Prejuicios: por qué nos bloquean y cómo derribarlos

Crédito: Inés Tanoira. Realización de Diego Andrés Martínez (DAM). Producción de Bár Midley
Mientras juntas los tiramos abajo como piezas de dominó, el mes de la mujer también es una oportunidad para revisar los tuyos y atrevérteles a los ajenos.
Cecilia Alemano
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9 de marzo de 2018  • 14:08

El primer prejuicio que aparece al ponernos a hablar del tema es ese que nos susurra: “Ay, ese es un tema de los demás”. Nos cuesta detectarlos en nosotras porque, a fin de cuentas..., ¿quién quiere reconocerse prejuiciosa?

Pero si algo nos tiene que quedar claro desde el arranque, es que es difícil zafar de ellos. Porque el prejuicio es inherente al ser humano: tener opiniones antes de tiempo, o incluso creer como verdades ideas sobre algo o sobre alguien que muchas veces nos impide construir puentes más genuinos. Por eso, identificarlo –en nosotras y en los demás– puede ser súper beneficioso. Este marzo, en un mes y una época en que el movimiento feminista está imparable, derribando siglos de construcción de sentidos sobre los roles de género, es una oportunidad para pensar y repensar cómo funcionan los prejuicios dentro y fuera y ver de qué modo podemos actuar sobre ellos.

¿PARA QUÉ SIRVEN? (Y PARA QUÉ NO)

Si aceptamos desde el vamos que todos tenemos prejuicios, entonces podemos pensar que cumplen una función. El psicólogo y premio Nobel de Economía Daniel Kahneman, autor de Pensar rápido, pensar despacio, diferencia un pensamiento rápido, intuitivo y emocional de otro más lento, deliberativo y lógico. En particular, analiza cómo los esquemas con los que entendemos el mundo impactan en nuestras percepciones y decisiones diarias. ¿Este efecto es negativo? No necesariamente. El prejuicio tiene entonces varias funciones:

  • Cuidar nuestro ecosistema emocional: a veces necesitamos resolver rápido, y ahí los prejuicios vienen a cuidar nuestro ecosistema; son un recurso de supervivencia que deja un lugar libre para ocuparnos de otras cosas. En otras palabras, ciertos preconceptos nos facilitan la vida y está bien que así sea. Son esos que te ayudan a confiar en que elegiste bien, que tomaste una buena decisión aunque no sabías nada de eso o de ese alguien a quien ibas a conocer o ante una situación nueva (“Me parece que en este lugar voy a trabajar cómoda”, “Ella me parece ideal para que seamos socias en este proyecto”), etc.
  • Sostener nuestra necesidad de tener razón y alejarnos de la incertidumbre: al mismo tiempo que a veces los prejuicios nos cuidan, se da otro fenómeno, muy bien descripto por David di Salvo en Qué hace feliz a tu cerebro, y es que los humanos tenemos un rasgo que nos diferencia de los demás seres vivos: la noción de certeza. Tanto nuestra naturaleza como nuestra educación nos hacen creer que tenemos razón. La causa de nuestra terquedad es que a nuestra mente no le gusta para nada la incertidumbre. Cuanto mayor sea esa sensación de no saber, mayor será la incomodidad. La incertidumbre aumenta la actividad de las estructuras de las amígdalas del cerebro, que regulan nuestra respuesta a los miedos, y disminuyen la del estriatum ventral, la zona que responde a los estímulos gratificantes. O sea: no es solamente que el cerebro prefiere la certeza..., ¡sino que la reclama a gritos! Nuestra necesidad de tener razón –la mía, la tuya, la del otro– es nuestra necesidad de sentirnos bien. Paradas en nuestros prejuicios, sentimos que nos las sabemos todas y eso siempre nos trae una especie de (falsa) seguridad.
  • Cuestionar lo que damos por sentado: ¿entonces los prejuicios son naturales y cómodos? Sí, claro. Pero... ¿qué hacemos? ¿Nos conformamos con lo que ya pensamos, aceptamos lo que piensan los demás de nosotras y ya? Claro que siempre es una opción quedarnos en “la cómoda”. Criticar es fácil, y hacer lo que se espera de nosotras es tentador –“¡así me van a querer!”, pensamos en el fondo–. El tema es que para poder crecer, abrirnos de verdad a las personas, ir por nuestros deseos y conectarnos con lo esencial en nosotras, el único camino es abrir preguntas y cuestionar lo que siempre dimos por sentado. Esto que piensa el otro, su propio prejuicio, ¿habla de mí o de él? Esto que pienso yo del otro, mis propios prejuicios, ¿son una verdad hoy para mí?

INDEPENDIZATE DE ÉL

Crédito: Inés Tanoira. Realización de Diego Andrés Martínez (DAM). Producción de Bár Midley

Hacé un ejercicio de traer por un rato recuerdos de tu adolescencia, etapa tribal de nuestra vida si las hay. ¿Recordás ser de un grupito y excluir a las otras? ¿O al revés: no haber encajado en algún modelo y sentir que las otras te apartaban? Así funcionamos los seres humanos.

