Suscriptor digital
srcset

Viaje al Amazonas, capital de la biodiversidad mundial

Verónica Pagés
(0)
9 de abril de 2018  • 19:48

El Negro y el Solimões, los dos grandes afluentes del río Amazonas, invitan a vivir de forma diferente la gran selva brasileña: primero, a bordo de un crucero de cinco días, y luego, en un lodge flotante. Manaos es la puerta entrada a la región con mayor biodiversidad del planeta.

Vista del río Negro desde uno de los camarotes del Jacaré Açú.
Vista del río Negro desde uno de los camarotes del Jacaré Açú. Fuente: Lugares - Crédito: Sofía López Mañan

Las imágenes se agolpan una detrás de la otra cuando la posibilidad de ir a la selva por primera vez se torna cierta. Todo lo conocido, escuchado, visto, aparece a borbotones para tratar de llenar ese espacio vacío. Vamos a conocer el Amazonas. Tan enorme e inabarcable el concepto como su geografía.

La primera sorpresa es que el viaje a Manaos apenas toma cinco horas. Desde que Gol tiene vuelo directo los sábados a la noche, la capital del estado de Amazonas está mucho más cerca. Llegamos frescas a las 6 de la mañana, pero esa lozanía se esfuma apenas salimos del aeropuerto. La humedad y el calor a esa hora ya golpean duro.

El Teatro Amazonas, un emblema de Manaos.
El Teatro Amazonas, un emblema de Manaos. Fuente: Lugares - Crédito: Sofía López Mañan

Durante el primer día a Manaos la vemos sólo por la ventana de la combi que nos espera para llevarnos directo a la selva. Vamos rumbo a Novo Airão, un pequeño pueblo a 180 km al NO de Manaos, a la vera del río Negro. Allí conocemos al resto del grupo, la mayoría agentes de turismo brasileños que también viajan por primera vez al Amazonas. Llamativamente saben poco y nada de lo que se están por encontrar, ya que no es un destino muy común tampoco para ellos. Parece que los que sí se animan a conocer este rincón del planeta son los europeos. "Los alemanes aman el Amazonas", nos dice Vinícius da Silva, un agente brasileño que vive en Berlín desde hace 15 años, donde vende paquetes cada vez más exóticos.

Novo Airão

Llegamos a Novo Airão después de un viaje de poco más de dos horas y vamos directo al restaurante flotante, Flor do Luar, donde debutamos con uno de los peixes estrella de la cocina local, el tambaquí, con arroz y dados de tapioca fritos (el otro es el pirarucú). Minutos después del postre aparece Jacaré Açú, la embarcación en la que pasaremos los próximos cinco días. De madera, con porte antiguo, tiene la talla de un yacaré como mascarón de proa. Recorremos sus tres pisos, conocemos a la tripulación y zarpamos Río Negro arriba. Durante las próximas horas entramos en un estado de obnubilada contemplación. Acodados en la baranda de cubierta navegamos hacia la puesta del sol. Estamos bordeando la mismísima selva Amazónica, la selva tropical que, con más de 6 millones de kilómetros cuadrados, es considerada la más grande del mundo, la misma que toma parte de nueve países, pero que se extiende y se profundiza con más fuerza en Brasil y Perú. Todavía sin conocer un solo nombre, sabemos que toda esa verde enramada que nos tiene hipnotizados alberga a una de las mayores reservas de biodiversidad del planeta. En otras palabras, no hay ninguna otra región de la Tierra con tantas especies de plantas y animales como acá.

