Los números rojos del scrum argentino: una caída que no se detiene

El scrum de Jaguares ante Hurricanes
El scrum de Jaguares ante Hurricanes Fuente: LA NACION - Crédito: Rodrigo Néspolo
Alejo Miranda
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7 de marzo de 2018  

En 2016, la temporada de estreno en el Súper Rugby, el scrum de los Jaguares tuvo una efectividad del 87%. Esto es, de cada 100 pelotas propias en esa formación, retuvieron 87. Fue la 15ª mejor entre los 18 equipos. El año pasado bajó a 84% para ocupar el penúltimo lugar, solo por encima de Cheetahs. En los tres partidos que van de la actual campaña, la proporción bajó al 68%, la peor de entre los 15 participantes.

Por supuesto que hay otras variables que inciden en el rendimiento del scrum, como los robados, las infracciones propias y las forzadas, la calidad de la salida de la pelota y las posibilidades de utilización a partir de ella. Pero ese dato fundamental de si un scrum propio termina con la pelota en las manos de un compañero ofrece un reflejo suficientemente cabal como para que sirva de reflejo de la realidad.

Este dato contundente, según las estadísticas de la Sanzaar, alcanza para afirmar que el scrum argentino a nivel seleccionados está en declive. En los Pumas, que en definitiva son los mismos jugadores, la situación es similar. Solo en junio, ante una Inglaterra remachada, fue dominante. Pero sufrió ante una potencia en la materia como Georgia y en la gira de noviembre la efectividad bajó al 72,7% (16 de 22).

En una entrevista brindada a LA NACION a mediados del año pasado, el entrenador de los Pumas, Daniel Hourcade, fijó su posición respecto de esta formación: "Queremos tener el mejor scrum del mundo, como siempre ha sido. Pero si ponés jugadores que solo juegan al scrum y después no pueden hacer el juego que querés, no sirve [.] Hay que tener cuidado con el balance, pero nunca dejó de ser importante."

El ingreso en el Súper Rugby obligó a formar pilares dinámicos antes que sólidos en el scrum. Una transformación profunda para el canon del rugby argentino. La transición fue compleja. La veda para los que actúan en el exterior marginó a Marcos Ayerza y Juan Figallo, dos de los mejores del mundo en el puesto. El éxodo continuó. A fines del año pasado se fueron Ramiro Herrera y Lucas Noguera Paz, números puestos entre los cuatro que entran en la cancha cada partido. A principios de año se lesionaron Enrique Pieretto (por toda la temporada) y Santiago García Botta (por los primeros tres partidos).

También emigró Facundo Gigena, que en 2017 no fue tenido en cuenta, pero con cinco partidos desde el banco el año previo es uno de los once pilares que vistieron la camiseta de los Jaguares.

Ledesma y su imaginación

Ante este éxodo, Mario Ledesma debió recurrir a la imaginación. Hizo una convocatoria de forwards de todos los clubes, con predominio de pilares, y encontró algunas gemas por pulir. Rescató dos que no tenían pasado en seleccionados como Juan Pablo Zeiss, jugador de la tercera categoría de la URBA, y Nicolás Leiva, que había empezado 2017 en otro puesto y en el tercer equipo de Hindú (de hooker pasó a pilar derecho y terminó siendo clave para el campeón). Además, recurrió a Javier Díaz, que tras jugar el Mundial Juvenil 2015 con Pumitas había quedado fuera del sistema. Otro que pasó a integrar el plantel como invitado es Franco Brarda, integrante los últimos años de Argentina XV.

Por último, cabe mencionar el cambio de sistema que introdujo Ledesma, por uno más afín a la tradición del rugby argentino en relación a la que había impuesto Emiliano Bergamaschi en los seleccionados, como explican los especialistas. Un cambio que demandará tiempo. ¿Alcanzará?

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