En neuroética se habla de la noción del “extranjero”. Desde el principio de la humanidad, la lealtad era para aquellos de nuestra misma tribu, mientras que el resto perdía la categoría de hombre. Y aunque hoy las tribus son más grandes y difusas, podemos decir que nuestro grupo de pertenencia define un no grupo. En este sentido, el prejuicio sería el mecanismo que usamos todos para definir quién pertenece y quién no. El rechazo o asco –al igual que en la película Intensa-mente– viene con el pack de alegría, tristeza, miedo y furia. Por eso, tenemos que aprender a reconocerlo y gestionarlo.

Desde la lingüística, los expertos dicen que aunque nos parezca que sí, en realidad no dominamos (o no enteramente) lo que decimos y nos decimos. ¿Cuántas veces nos escuchamos y sentimos que estamos adoptando frases de otros sin darnos cuenta, o que somos “habladas” por los mandatos o por cómo nos califican los otros?

Los sentidos y las explicaciones, sobre todo los porqué y las relaciones de causa-consecuencia, funcionan muchas veces como lo que el filósofo Michel Pêcheux llamó “verdades evidentes”: algo que ni nos damos cuenta de que viene ya precocido, algo del estilo “porque es X, entonces es Y, entonces me pasa esto porque soy así o asá”. ¿Cómo zafar de eso? La clave es prestar especial atención a esas explicaciones que vienen de otro lado y de un tiempo anterior –lo que mamaste incluso en tu casa desde chica, lo que viste en los medios, lo que alguien que respetás dijo–. Esto está bueno para poder interrogarnos sobre esas evidencias que de tan cotidianas ni se nos muestran como problemáticas. Así podemos desandar lugares comunes cargados de prejuicios. Y esto corre tanto para el prejuicio que se activa en vos (“Las mamás del jardín son todas unas cabezas huecas”) como para el prejuicio que viene hacia vos y te interpela. (“¿Vas a tener un hijo soltera?”, “¿Vas a ir a la universidad a los 40?”, etcétera). El camino es saber que ese mecanismo existe, aceptar que en un punto nos excede, observarlo y aspirar a independizarnos de él para vivir una vida cada vez más en sintonía con nuestra verdad.

EL MOTOR DE TUS GANAS

Los prejuicios de los demás se enfrentan con ganas. Muchas “ganas de”. Lo vimos en nuestra charla de chicas con Juana Repetto, que ni se mosqueó por lo que buena parte de la sociedad comentaba acerca de su decisión de ser madre soltera a través de un banco de esperma.

Ella simplemente sostenía su deseo de ser mamá. Lo de “demasiado joven y soltera” era una observación de los demás. Por eso, si vos no estás segura de lo que querés y vas a pedir opinión, es posible que te encuentre tambaleante, que pongas todo en duda o –peor– que el prejuicio ajeno confirme esa parte tuya que estaba conectada con el miedo. Por ejemplo, estás pensando en dejar la relación de dependencia y emprender un negocio con una amiga. Eso te genera cierto resquemor. Tus ganas –tímidas– asoman en el fondo de la cuestión. Lo hablás con tu pareja o con tu mamá y ellos te dicen: “Pero ¿te parece soltar la seguridad justo ahora? En este contexto, a ningún emprendedor le puede ir bien, te vas a fundir al toque”. Es entonces cuando se pone a prueba tu propio motor deseante. ¿Cuánto quiero esto? ¿Qué tan dispuesta estoy a arriesgarme?

Por otro lado, tené presente que el prejuicio del otro podés escucharlo, observarlo, digerirlo o rechazarlo, pero no es tu función desactivarlo. Llegado el caso, cabe intentar hablarle a la persona, a su parte más comprensiva, a la que puede –y quiere– manejar sus miedos, su envidia o lo que sea que se le juegue, pero nunca a aquella parte asustada donde anida su prejuicio. Entrar en el terreno del prejuicio le da entidad y hasta lo fortalece, y obviamente ahí tenés todas las de perder. Ni vas a convencer al otro ni te vas a sentir mejor vos. Y si aun hablando con esa persona no lográs un acuerdo –y a vos te interesa esa relación–, lo mejor es soltarla por un ratito. Probablemente esté en “modo alergia”. Y aunque vos te esmeres en demostrarle lo genial o lo valiente que sos, en este momento esos atributos tuyos le generan sarpullido. Simplemente correte del medio, seguí tu camino y tené presente que nadie puede enojarse con vos si vos no lo permitís.

Entrenarse en el arte de no gustarle a todo el mundo es una gran idea. Cuando frente a tu proyecto el otro pone cara de desagrado, la pregunta para hacerte es: “¿Quién me creo que soy para gustarle a todo el mundo?”. De a poco, proponete perder sensibilidad frente al disgusto de otras personas y apoyate en quienes te quieren: ellos son tus aliados en estos momentos. En cuanto lo dejás entrar, el prejuicio funciona como un ancla que te impide navegar. Cortá esa amarra, seguí tu camino y dejale el ancla al prejuicioso. ¡Que vea él qué hacer con ella!

