Parar la máquina

Sergio Sinay
Sergio Sinay PARA LA NACION
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11 de marzo de 2018  

A partir de la Revolución Industrial, la tecnología irrumpió en el curso del devenir humano con una promesa. La de acortar los tiempos y las distancias, de manera que fuéramos más libres, que contáramos con más horas, días, semanas, meses y años a nuestro favor. Más tiempo, en fin, para la búsqueda, o la construcción de la felicidad. Aquella promesa tiene más de dos siglos. Y ahora nos encontramos conque no se cumplió.

En efecto, los tiempos y las distancias se acortaron, aun cuando las horas sigan teniendo 60 minutos y los kilómetros mil metros, dos cosas que ninguna tecnología podrá modificar. Procedimientos industriales y domésticos se abreviaron de manera dramática y prometen seguir haciéndolo. Las distancias que significaban meses de barco, carreta o barco insumen hoy horas de avión, y el auto amplió nuestros horizontes más allá de lo barrial. Pero resulta que no tenemos tiempo para nada, que corremos como hámsteres en la rueda sin llegar a algún lado, que nos quedan más cosas sin hacer que las que hicimos. Al abreviarse los tiempos y las distancias no se liberan horas o días a nuestro favor. En el mismo lapso en el que antes cumplíamos una tarea o visitábamos un lugar, ahora se multiplican las actividades y los destinos. El resultado es ansiedad, presión, agitación e insatisfacción.

El sociólogo alemán Hartmut Rosa lo llama alienación. En su ensayo Alienación y aceleración explica el fenómeno por el cual no se acelera el tiempo, sino nuestras acciones. Se toma la presión del tiempo como algo natural, que no admite discusión, y mucho menos cuestionamiento moral. Corremos para no perdernos oportunidades, para no quedar afuera de algo hacia lo que todos corren, para acumular experiencias que (¡oh, paradoja!) no tienen tiempo de transformarse en memoria y en sabiduría. El acortamiento de las distancias, dice Rosa, nos hace perder la noción de localización. Estamos en tantos lugares en tan poco tiempo que no sabemos en dónde estamos. La acumulación de actividades impide cualquier pausa que nos permita tomar contacto con nuestros procesos internos, sensaciones, emociones, necesidades profundas y trascendentes. No sabemos dónde estamos y, a menudo, quiénes somos. Eso, aunque no solo eso, es la alienación.

Parte esencial de este proceso se origina en la desbocada competitividad que la modernidad tardía (nuestra época) instaló como modelo de vida. Rosa muestra cómo competimos en nuestras actividades laborales y profesionales, en nuestra vida relacional (para mostrar la mejor pareja, los mejores hijos, el mejor grupo de amigos, la mejor familia), en lo social (la mejor casa, el mejor auto, los electrodomésticos más completos), en lo deportivo, en lo físico (la mejor dieta, la mejor silueta, los mejores músculos), en lo vivencial (los mejores viajes, las más divertidas vivencias). No competir encierra la amenaza de la exclusión, de quedar afuera, apunta el sociólogo. Y competir supone no tener tiempo, pasar epidérmicamente por los lugares, sin enraizar, y, además, hacer cosas que no quisiéramos (pero "debemos") hacer, en lugar de las que son verdaderas necesidades de nuestro ser. Eso corona la alienación.

Decía Groucho Marx que él dudaría de inscribirse en un club que lo aceptara como socio. Vale preguntar, en esa línea, si de verdad queremos y necesitamos competir para no quedar afuera de un modelo que no garantiza felicidad sino postergación de prioridades reales. En lugar de ser funcionales a la tecnología, acaso sea tiempo de ponerla de veras a nuestro favor. Es decir, a favor de una vida en la cual el tiempo del reloj y el del alma coincidan y sean brújulas en la búsqueda de sentido.

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