Los secretos de la semilla del loto

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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7 de marzo de 2018  

A veces es solo cuestión de mirar. O de entender lo que se mira. Esto que sigue -y sus derivaciones, de las que todavía no puedo anticipar nada- empezó en la entrada de un vivero de Benavídez.

Dispuesto a volverme autosuficiente en aromáticas, fui ese día a comprar un laurel. Imaginé una plantita tímida, pero terminé comprando un señor laurel de un metro ochenta, que ya ha cooperado en numerosos filetos, pepinos a la vinagreta y berenjenas al escabeche. Costó hacerlo entrar en mi vehículo, pero esa circunstancia me permitió reparar en un detalle precioso. De un estanque en el frente del local emergían varios lotos hermosos e inmensos. Hay pocas flores que se comparen con su belleza a la vez exótica, inspiradora y mística. Pero lo que había notado era mucho más conmovedor.

Reclinado el señor laurel en el asiento del acompañante, volví sobre mis pasos y le dije a mi proveedor de plantas, tierra y macetas:

-Esos lotos que tenés ahí afuera están llenos de semillas, ¿te diste cuenta?

No, no se había dado cuenta. Pero tampoco pareció concederle mucha importancia. Así que le pregunté si no me regalaba algunas, cosa que hizo con cortés generosidad, y volví a casa con el mítico árbol que alguna vez fue la náyade Dafne y dos semillas espirituales. Mientras manejaba de regreso pensaba en el monumental cruce de culturas que había dentro de mi coche en ese momento.

Por supuesto, no tenía ni la más mínima idea de si los lotos podían reproducirse a partir de semillas. Sonaba más razonable hacerlo por medio de sus rizomas. Pero las semillas tienen un valor alegórico incomparable. Mi araucaria vino desde Bariloche en un bolsillo de mi campera y pronto cumplirá 30 años. Si todo sale bien, vivirá todavía otros mil.

Como era de esperarse, en los lotos todo tiene un destello de divinidad. Sus semillas se encuentran en el tercer lugar entre las más longevas que se conozcan. El American Journal of Botany informó, en noviembre de 1995, que una semilla de 1300 años hallada en China había germinado sin tropiezos. Por entonces, era la más perdurable de la historia. En 2005 y 2007, otras dos especies le arrebataron el primer lugar. Pero, en todo caso, ahora tenía el dato que estaba buscando; era posible obtener una de estas fascinantes plantas a partir de semillas.

Estaba persuadido, sin embargo, de que si esas pepitas de color negro mate, vagamente ahusadas, austeras y sin adorno, podían vegetar durante 1000 años, entonces no iba a ser lo mismo que sembrar rúcula o albahaca (dicho esto con todo respeto). Para empezar, ¿serían fértiles?

La prueba es muy sencilla, supe pronto. Basta colocarlas en un vaso con agua. Si se hunden, entonces van a prosperar.

Soy un hombre grande y, no obstante, mi corazón se aceleró de alegría cuando vi las dos semillas sumergirse con gracia hasta el fondo del vaso. Muy bien. Prueba superada. ¿Y ahora? El loto es una planta acuática. ¿Las dejaba allí y listo?

No tan rápido. Puesto que estas semillas -no más grandes que un arándano- vienen preparadas para atravesar eras, el embrión está protegido por una coraza a toda prueba. Además, por lo que pude averiguar, puede tomarse su tiempo para germinar. Entonces, en una nueva vuelta de tuerca de esta planta saturada de símbolos, supe que para que brote hay que engañarla. Hay que engañar a una semilla. ¿No es mágico?

El método es sencillo, aunque laborioso y delicado. Hay que limar (sí, limar) uno de los costados hasta que, luego de un buen rato, el corajudo blindaje deje a la vista la superficie de un cotiledón. Solo entonces hay que sumergirla en agua, y en unos pocos días habrá germinado.

Especie exquisita en requerimientos, me obliga a esperar la lluvia (no le gusta el agua de la canilla), y, si llega a tiempo, haré mi primera prueba este verano. La otra aguardará la primavera. Tengo tiempo. Unos 1300 años, digamos.

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