Durante la navegación por los afluentes del río Amazonas a bordo del Jacaré Açu
Durante la navegación por los afluentes del río Amazonas a bordo del Jacaré Açu Fuente: Lugares - Crédito: Sofía López Mañan

Nuestro anfitrión en el Jacaré Açú es Ruy Carlos Tone, la cabeza de este proyecto de ecoturismo llamado Expedición Katerre ("Todo bien", en la lengua de los indígenas Yanomami) y quien nos conduce en esta aventura. Ruy es paulista, ingeniero civil, hijo de japoneses y amante de los viajes. Descubrió de grande el Amazonas y a su gente. El enamoramiento fue inmediato, y se puso planificar la manera de ofrecer salidas sustentables a varias comunidades locales, a una escuela sobre el río Jauperí y a una fundación en Novo Airão. Así, hace 13 años que opera esta región para ofrecer alternativas de ecoturismo que se traducen en varios cruceros (el Jacaré Açú se complementa con otro llamado Awapé, un poco más pequeño, y entre ambos ofrecen distintos programas de 4 a 8 días).

Durante las cuatro horas de navegación antes de la cena surcamos el río Negro, bordeando el Parque Nacional Anavilhanas, el segundo archipiélago fluvial más grande del mundo. Son 400 islas a lo largo de 100 km. Cuando suena la campana bajamos a nuestra primera comida a bordo, donde nos espera pescado grillado con plátano, mandioca, tacacá con tucupí y jambú. Sabores que se van a ir haciendo deliciosa costumbre. La propuesta que sigue tiene gusto a desafío: nos proponen dormir en el barco o en una suerte de quincho/mirador abierto con hamacas paraguayas (a los brasileños les hace mucha gracia llamemos así a las redes) para experimentar la selva sin que haya una puerta y una pared de por medio. Casi todos optamos por la jungla y allá vamos. Eso sí, munidos de almohada y una sábana para hacer frente a los temidos mosquitos. Recién entonces caemos en la cuenta de que nunca nos pusimos repelente, tanto que nos habían advertido. Y entonces viene la explicación de por qué ni nos hemos acordado de los mosquitos. El río Negro es, en sí mismo, un gran repelente. Sus aguas, que son de color ámbar en la superficie pero negrísimas pocos centímetros más abajo, tienen alto grado de acidez, lo que limita la presencia de insectos y también ralea, claro, la cantidad de animales que se alimentan de ellos.

A la aventura

Una casona en ruinas en la extinta ciudad de Airão Velho.
Una casona en ruinas en la extinta ciudad de Airão Velho. Fuente: Lugares - Crédito: Sofía López Mañan

Amanecemos un poco doloridas, pero felices. Son las seis y ya hay luz. Nada impide empezar con lo que sigue: nuestra primera trilha. Un recorrido de casi tres horas por la selva, siguiendo un mínimo sendero enmarcado por una vegetación espesa con árboles altísimos, hasta las grutas de Madadá, unas exóticas y enormes formaciones de roca arcillosa, siempre húmedas. En el camino nuestro guía, Samuel, demuestra -machete en mano- cómo aprendió de chico, en la tribu Baniwa (donde su nombre era Carapura), a proveerse de comida, medicina, ropa, juego y cobijo en ese universo verde. Pura simpatía y destreza la de este hombre que un día decidió alejarse de sus orígenes, aunque desde sus relatos, siempre está volviendo.

Al día siguiente la tormenta acecha, pero igual vamos en dos pequeños botes hasta Airão Velho, una ciudad abandonada en 1930 que supo tener el esplendor de Manaos en la época dorada del caucho. No se sabe si el abandono total y abrupto fue por la rápida caída del precio de esta materia prima o por una invasión de hormigas que aun persiste. Los lugareños de Novo Airão (la ciudad que se fundó tras la estampida en Airão Velho) están divididos entre los que creen que fueron las hormigas quienes terminaron por echar a la gente, y los que aseguran que ellas llegaron luego del último portazo. Como sea, el lugar alimenta mitos. Hoy sólo lo habita un japonés, que trata de cuidar los restos de un pasado glorioso, que fue engullido -literalmente- por la vegetación. Hay algo fantasmagórico entre esas paredes y portales elegantes, más si oscurece de golpe, truena, empieza a llover y resuena de fondo la sirena del barco, que ya no puede esperar. Llegamos empapados en nuestros botecitos zozobrantes, pero muertos de risa. Si el guía ríe, está todo bien y, por suerte, Samuel ríe todo el tiempo.

