Como los dictadores africanos, Evo Morales se aferra al poder

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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8 de marzo de 2018  • 01:32

Hace apenas dos años, el controvertido presidente boliviano, Evo Morales, convocó a un referendo para trata de dejar de lado el artículo 168 de la Constitución de Bolivia, en virtud del cual en ese país se limita expresamente la posibilidad de reelección presidencial a un solo período, de manera continua.

Calculó mal y -ante su sorpresa- lo perdió. El NO se impuso con el 51,3% de los votos, pese a la maquinaria oficial que, desde la cima misma del poder, impulsara fuertemente el SI.

En seis de los nueve Departamentos en los que está dividida Bolivia, el NO prevaleció. Morales sólo triunfó en otros tres: los de La Paz, Oruro y Cochabamba. En los departamentos de Tarija y del Beni, donde Evo Morales es y ha sido siempre resistido, el líder aimara no logró alcanzar un 40% de votos en su favor.

Pero a Evo Morales le importa realmente poco la voluntad de su pueblo y mucho la posibilidad de permanecer aferrado al poder sin límites temporales de ninguna especie. Acompañado de su poco democrático vicepresidente, el marxista comunal Álvaro García Linera, la eminencia gris de su gobierno. La cabeza pensante, entonces.

Por eso, el NO de las urnas, a las que concurrieron a votar más de cinco millones doscientos mil bolivianos, no ha detenido las ambiciones de poder de ambos personajes. Pese a que Evo Morales había afirmado que respetaría el NO, en al menos seis diferentes oportunidades públicas. Lo que, está claro, lo tiene sin mayor cuidado.

Curiosamente, hasta algunos políticos españoles de izquierda respaldan ahora abiertamente, pese a todo, a Evo Morales. Entre ellos, aparece el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero. Lo que es toda una inexplicable realidad, que no cabe silenciar.

¿Por qué podría Evo Morales, de pronto, salirse con la suya?

Sencillo, porque el Tribunal Constitucional Plurinacional de su país, ante la presentación de una "acción abstracta" por parte del partido de gobierno: el "Movimiento al Socialismo" (MAS), le dio sorpresivamente "vía libre" a una nueva candidatura. Lo hizo sobre la base que, de lo contrario, se estarían "violando sus derechos políticos bajo el Pacto de San José de Costa Rica".

Concretamente, se invoca el presunto derecho de Evo Morales "a la participación política irrestricta". Protegido teóricamente por el artículo 23 de la Convención Interamericana de Derechos Humanos. El Pacto de San José de Costa Rica tendría para el mencionado alto tribunal boliviano, en la llamada "pirámide jurídica", una "jerarquía normativa superior" a la de la Carta Magna boliviana y, por ello, no podría ser contradicho, ni directa, ni indirectamente.

Con ese argumento, obviamente debatible, por clara que sea, ninguna restricción constitucional de cualquier país que haya sido firmante del Pacto de San José de Costa Rica que no esté expresamente incluida en el referido Pacto tendría validez. Lo que es aberrante, toda vez que pretende transformar a algunas importantes restricciones constitucionales de los países de la región en apenas párrafos de "letra muerta", sin valor alguno.

Como consecuencia, se ha desatado en el país vecino una ola de marchas cívicas de protesta. No creemos que ellas tengan efecto político mayor alguno, más allá de confirmar que Evo Morales ya no tiene el sustento de la mayoría de sus propios conciudadanos, que alguna vez lo respaldaran.

Desde la OEA, el Secretario General de esa organización, el excanciller uruguayo Luis Almagro, instó a Evo Morales a respetar la decisión popular que dijo NO a sus ambiciones. Ese pedido encontrará oídos sordos, seguramente. Y el consejo transmitido no irá ninguna parte. Pero tuvo que ser hecho, puesto que es un deber para Luis Almagro, que alguna vez se sumara a los silencios cómplices de la región, cuando estaba en el gobierno de su propio país y hoy, cambiando de actitud, defiende desde la OEA a la democracia y a sus principios y valores centrales. Lo que es bien diferente.

Coincidentemente, el Partido Comunista Chino acaba de anunciar que está proponiendo eliminar la restricción constitucional que limita los mandatos presidenciales en su inmenso país a no más de dos términos consecutivos, de cinco años cada uno.

Desde hace rato ya, muchos sospechaban y sugerían que el presidente Xi Jinping -el líder chino más poderoso desde los años de Mao Zedong- estaba maniobrando, él también, en esa dirección: la de eternizarse en el poder.

No sólo por su carácter y estilo, de corte autoritario. También porque el hijo de uno de los fundadores del Partido Comunista Chino no señalaba, ni sugería siquiera, quién podría de pronto ser su sucesor, al final de su segundo mandato. En 2023, entonces.

Las fotos y retratos del presidente Xi Jinping aparecen por todas partes en el inmenso país oriental y, para muchos, su imagen personal es hoy más fuerte que la del propio Partido Comunista Chino.

Para lograr el objetivo anunciado, China deberá modificar su Constitución, por vez primera desde el 2004. Queda visto que no sólo Evo Morales pretende que la "alternancia" en el poder no es uno de los elementos esenciales de las democracias. Ante lo sucedido, los medios oficiales chinos han comenzado ya a calificar a la presidencia de Xi Jinping como "vitalicia", para envidia de Evo Morales. Y muchos a referirse sugestivamente a su presidente, llamándolo: "Papa Xi".

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