"Me dijeron que mi hija se había metido algo para abortar"

Edad: 23 Método: autoprovocado
María Ayuso
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5 de marzo de 2018  

"Carmen era muy reservada. Desde el día en que se fue de mi casa, a los 18 años, con su marido, nunca la vi feliz", cuenta Isabel, de 39 años, sobre la mayor de sus cinco hijos. "Cuando supo que iba a tener otro hijo, se desesperó".

En diciembre, la joven, que tenía 23 años, murió a causa de una severa infección por un aborto clandestino. Un mes antes, le había contado a una amiga del trabajo que estaba embarazada. Su mamá no sabía nada. "La chica me lo dijo después de que mi hija murió. Me contó que un día le dijo: 'Se me vino el mundo abajo: me hice un Evatest y me dio positivo'", recuerda la mujer.

En el comedor de su casa, en la villa 21-24 de Barracas, ofrece un tereré con hielo. La vivienda está compuesta por dos cuartos que le compró a una vecina pidiendo préstamos "por todos lados". Una funciona como living, cocina y comedor, y tiene una puerta que lleva al baño; la otra es la habitación que comparte con cuatro de sus hijos y sus tres nietos, hijos de Carmen, de 5, 4 y 2 años.

Isabel realiza tareas de limpieza en un comedor comunitario y en un departamento en Caballito. Y cobra la AUH. Jamás fue a la escuela. No sabe ni leer ni escribir. Se fue de su casa, en Paraguay, a los 11 años, escapando de la violencia física y el abuso sexual de su papá, alcohólico, y sus hermanos. A los 14, la obligaron a casarse con un hombre al que había visto dos veces. "Me explotaba trabajando en la chacra y me pegaba en medio de la gente. Si hay una mujer que sufrió en el mundo, soy yo", confiesa Isabel. A los 15, tuvo a Carmen.

Una larga agonía

"Mi hija tenía 17 cuando conoció al papá de sus hijos. A los 18 nació mi nieta más grande", relata Isabel.

Carmen, que vivía en Moreno, la llamaba cada tanto llorando: "Se sentía muy sola. Se peleaba mucho con su marido, él cada tanto desaparecía por meses".

En una oportunidad en que su pareja se fue a Paraguay, Carmen se mudó con su mamá y le pidió que la ayudara a cuidar a sus hijos para poder estudiar peluquería y trabajar. Quería salir adelante.

Un mes antes de morir, su mamá empezó a notarla rara. "La veía decaída, muy triste, como enferma. Me decía que le dolía la panza todo el tiempo, pero no quería ir al hospital", cuenta.

La convenció y fueron al Penna, pero como las hicieron esperar en la guardia desde las 8 hasta las 16, se fueron. Los días pasaban, Isabel le insistía en volver al hospital, pero Carmen se negaba: "Me decía que se sentía como inflada. Yo le decía que eso no era normal, pero no se quería mover. Ahora entiendo que era porque se había hecho algo y tenía miedo".

Una noche, la joven se la pasó llorando. "Me duelen los huesos y las piernas, no puedo más", le decía a su mamá.

A la mañana siguiente, cuando Isabel le vio la cara a su hija, se asustó: "Estaba amarilla, muy amarilla", describe.

Se fueron en un remise al Penna. Allí, le hicieron una ecografía. "La doctora se miró con otra y llamaron a más médicos. Eran como cinco. Me preguntaron: 'Señora, ¿qué se hizo la nena?'. Yo les dije que no sabía. Entonces, le dijeron a Carmen: '¿Qué te hiciste o te hicieron?'. Ella decía que nada", recuerda su mamá.

"Entonces, una médica la retó: 'No me mientas, decime qué pasó, porque acá te hicieron algo grave: está todo podrido tu útero. Te vamos a llevar al quirófano y te vamos a sacar el útero y los ovarios'. Ahí yo empecé a llorar: solo Dios sabía si se iba a salvar".

Tras la operación, Carmen pasó dos semanas internada. Su mamá la iba a ver dos veces por día, en los horarios de visita. Vio cómo iba decayendo poco a poco. Finalmente, una noche falleció.

"El doctor me dijo que se había metido algo para abortar. Se llevó a la tumba lo que pasó", dice Carmen con voz pausada.

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