La Cachoeira de Carabinani, una pequeña cascada del Parque Nacional do Jaú.
La Cachoeira de Carabinani, una pequeña cascada del Parque Nacional do Jaú. Fuente: Lugares - Crédito: Sofía López Mañan

Nuestro próximo destino es el Parque Nacional do Jaú, que con 2.272.000 de hectáreas es una de las áreas protegidas de mayor superficie del estado, miembro de una compleja red de 114 unidades de conservación que integran el ARPA (Programa de Áreas Protegidas de Amazonía) que acaba de cumplir 15 años.

De los tres grandes ríos que componen su sistema acuático recorremos el Jaú, su espina dorsal. Cada vez más adentro, más profundo en la selva. Después de un par de horas de navegación paramos a almorzar en un recodo, y en bote -con el sol ya más alto- vamos a la Cachoeira do Carabinani, una pequeña cascada que se puede disfrutar sólo en época de baja de las aguas (septiembre, octubre, noviembre).

Y esto abre otro tema que puede modificar ciento por ciento la planificación de un viaje. Durante gran parte del año, con picos en junio/julio, las aguas de los ríos Negro y Solimões, y todos sus afluentes, suben entre 5 y 18 metros, lo que implica que el 10 por ciento de la selva queda bajo agua, y por ende la geografía del lugar cambia radicalmente. Las cascadas desaparecen, lo mismo que las trilhas, pero se abre la posibilidad de conocer la región de otro modo, haciendo los mismos recorridos pero en bote, esquivando las copas de árboles y con la posibilidad de ver muy de cerca esos mismos animales que en época seca se refugian en lo alto. Así y todo la seca tiene sus encantos, ya que permite descubrir la marca de hasta dónde llegó el agua meses atrás, el desgaste de las piedras, de las playas, la diferencia de texturas, de colores y, lo mejor, caminar y caminar entre la mata.

Expedición dentro del Parque Nacional Do Jaú en el Amazonas brasileño.
Expedición dentro del Parque Nacional Do Jaú en el Amazonas brasileño. Fuente: Lugares - Crédito: Sofía López Mañan

Elogio de la luz

Al cabo de haber emprendido un par de senderos, empezamos a notar que distinguimos matices que no eran evidentes al principio. La luz que se filtra entre las hojas es la mentora de esa sutilezas que nos conquistan poco a poco. El aspecto de la selva también cambia si llovió, si está nublado, si queda algo de la bruma del amanecer o si el atardecer viene con luna o sin ella. Un escenario diferente cada vez. Este viaje podría durar para siempre.

Uno de los días -cuando se está sin Internet y sin una referencia clara es muy fácil perder la cuenta- después de la cena, el plan de nuestro anfitrión es salir en bote a buscar animales por las orillas. Apreciar qué diferente es el río de día y de noche. Se sabe que los yacarés no atacan si no son molestados, pero hay tantos y están tan cerca que cuesta mantener el decoro. Es cuestión de respirar hondo y animarse a disfrutar. Aparecen pájaros, pequeños peces saltarines, más yacarés y alguna tortuga. Sólo se escuchan sus sonidos y el remo suave empujando el agua.

Una tarde vamos a la Ilha do Paraná, que hasta hace 40 años no era isla, pero el agua fue horadando la unión con el continente y allí quedaron aislados varias decenas de monos que viven alto en los árboles.

La Ilha do Paraná
La Ilha do Paraná Fuente: Lugares - Crédito: Sofía López Mañan

Llenos de barro, pero satisfechos con el avistaje, llegamos a otra isla, una de las tantas donde Siba y un par de colaboradores llevan a cabo el Projeto Quelônios da Amazônia que busca proteger a la tortuga Irapuca, entre otras.

Nos esperan luego en Cachoeira, una pequeña comunidad mestiza en la que viven apenas siete familias que dependen del cultivo de la mandioca y la elaboración de su harina. A pesar de ser muy pocos, allí funciona una escuela a la que también asisten chicos de otras comunidades cercanas. No hay show, ni baile ritual, simplemente un encuentro para conocer sus actividades diarias. Suena la campana y salen los catorce pibes disparados a la canchita de fútbol que hay detrás.

