Mi hermano, el asesino de monseñor Oscar Romero

Marisa D''Aubuisson, junto a la imagen de monseñor Romero
Marisa D''Aubuisson, junto a la imagen de monseñor Romero Fuente: Archivo
Rubén Guillemí
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14 de marzo de 2018  • 01:45

Hace 38 años la salvadoreña Marisa D'Aubuisson comenzó a cargar con un doble dolor: haber perdido a su querido pastor y obispo, y ser señalada por el resto de su vida como "la hermana del asesino de monseñor Oscar Romero ".

Pero ahora que el papa Francisco acaba de aprobar la canonización de "San Romero de América", cuya ceremonia oficial se realizará probablemente el 21 de octubre en Roma junto a la de Pablo VI, Marisa confiesa que está "feliz". "Tenía que venir un Papa como Francisco para entender el alma latinoamericana", dijo en diálogo vía telefónica con LA NACION.

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Los D'Aubuisson, una tradicional familia salvadoreña, vivió como pocas la división de la sociedad de América Latina de los años 70.

Roberto D'Aubuisson, que llegó a ser candidato presidencial en 1984 por su partido ARENA, era un anticomunista feroz y creador de los escuadrones de la muerte, grupos parapoliciales encargados de ejecutar a los opositores al gobierno derechista. En cambio, su hermana Marisa tuvo siempre una vocación para trabajar con las poblaciones marginales, una "tonta útil de los comunistas", en palabras de Roberto.

Como trabajadora social, Marisa fue cambiando la imagen que tenía de monseñor Romero. "Cuando se conoció su nombramiento como arzobispo en 1977 muchos sentimos desilusión. La represión estaba en niveles muy altos, la gente estaba en las calles repudiando el fraude electoral y él era un obispo desconocido que venía de un pueblo del norte y que no tenía una voz fuerte. Además era muy apegado a las reglas canónicas de la Iglesia", recordó.

Pero el obispo "conservador" comenzó a hacerse oír mientras la represión se ensañaba con los más pobres y también con los curas que trabajaban en los barrios marginales. Los muertos se empezaron a contar de a miles.

El hermano de Marisa, Roberto, lanzó desde los escuadrones de la muerte la consigna: "Haga patria, mate un cura", a quienes consideraba "comunistas disfrazados", y ordenó pegar carteles en las calles con esa frase.

Pese a todo, monseñor Romero no dejó de hablar y en sus últimas prédicas no dudó en llamar a los soldados a desobedecer las órdenes asesinas de sus jefes. En 1980, un día antes de su muerte, en una histórica homilía dijo: "Ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice: 'No matar'. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla (.), les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!".

Al día siguiente, 24 de marzo de 1980, sin saber que lo estaban apuntando con un arma, las últimas palabras de monseñor Romero fueron una autoprofecía.

El de esa homilía resulta impactante.

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En plena misa en una capilla de San Salvador, cuando estaba realizando la consagración del pan y el vino, Romero dijo: "Que este cuerpo inmolado y esta carne sacrificada por los hombres nos alimenten también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo". Luego levantó los brazos con el cáliz, y un esbirro de los escuadrones de la muerte gubernamentales disparó.

Una comisión investigadora de las Naciones Unidas, determinó que fue Roberto D'Aubuisson quien mandó a matar al arzobispo salvadoreño.

Marisa, que en aquel momento tenía 30 años, decidió crear la fundación que impulsó la canonización del obispo mártir.

Ella aprendió a convivir en paz con un doble sentimiento hacia su hermano. "Siempre lo quise mucho a Roberto, fue mi hermano más querido desde pequeña, y no se puede olvidar toda una vida compartida. Pero en lo que hizo como militar lo aborrezco", dijo.

Roberto falleció de cáncer de garganta en 1992 a los 47 años. El día anterior a su muerte, Marisa lo visitó en el sanatorio y le dijo: "Tienes que morir en paz. Te lo ruego, abócate a Romero, pídele perdón desde la parte más profunda de tu corazón". Él abrió los ojos por un momento, la acercó hasta tenerla cara a cara y, ya incapaz de hablar por su enfermedad, se puso a llorar.

Marisa no puede asegurar que su hermano se haya arrepentido del crimen hacia el final de sus días: "No sé si ante la inminencia de la muerte habrá habido algún cambio. Para un hombre como él hubiera sido muy terrible tener que admitir que había perdido su vida del lado de los injustos. Pero sí estoy segura de que Romero lo hubiera perdonado. Romero no era un hombre de odios", concluyó.

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