Premios Oscar 2018: una noche politizada, pero sin polémica

Inés Capdevila
Inés Capdevila LA NACION
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5 de marzo de 2018  • 00:16

Todo Oscar está politizado. Imaginar una ceremonia de la Academia sin chispa política o social es como esperar una película de Steven Spielberg sin épica o una interpretación de Meryl Streep sin acentos ni maestría.

Hollywood nunca ocultó que entretener al mundo para ganar dinero es su fin último, pero, en cada edición de los Oscar, cubre de intenciones humanitarias esa misión. Todo año tuvo o tiene su bandera, desde la oposición a la guerra de Vietnam hasta los derechos de los animales, pasando por la lucha palestina o el rechazo a la intervención norteamericana en Irak.

Los Oscar del año pasado ya fueron descriptos como los "más politizados" de la historia; el presidente Donald Trump acababa de asumir y nadie se privó de criticarlo, ni su conductor, Jimmy Kimmel , ni los actores, directores o productores en la alfombra roja o en el escenario. El muro con México, la prohibición de entrada a musulmanes, la desfinanciación de organizaciones proaborto, todo tuvo una mención de rechazo.

La ceremonia de este año eclipsó esa edición. No porque Hollywood parezca dispuesto a usar su gran vidriera global para vender un mensaje si no porque aparenta estar decidido a reformarse a sí mismo. La incógnita es cuán lejos llegará ese cambio, cuánto contagiará al resto de la sociedad norteamericana o -incluso- a su política.

Anoche la alfombra roja no tuvo el alto impacto de los trajes negros de los Globos de Oro de enero; la ceremonia no fue escenario ni de grandes declaraciones ni de exabruptos en contra del presidente y, por momentos, más que politizada fue políticamente correcta hasta el aburrimiento. Pero no hubo momento que no estuviera atravesado por directas o indirectas a los grandes temas políticos de hoy o a Trump.

Otra vez conductor, Kimmel, un cómico acostumbrado a las polémicas en este primer año de presidencia de Trump, fue el encargado de establecer el tono de la ceremonia. Y lo primero fue, como era de esperar, el problema de género y la alusión al movimiento #MeToo.

"Oscar es el hombre más amado y respetado in Hollywood. Y hay una muy buena razón para que lo sea. Mírenlo. Mantiene sus manos donde podés verlas, nunca dice una palabra agresiva y, fundamentalmente, no tiene pene", dijo Kimmel.

De allí en más, no faltaron menciones y críticas a Harvey Weinstein, el productor acusado una y otra vez de abusos y hasta violaciones; a Donald Trump y al vicepresidente Mike Pence, siempre bajo la lupa por su rigor religiosos, a veces cercano al extremismo.

Sin la ironía o la gracia de otros años, otros debates imprescindibles de hoy tuvieron su lugar, siempre con alguna indirecta a Trump. En alusión a las noticias falsas, Greta Gerwig y Laura Dern hablaron sobre la "importancia de decir la verdad y distinguir lo que es auténtico" cuando entregaron el Oscar al mejor documental. Lupita Ngyong'o y Kumail Nanjiani, ambos extranjeros, elogiaron a los dreamers a la hora de dar el premio al mejor

Anoche no hubo lugar para declaraciones estrepitosas, como en otras ceremonias. Fue una ceremonia politizada pero con pocas polémicas. Y tal vez esa sea la señal del cambio.

"Hanoi Jane" la llamaban a Jane Fonda en los 70 por su incesante militancia contra la guerra en Vietnam; la actriz no perdía ocasión de protestar contra Richard Nixon y su política belicista. Pero al momento de subir a buscar su Oscar por Mi pasado me condena, en 1972, Fonda optó por la elocuencia de ciertos silencios. "Hay mucho por decir pero no lo voy a decir esta noche", afirmó y salió rápidamente del escenario con su estatuilla en mano.

Poco más de 30 años después y en plena guerra de Irak, el director Michael Moore calificó al entonces mandatario norteamericano, George W. Bush, de "vergüenza" y "presidente ficticio".

Ni Jane Fonda ni Michael Moore terminaron con la guerra o con la presidencia de Bush. La primera acabó por el desgaste y la ineficiencia de las fuerzas norteamericanas después de más de una década de conflicto; la segunda no sólo no finalizó si no que se extendió un mandato más. Por muy politizados que fueran Hollywood y su gran fiesta, poco o inexistente era su impacto.

Esta vez, Hollywood parece más dedicado a reformarse a sí mismo primero y, después, quizás al mundo. Harvey Weinstein , Kevin Spacey y muchos otros actores, productores o ejecutivos lo saben. Las mujeres -celebrities o no- son la punta de lanza de un movimiento cada vez mejor organizado, del que toman nota en la política norteamericana y en otros países, sobre todo europeos.

El momento más emotivo anoche fue la aparición de Ashley Judd, Annabella Sciorra y Salma Hayek, todas víctimas de Weinstein, que llamaron a continuar la lucha.

Hollywood no va a convencer a los votantes de Trump de que el presidente es inconveniente para Estados Unidos. El reclamo social o político de sus celebrities casi siempre viene del mismo lugar: una centroizquierda cómoda con los gobiernos demócratas y escandalizada o irritada por las administraciones republicanas, una gran ironía para un círculo que produjo solo un presidente, Ronald Reagan, actor de películas clase B y el mayor héroe conservador de las últimas tres décadas.

Y los votantes republicanos desconfían de los progresistas de Hollywood y siguen casi ciegamente a Trump. Pero el cambio puede venir de otro lado, el de mostrarle a las mujeres norteamericanas y del resto del mundo que, con determinación, unidad, organización y capacidad de movilización, un ámbito cerrado como Hollywood o la política norteamericana son capaces de abrirse y renovarse. Para eso no sólo hacen falta ceremonias de buenas intenciones si no pasos concretos. #MeToo y Time's Up los dieron para poner el cambio en camino.

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