El último día en el barco paramos en medio del río para zambullirnos. La promesa de nuestro capitán de que entre la corriente y el barullo que hacemos no hay posibilidad de que se acerque ningún yacaré, nos libera. La puesta del sol vista desde el agua, con el reflejo que nos pinta enteros, es tan bella que emociona.

Vuelta a Manaos

La misma combi que nos dejó en Novo Airão cinco días atrás, nos espera para llevarnos de regreso a Manaos. Ahora sí tenemos algunos días para recorrer la ciudad, antes de emprender la segunda parte de nuestra aventura, por el río Solimões.

La plaza de San Sebastián en Manaos
La plaza de San Sebastián en Manaos Fuente: Lugares - Crédito: Sofía López Mañan

El sol pega fuerte desde temprano y descubrimos que esta enorme ciudad de más de dos millones de habitantes no tiene casi árboles, a pesar de estar en el medio de la selva. Es como si con un gran bloque de cemento quisiera negar su identidad. Por un lado está el centro histórico, donde se concentran buena parte de los edificios que hablan de un pasado elegante y aristocrático del que nada queda, y por otro, la gran ciudad de corte industrial que comenzó a definirse hace 50 años cuando fue declarada zona franca, lo que impulsó la instalación de industrias de productos electrónicos, sobre todo.

Es domingo y en el hotel nos recomiendan que no nos perdamos la feria que todas las semanas se arma a lo largo de la calle Eduardo Ribeiro. En el camino cruzamos la Plaza São Sebastião (que tiene el mismo empedrado de ondas blancas y negras que Río de Janeiro, pero acá aseguran que el de ellos es anterior y que representa en encuentro de las aguas de los ríos Negro y Solimões) y nos detenemos frente al Teatro Amazonas. Decidimos entrar. Una visita guiada nos lleva a conocer detalles de esta pequeña joya inaugurada en 1896 por el gobernador Eduardo Ribeiro y restaurada en 1990. Durante los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, Manaos era una suerte de París tropical gracias a los fastuosos dividendos que dejaba la explotación de las seringueiras, el árbol del caucho. Esos ingresos convirtieron a la ciudad en la primera en tener luz eléctrica, calles empedradas y universidad en todo Brasil.

El Teatro Amazonas de Manaos
El Teatro Amazonas de Manaos Fuente: Lugares - Crédito: Sofía López Mañan

El contraste entre el Teatro Amazonas y casi todo lo demás es impactante, pero hay algo en el ambiente cálido, ruidoso y colorido de la feria que hace fácil acomodarse. Al rato ya estamos saboreando una tapioca de tucumã (una fruta de una palmera amazónica que puede encontrase tanto en un bocado dulce como en uno salado), un jugo a base de guaraná que promete energizarnos para el resto del día y compramos andiroba -un repelente natural- porque parece que el que trajimos de casa no le hace nada a los mosquitos que nos esperan en el río Solimões. Nos dedicamos a pasear entre los puestos de ropa, comidas, artesanías, helados y cosméticos naturales. El tiempo pasa sin que nos demos cuenta.

De todo como en botica

Vamos al puerto, caótico, lleno de barcos que parecen mal estacionados y cuyos tripulantes ofrecen a los gritos los más variados recorridos. Está justo en frente del hermoso Mercado Municipal Adolfo Lisboa, inaugurado en 1882 e inspirado en el mercado central de París. A su lado le siguen otros dos mercados de frutas. Nos perdemos un rato por los sinuosos pasillos repletos de frutas, claro está, pero también de pescados, harinas, semillas y carnes. Todo es mucho, grande, ruidoso. Una suma infinita de colores y aromas a los que hay que acostumbrarse.

