Alfonsina Storni había dicho en un reportaje aparecido en Crítica: "El uruguayo endiosa a sus escritores, mientras que el argentino los baja del pedestal a patadas". Alfonsina despidió a su amigo con un poema: "Morir como tú, Horacio, en tus cabales, / y así como en tus cuentos, no está mal; / un rayo a tiempo y se acabó la feria. / Allá dirán". Leopoldo Lugones, en cambio, se limitó a comentar: "Se mató como una sirvienta", sin comprender aún que en realidad no importaba la manera.

Lugones y Quiroga se habían conocido en uno de los viajes habituales del uruguayo, cuando junto a un amigo se animó a tocar el llamador de la casa del poeta. El cordobés era apenas mayor, pero hacía un año que vivía en Buenos Aires y ya había publicado Las montañas del oro, libro que lo convertiría en el símbolo del modernismo en el Río de la Plata. "Venimos de Montevideo, somos admiradores suyos", le dijeron, y allí se estableció una amistad. Se distanciarían muchos años después, cuando el ya indiscutido poeta nacional declaró en Ayacucho que había llegado la hora de la espada. Fue entonces cuando Quiroga, que habitualmente no opinaba sobre política, escribió: "Subleva el alma que sea a veces un alto intelectual -un amigo- quien se expresa de esa atroz manera". A partir de allí no se verían más.

Lugones se suicidó un año después que Quiroga, apelando al mismo procedimiento. "En esa época abundaban los suicidios de domésticas con cianuro de potasio en polvo, producto que se adquiría con facilidad en las farmacias", explicaba César Tiempo.

Luego sería el turno de Alfonsina. Operada de un cáncer de mama, pasó su convalecencia en la quinta Los granados, del gran benefactor indiscutido de los artistas de esa época, Natalio Botana (en realidad era íntima amiga de Salvadora Medina Onrubia, su mujer), y sólo aceptó someterse a una única sesión de rayos, que la dejaría exhausta. A partir de allí cambió su carácter, tradicionalmente alegre y sociable. Una madrugada, dejó su habitación de hotel en Mar del Plata y algunas horas después la encontraron flotando a doscientos metros de la playa. A diferencia de Quiroga, su cuerpo fue recibido en Buenos Aires por una multitud que la acompañó hasta el cementerio de la Recoleta, donde fue enterrada (¿dónde si no?) en la bóveda de la familia Botana.

Fue entonces cuando el senador Alfredo Palacios declaró: "Algo anda mal en la vida de una nación cuando, en vez de cantarla, los poetas parten voluntariamente, con un gesto de amargura y de desdén, en medio de una glacial indiferencia del Estado".

Al igual que Quiroga, Palacios se había desencantado del poeta -de quien fue amigo en sus inicios- por sus virajes políticos, aunque no vaciló en solidarizarse con su muerte. ¿Influyeron de algún modo en estos suicidios la indiferencia del Estado, o -lo que es lo mismo- la sensación de inutilidad que planteó Borges? Seguramente tuvieron algún peso en el caso de Quiroga, que murió en la soledad y la pobreza, y en menor grado, en el de Alfonsina. Lugones, en cambio, trabajó siempre desde un lugar distinto: el del artista que desarrolla su obra y paralelamente aspira a convertirse en el ideólogo de su tiempo, ocupando siempre un lugar de cercanía al poder.

A lo largo de su vida, asumió el riesgo de sus cambios ideológicos, a tono con las épocas que le tocó transitar. En sus comienzos como socialista, fue aclamado en mitines partidarios en la plaza Herrera de Barracas y fundó el periódico La Montaña, junto a José Ingenieros y Roberto Payró. Luego conoció a Julio Argentino Roca y se entusiasmó con el proyecto de la generación del ochenta, con el que colaboró desde distintos cargos. Finalmente terminó apelando al militarismo y convirtiéndose en el ideólogo de la revolución de 1930, que iniciaría la serie de golpes de estado que sufrió el país hasta 1983.

Según apunta Juan José Sebreli, "a Lugones le cabe el triste mérito de descubrir un nuevo sujeto histórico destinado a reemplazar tanto a la oligarquía liberal ilustrada como a las masas electorales: el Ejército". Sin embargo, el gobierno de José Félix Uriburu jamás lo convocó. Y con la asunción de Agustín P. Justo (quien arrojó sus innumerables proyectos en el cesto de papeles) perdió definitivamente la esperanza de asumir el rol para el que se consideraba destinado. Tal vez haya aspirado a un lugar imposible en la Argentina, donde salvo en la época de la organización del Estado, los intelectuales jamás han tenido una verdadera incidencia en el poder real.

Más allá de su obra monumental, la figura de Lugones atrae por lo que representa. E invita también, en cierta forma, a reflexionar sobre la difícil relación entre los intelectuales, el poder político y la sociedad.

Borges y Lugones: El falso discípulo

En el marco del 80 aniversario de la muerte de Leopoldo Lugones, continúa hasta el 9 de marzo la muestra que presenta la Biblioteca Nacional en la sede de la calle México.

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