Reynaldo Bignone (1928-2018): el último rostro público de la dictadura militar

Bignone le pone la banda a Alfonsín, un momento histórico para el país
Bignone le pone la banda a Alfonsín, un momento histórico para el país Fuente: Archivo
Mariano De Vedia
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8 de marzo de 2018  

A los 90 años murió en el Hospital Militar el exgeneral Reynaldo Benito Antonio Bignone, el último presidente de facto que tuvo la Argentina y la última cara visible de la dictadura militar. Accedió a la presidencia el 1° de julio de 1982, tras el relevo del entonces teniente general Leopoldo Fortunato Galtieri, que había llevado al país a la Guerra de las Malvinas, en los tramos finales del proceso militar, y dejaba una pesada herencia en el plano institucional, político, económico y social.

Por su actuación previa, en sus destinos militares, Bignone recibió varias condenas por delitos de lesa humanidad, a raíz de la desaparición de personas y la apropiación ilegal de menores. En 2016, en una de las causas más resonantes, fue condenado a 20 años de prisión, como uno de los responsables del Plan Cóndor, que escondía una coordinación represiva entre las dictaduras militares del Cono Sur. Tuvo responsabilidad en casos de desaparecidos en el Hospital Posadas, donde funcionó un centro de detención

El año pasado sumó otra condena perpetua por crímenes cometidos entre 1976 y 1977 en el Colegio Militar, institución que dirigió a partir de diciembre de 1975. Desde ese lugar tuvo participación en el derrocamiento de María Estela Martínez de Perón, que estableció la dictadura de Jorge Rafael Videla. Su cuadro, al igual que el de Videla, fue retirado el 24 de marzo de 2004 por una orden del presidente Néstor Kirchner.

Por las sucesivas condenas fue dado de baja del Ejército y perdió el grado militar en octubre de 2014, por una resolución del entonces ministro de Defensa, Agustín Rossi.

Ya se encontraba retirado del Ejército cuando, luego del desastre de las Malvinas, la junta militar le encomendó encabezar la transición hacia la democracia. Le entregó el mando a Raúl Alfonsín, consagrado presidente constitucional en las elecciones de octubre de 1983.

Con la ingrata tarea de enterrar la gestión de sus camaradas de armas, a Bignone le tocó ponerle cierre a una de las etapas más negras de la historia política argentina. Su paso por la primera magistratura se pareció más a una fuga de las Fuerzas Armadas del poder que a una transición ordenada.

Signo de un clima de fin de época, su gestión incluyó quema de documentos y una apresurada ley de autoamnistía o pacificación, en septiembre de 1983, para intentar limpiar los excesos en la represión. Declaraba "extinguidas las acciones penales emergentes de los delitos cometidos con motivación o finalidad terrorista o subversiva" entre 1973 y 1982 y, tras la asunción del gobierno democrático, fue derogada.

También emitió el "Documento final sobre la lucha contra la subversión y el terrorismo", en el que declaraba que la existencia de personas desaparecidas era "una falsedad utilizada con fines políticos".

Bignone creó condiciones para adelantar el abandono del poder. Había recibido un gobierno -y un Ejército- derrotado física y moralmente y carente de toda posibilidad de recuperación.

Formado en el arma de Infantería, había nacido en Morón el 21 de enero de 1928. Secretario general del Ejército durante el gobierno de Videla, manejó buena parte de los contactos políticos del dictador. Tras el golpe, organizó y dirigió los centros de detención clandestinos que funcionaron en el Hospital Posadas, en La Matanza y en Campo de Mayo.

Disgustado con el entonces teniente general Roberto Viola -sucesor de Videla-, Bignone pasó a retiro a fines de 1981, con el grado de general de división. Lo fueron a buscar para suceder a Galtieri y encarar la última etapa del período militar. Gobernó con su compañero de promoción Cristino Nicolaides como jefe del Ejército, respondiendo a una junta militar ya debilitada.

Ya en su primer pronunciamiento, Bignone anunció el fin de la veda política y el llamado a elecciones, originalmente previstos para los primeros meses de 1984. Para entonces, los partidos y los sindicatos se animaban a ganar la calle y las restricciones impuestas por el Proceso comenzaban a diluirse.

Más allá de las condiciones políticas, la situación económica era extremadamente difícil, en medio de un marcado aislamiento internacional. Su gestión se desarrolló en un contexto de agitación y de masivas afiliaciones a partidos políticos, a la vez que se registraban cada vez más denuncias por desapariciones, se descubrían inhumaciones de cadáveres sin identificación y se conocían revelaciones de lo ocurrido durante la guerra del Atlántico Sur. Enfrentado a lo peor, Bignone adelantó el llamado a elecciones para octubre de l983 y, mientras tanto, ordenaba la destrucción de documentos.

La asunción de Bignone en 1982

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