Un vendedor de sandías posa para la foto en el Mercado Municipal Adolfo Lisboa de Manaos
Un vendedor de sandías posa para la foto en el Mercado Municipal Adolfo Lisboa de Manaos Fuente: Lugares - Crédito: Sofía López Mañan

Con el atardecer, la plaza São Sebastião explota de gente. Es que cada domingo a esta hora empieza algún festival de baile que toma también al mismísimo Teatro Amazonas. La gente puede ir de un escenario a otro para ver hip hop, brake dance, danza moderna o lo que toque el domingo en cuestión. Hay un altísimo grado de participación popular tanto arriba como abajo del escenario. El entusiasmo es contagioso. Los bares de la calle José Clemente, la más colorida y cuidada del cuadrilátero de la plaza se llenan de gente. Hay un clima de fiesta que se diría único, pero sucede cada domingo. Del otro lado de la plaza, un poco más alejado del escenario a cielo abierto, los bares aprovechan para tener sus propios músicos. No hace falta mucho más que una cerveza, una caipirinha y un sándwich de tucumã para sentirse parte.

Después de haber empezado a entender algo de ese pasado de lujo de la ciudad, decidimos ir a la fuente, al Museo del Seringal, donde se explica cómo se gestó esa etapa de maravilla y miseria. Primero hay que llegar a la Marina do Davi, que queda a 30 minutos del centro, y allí tomar una lancha colectivo de otra media hora. El emplazamiento tiene una razón de ser. La reconstrucción de la Vila Humanitá que estaba sobre el río Madeira con motivo del rodaje de la película La selva, de Leonel Vieira (2002), fue tan perfecta que motivó la creación del museo. Allí conocemos a Jaime Souza, uno de los guías. Tiene 80 años y fue seringueiro desde los 10, como su padre y su abuelo. Su tarea era extraer caucho de la siringa, durante la época de la Segunda Guerra Mundial, cuando hubo un súbito y esporádico nuevo auge de esta preciada materia prima. Hoy, su trabajo de guía en el Museo del Seringal -renombrado Vila Paraíso- le permite reconstruir su vida, la de su familia y la de tantos otros que sufrieron la extrema pobreza y la esclavitud a partir de un sistema engañoso que endeudaba a los seringueiros con su patrón de por vida: los obligaban a pagar vivienda, comida, bebida y ropa, costos que nunca alcanzaban a devolver. La sonrisa de Jaime no se condice con sus palabras de recuerdos dolorosos, los que va hilvanando en el recorrido por este museo que descubre las etapas de la producción y la forma en la que vivían los trabajadores. Allí nos enteramos que todo acabó cuando un explorador inglés robó la semilla de la siringa y la llevó a Malasia, donde prendió de inmediato. Ya no hubo monopolio y, además, más temprano que tarde se descubrió que el petróleo era un perfecto sustituto del caucho que utilizaban para las cubiertas de los nuevos automóviles. Hoy, los pocos plantíos de siringas que quedan alcanzan para la producción de millones de preservativos.

Jaime Souza, uno de los guías. Tiene 80 años y fue seringueiro desde los 10, como su padre y su abuelo. Su tarea era extraer caucho de la siringa, durante la época de la Segunda Guerra Mundial.
Jaime Souza, uno de los guías. Tiene 80 años y fue seringueiro desde los 10, como su padre y su abuelo. Su tarea era extraer caucho de la siringa, durante la época de la Segunda Guerra Mundial. Fuente: Lugares - Crédito: Sofía López Mañan

A la mañana siguiente nos disponemos a ir al Encuentro de las Aguas. Justo enfrente a Manaos se juntan los ríos Solimões y Negro, pero no se mezclan, se acompañan a lo largo de varios kilómetros, hasta que finalmente sus aguas color té con leche y coca-cola, respectivamente, se terminan mezclando y es ahí, sólo ahí, cuando comienza a llamarse Amazonas (de todas maneras se lo conoce como Amazonas a lo largo de los casi 7 mil kilómetros que recorre entre su naciente, en los Andes Peruanos, y su llegada al mar, en Belém). La experiencia del Encuentro de las Aguas es rarísima, vamos surcando una línea movediza que nos ofrece no sólo distinto color sino distinta temperatura. La prueba empírica de meter una mano al agua por un lado del bote y por el otro, no deja dudas. El Solimões, el más claro, más frío y más rápido, nos espera desde esa misma tarde.