DETECTAR EL CHIP Y ENCONTRARSE

En momentos de peligro, el prejuicio es útil: nos permite “matar” al otro sin reparos. Hay un capítulo se la serie Black Mirror en el que a unos soldados les implantan unos chips para que en el campo de batalla los otros humanos se vean como zombis terribles y así eliminarlos sin culpa. El prejuicio, en extremo, funciona como ese chip, modificando incluso lo que perciben nuestros sentidos. Ni hablar en estos tiempos de posverdad, cuando –como dice nuestro filósofo, Darío Z– cada uno necesita confirmar aquello en lo que necesita creer.

Pero si queremos vivir, y convivir, el prejuicio excesivo puede amargarnos la vida. El mundo tolerante es un lugar donde a veces se lucha, pero después se recompone. Si seguís peleando en pos de tu prejuicio, se rompen la convivencia y la aceptación. Entonces, si hay guerra, armate, pero ¡no te inventes guerras todo el tiempo!

Cuando reconocés un preconcepto en vos, primero que nada, felicitate. ¡Detectaste el chip! Con esto, tenés la mitad del camino hecho. Después, proponete dejar entrar luz en tus opiniones sobre los otros. “Poder cambiar de idea es un lujo para gente rica”, dice nuestra psico Inés Dates. Y no se refiere a personas con dinero, claro, sino con abundancia de recursos emocionales. A veces tenemos la impresión de que son más fuertes quienes se muestran poderosos, duros y hasta totalitarios. Sin embargo, esas personas guardan una debilidad, porque solo saben criticar, no construir, y su identidad siempre se define en oposición a otros. Ahí hay un miedo disfrazado de fortaleza. Una ecuación que dice: “Si dejo que alguien me modifique, se disuelve quien soy yo”.

Siempre es mejor tener un 30% flexible para no quebrarse. Entonces, lejos de pararte al mejor estilo “cocorita” a sostener tu postura a rajatabla (“Esto es así porque lo digo yo”), podés abrir la escucha y en ese diálogo y ese encuentro –tal vez– atreverte a cambiar eso que pensabas sobre tal o cual persona o situación.

Nuestra especie –dice el físico y filósofo Stefan Klein en La revolución generosa– evolucionó cuando nuestros ancestros empezaron a cooperar como ninguna otra criatura de la naturaleza. Acaso haya sido la forma que encontramos para compensar esa natural terquedad que más de una vez nos pone en peligro. ¿Cómo lo hicieron? Tuvieron que superar los límites de la propia persona, aprender a ver el mundo con los ojos de otro y a sentir como él.

Por eso, antes de prejuzgar a alguien, una buena y sencilla herramienta es preguntarte: “¿Qué batallas ocultas estará dando?”, “¿Cómo actuaría yo en su lugar?”, “¿Todavía me quedan ganas de seguir juzgando a esa persona?”. Sin duda, lo contrario del prejuicio son la empatía y el encuentro. Y vivir de todo corazón –amar de verdad– es recibir al otro tal como es.

Por un mundo de sororidad

Por Vicki Freire. Socióloga (UBA). Referente de Mala Junta y coordinadora del Observatorio de Géneros de la Ciudad.

Hablar de los estereotipos y prejuicios que debemos derribar las mujeres parece una obviedad, pero es una tarea ardua y diaria. No solo por las barbaridades que tenemos que oír sobre nosotras en tantos ámbitos, sino también porque tenemos que aprender a combatir esos mandatos con nosotras mismas. Nos estamos reformateando para romper los moldes que ya no tienen cabida.

Nos decían que no servíamos para otra cosa que ser madres y realizar (amorosamente) las tareas del hogar. ¡Hasta hace 70 años ni siquiera nos permitían votar! Teníamos asignado un espacio chiquitito, doméstico, donde teníamos que estar solas porque la de al lado era competencia: sí, se nos enseñó a prejuzgar a la otra.

Por eso hoy, más que nunca, la sororidad. Marcela Lagarde la define como “la alternativa a la política que impide a las mujeres la identificación positiva de género, el reconocimiento, la agregación en sintonía y la alianza”. Es un concepto revolucionario, que nos enseña la necesidad de identificarnos con las demás, hacernos “piecito” entre nosotras en vez de pisarnos los talones. A su vez, la sororidad desafía el patriarcado de lleno: es la alianza entre mujeres la que nos permite salir de la sumisión.

Expertas consultadas: Lic. Inés Dates. Nuestra psicóloga. Mara Glozman. Dra. en Letras con orientación en Lingüística (UBA/CONICET).

Maquilló Agus Suga para Frumboli Estudio con productos Lancôme. Peinó Nico Irribarra para Calcarami Studio con productos L’Oréal Professional. Agradecemos a Vero Alfie, Las Pepas y Camelia Shoes por su colaboración en esta nota.

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