Uakari Lodge

Armamos los bolsos y nos vamos al aeropuerto para volar hacia Tefé, a una hora de avión hacia el oeste de Manaos (las otras opciones son dos días en barco o 14 horas en lancha). Tefé es una pequeña ciudad-puerto atiborrada de motitos, lo que la vuelve un colorido pero divertido caos. El puerto es otro endemoniado desbarajuste de botes de distintos portes, pero es fácil encontrar el que nos llevará hasta nuestro nuevo refugio, el Uakari Lodge, en el medio de la enorme Reserva Natural Mamirauá. Después de una hora y cuarto en lancha llegamos a esta posada flotante, que está dentro de la reserva y forma parte de un proyecto de sustentabilidad que integra a las comunidades locales.

Estamos en el medio del río sobre lo que podría ser un gran muelle en forma de T por el que nos movemos. Por un lado están las cinco cabañas que alojan dos habitaciones cada una, con balcón, hamaca y romántico mosquitero sobre las camas, y por otro la recepción que da paso al comedor (donde con mucha rigurosidad se sirve el desayuno a las 6.30, el almuerzo a las 12 y la cena a las 19) y a la sala de lectura donde nos reunimos un par de veces para conocer detalles sobre la Reserva y los proyectos conservacionistas que desarrollan. En este nuevo grupo son todos turistas, más norteamericanos que europeos, y algunos con un plan diferenciado de pesca deportiva.

Uakari Lodge, un refugio flotante que respeta y promueve el ecoturismo.
Uakari Lodge, un refugio flotante que respeta y promueve el ecoturismo. Fuente: Lugares - Crédito: Sofía López Mañan

La selva nos circunda. En esta época seca, el verde se extiende alto, profundo y oscuro a pocos metros de nuestra línea de flotación (en épocas de inundaciones, el logde sube hasta cinco metros). Enseguida notamos la diferencia con todo lo que habíamos visto hasta ahora del Amazonas. Acá, el mundo animal está ahí, mucho más cerca. Los monos aulladores no paran de gritar durante todo el día, pero de madrugada parecen enloquecer. No es raro encontrarse con delfines saltando por ahí (ya sean tucuxí o boto vermelho), y la cantidad de pájaros es abrumadora. Para confirmarlo, apenas llegamos nos dicen que está terminantemente prohibido meterse al agua. Además de yacarés, hay pirañas y varios tipos de peces que producen electricidad. El agua es notoriamente más clara que la del río Negro, de modo que es fácil ver qué anda por ahí abajo y sino, es cuestión de esperar unos instantes. Los peces saltan para cazar insectos, que acá sí hay, y muchos (la menor acidez en el agua no aleja los mosquitos, primer eslabón de una cadena alimentaria enorme). También hay murciélagos y avispas, pero a nadie parece preocuparle. Decidimos que a nosotras tampoco. Nos integramos al bioma durante los tres días de esta experiencia. Otra aventura, bastante más salvaje.

Acá sí cobran importancia los pantalones, las remeras manga larga, el repelente antes y después de vestirse, sobre todo cuando anuncian la primera trilha, comandada por Amarildo, un guía de 23 años de la comunidad de Caburini. Serán varias y cada una diferente a la anterior. Hay zonas en el que el verde y sus infinitas variables de tamaño, contextura y densidad le ganan al animal y otras en las que ellos son los protagonistas. Vale la pena invertir en binoculares ya que hacen la diferencia a la hora de encontrarse con guaribas rojo (mono aullador), monos capuchinos, macaco-de-cheiro (de olor), con perezosos, huellas de yaguareté (onça pintada para ellos), pájaros carpinteros, papagayos y uakarís, el mono cara colorada que le da nombre al lodge. Horas de caminata y navegación terminan por enseñarte a distinguir el jacareuba, árbol que sirve para hacer canoas del acaçu, que se usa para las construcciones flotantes, o del samauma, el más alto del Amazonas, cuya madera no es buena, por lo que dejaron de talarlo.

Un perezoso en la Reserva Natural Mamirauá.
Un perezoso en la Reserva Natural Mamirauá. Fuente: Lugares - Crédito: Sofía López Mañan

Navegamos de noche, vemos la puesta del sol sobre el lago Mamiraruá, conocemos la comunidad Vila Alencar en la que viven 19 familias de seis etnias distintas.

El asombro inicial deja lugar a la fascinación permanente frente a cada detalle, a cada nuevo descubrimiento. Una tarde en bote a remo hace experimentar el silencio más completo, en el que sólo los animales parecen respirar. Otra vez la luz, que combinada con la bruma de los amaneceres y atardeceres hace brillar el aire, vuelve diferente cada instante. Ni hablar si ese instante se completa con los pequeños sonidos que un mono -allá en lo alto- produce ensimismado al cascar una munguba, fruta que al romperse libera una especie de algodón que cae lentamente sobre el río. Parece un efecto visual especialmente montado para nosotros.

Cambiante, inabarcable, fuerte y frágil a la vez, es el mundo que depara esta Amazonía brasileña en la que uno no deja de sentirse extranjero en todos los sentidos posibles. La sensación es la de querer entrar apenas para espiar, sin que nuestra presencia se note y, mucho menos, deje alguna huella.

Si pensás viajar.

De febrero a mayo es la época de lluvias, junio a septiembre los meses de aguas altas, y octubre y noviembre, los más secos, de aguas bajas.

CÓMO LLEGAR

GOL. Ofrec un vuelo directo a Manaos por semana .

DÓNDE DORMIR

Boutique Hotel Casa Teatro. Rua 10 de Julho 632. T: +55-92 3633-8381. Este pequeño hotel (que está por ser ampliado) tiene una ubicación impecable, a media cuadra de la Plaza São Sebastiao y a una del Teatro Amazonas. Ideal para moverse por el corazón histórico de la ciudad a cualquier hora.

Villa Amazonia. Rua 10 de Julho 315. T: (+55-92) 3347-7832. A media cuadra del Teatro Amazonas, este hotel se propone como un refugio cálido, cómodo y elegante. Por un lado, la fachada, el ingreso y el restaurante tienen la impronta de una vieja casona restaurada y en el interior, en cambio, todo es modernidad. La piscina está enmarcada por un verde natural soñado. Excelente desayuno.

DÓNDE COMER

Caxiri. Rua 10 de Julho 495. T: (+55-92) 3304-8700. Este restaurante ubicado en el primer piso de un viejo edificio frente al Teatro Amazonas -la vista de noche es para la ovación- es uno de los más renombrados de la ciudad. Más allá de una carta con platos en los que el pescado y sabores amazónicos llevan las de ganar, tiene tragos imbatibles.

Bistró Fitz Carraldo. Rua 10 de Julho 315. T: +55-92 3347-7832. Es el restaurante del hotel Villa Amazônia, que acompaña con su carta la elegancia del lugar. Una buena opción es el lomo de pirarucú con pesto de castaña y puré de batata dulce o las costillas empanadas de tambaquí con risotto de camarón.

Tambaquí de banda.. Rua José Clemente 596. Ubicado justo frente al Teatro Amazonas, este pequeño restaurante es engañoso. Desde afuera no parece mucho más que una cantina, y puede ser que lo sea, pero con una calidad de platos amazónicos a la que es difícil hacerle sombra. Imperdibles: el caboclo enrolado y los bolinhos de pirarucú.

PASEOS Y EXCURSIONES

Encuentro de las aguas. Se puede ir a conocer este fenómeno natural en el que los ríos Solimões y Negro se encuentran, pero no se juntan, de varias maneras. Desde el puerto que está detrás del Mercado Municipal con propuestas de día completo, almuerzo y demás , o yendo directamente al Porto da Ceasa (que está mucho más cerca del encuentro en cuestión) y negociar con el dueño de algún bote un paseo más expeditivo.

Museo Seringal Vila Paraíso. Para llegar al Museo es necesario ir hasta la Marina do Davi que queda un poco más allá de la Praia Ponta Negra (la más concurrida de Manaos). El trayecto en taxi puede tomar 30 minutos, en bus, dos veces más. Una vez en la Marina es cuestión de esperar la próxima lancha colectivo que tiene al Museo entre sus paradas. Tras otra media hora se llega a la playa del Museo. El recorrido es largo, pero interesante.

Praia du tupé. Si bien es cierto que la playa más a mano de la ciudad de Manaos es Ponta Negra, bien vale la pena volver a la Marina do Davi para tomar otra lancha colectivo para ir a esta playa de arena blanca, aguas negras, cálidas y poca gente. Hay un par de chiringuitos que ofrecen peixe grelhado y guaraná bien frío. Hay que estar atento a los horarios de las lanchas porque te llevan a las 9 y a las 11 y te regresan a las 16 y a las 17. Praia full time.

Bar do Caldeira. Rua José Clemente 596 y Lobo D'Almada. T: +55-92 3234-6574. Para vivir la noche manausense como sólo ellos pueden hacerlo. Es un pequeño bar de rua, donde los fines de semana se toma cerveza, se come algún pincho y se baila samba y pagode, con músicos en vivo, hasta bien entrada la madrugada.

NOVO AIRÃO

DÓNDE DORMIR

Mirante do gavião, amazon lodge . Rua Francisco Cardoso, s/n Barrio Ntra Sra Auxiliadora, Novo Airão. T: (+55-92) 3365-1644. Ideal para descansar después de alguno de los recorridos por el Río Negro. Es una maravilla arquitectónica inspirada en el casco de un barco invertido. Pura madera, pura elegancia, pura calidez. Es de esos hoteles en los que no dan ganas de salir, ideal para descansar después de la expedición y disfrutar de los momentos vividos. Se ofrecen paquetes con pensión completa, paseos turísticos y transfer desde y hacia Manaos.

DÓNDE COMER

Flor do luar. Rua Presidente Getulio Vargas, Novo Airao. T: +55-92 9 9418-0865. A la orilla del Río Negro, muy cerca del puerto de Novo Airao, se encuentra este restaurante flotante, sencillo hasta la austeridad pero con una propuesta gastronómica que sorprende. El plus, tiene un pequeño muelle que se puede usar como trampolín al río, después del almuerzo.

PASEOS Y EXCURSIONES

Expedição Katerre . T: + 55-92 3365-1644. Propuestas de pequeños cruceros por el Río Negro que van desde los 4 y hasta los 8 días, siempre comenzando desde Novo Airao. De acuerdo al gusto y/o presupuesto de cada uno se pueden conocer distintos atractivos de la región a bordo de un crucero grande u otro más pequeño. Jacaré Acú, el de mayor tamaño, remonta el Río Negro hasta el Parque Nacional do Jaú. Son cinco días en esta embarcación que cuenta con ocho camarotes dobles, baño privado y todo incluído. El servicio también contempla el transfer desde y hacia Manaos.

TEFÉ

CÓMO LLEGAR

Azul. T: +54 11 5984 5178. Hay tres vuelos semanales (domingos, martes y viernes) que conectan Tefé con Manaos.

DÓNDE DORMIR

Uakari Lodge. Canal do lago Mamirauá. Reserva de Desarrollo Sustentable, Uarini. T: +55-97 3343-4160. Este lodge flotante forma parte, desde 1998, del programa de la Reserva de Desarrollo Sustentable Mamirauá, un área protegida de más de 1 millón de hectáreas, ubicada entre los ríos Solimões, Japurá y Auti-Paraná. Son 5 cabañas con dos habitaciones cada una que flotan sobre una suerte de muelle. Hay distintos programas con diferente cantidad de días y actividades.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?