La agenda feminista, una oportunidad que Macri vio antes que el resto

Nicolás Cassese
Nicolás Cassese LA NACION
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8 de marzo de 2018  • 14:24

"A todas las mujeres les gustan los piropos, aunque sea 'que lindo culo que tenés'": la frase la dijo hace escasos cuatro años la misma persona que hoy está impulsando la agenda de género más progresista de la historia reciente de la Argentina. ¿Es Mauricio Macri un feminista tardío que exhibe el fervor de los conversos? ¿O lo suyo es puro cálculo político para esconder los problemas de su gestión?

Imposible saber qué comenta el Presidente sobre las mujeres y sus reclamos en el vestuario de la Quinta de Olivos, luego de los picados de fútbol con sus funcionarios hombres, tampoco es muy importante. Lo que es seguro es que su movimiento, sea táctico o basado en convicciones, parecería ser de pura ganancia política.

La agenda de género hace rato que se abre camino en la Argentina. Las marchas de NiUnaMenos y las redes sociales exhiben una agitación que empezó por los femicidios y siguió por el acoso callejero, las licencias parentales, la paridad salarial y ahora el aborto, entre otros temas. Y este movimiento atraviesa fronteras, partidos políticos, clases sociales y hasta géneros: los hombres que se le resisten son menos y cada vez hablan en voz más baja. Lo que este colectivo de reclamos no tenía era una voz en el poder real que lo impulsase. La pregunta entonces no es por qué lo tomó ahora Macri, es más bien cómo puede ser que ningún político de relevancia haya ocupado antes ese espacio.

No importan las razones

"No nos importa que Macri crea o no crea en la agenda de género, lo importante es que las medidas se hagan", ilustró una mujer que trabaja los temas en el Gobierno y que tiene más fervor feminista que macrista. Ella era optimista: el aborto es un caso aparte por las sensibilidades que atraviesa, pero el resto de los temas son un alfajor a la salida del colegio para cualquier político, una tentación irresistible. Populares, transversales y con costos políticos y fiscales bajos en relación a sus potenciales ganancias sociales y, sobre todo, electorales, representan una posibilidad de éxito más o menos rápido y seguro. Además, y esto es lo fundamental, se montan sobre problemas ciertos.

Como bien ilustra la excepcional nota de Evangelina Himitian y Soledad Vallejos publicada hoy en LA NACION, la desigualdad tiene cifras muy elocuentes. El extremo de la violencia son los femicidios, en la Argentina hay uno cada 30 horas y en el 82% de los casos el agresor es la pareja o ex pareja de la víctima, pero antes sufren acoso callejero, sobrecarga laboral y estrés.

El trabajo, ese gran ordenador de la vida en sociedad, es el principal escenario de discriminación. Las mujeres hoy ganan un 33% menos que los hombres y su participación en el mercado laboral creció, pero también la brecha salarial entre los géneros. "No podemos permitir que una mujer gane menos que un hombre, no tiene sentido, no tiene explicación", dijo hoy Macri al presentar sus políticas de género.

Es probable que el Presidente tenga razón en que esta diferencia carece de sentido, pero sí tiene explicación, lo cual no quiere decir que sea correcto y que no haya que cambiarlo. Según un estudio realizado por la consultora Korn Ferry y publicado por el semanario The Economist con datos de 25 países, entre los que no está la Argentina, las mujeres y los hombres arrancan sus carreras laborales con salarios similares, pero los de las mujeres se estancan, mientras que los de los hombres crecen a medida que ganan en experiencia y jerarquía.

Más hijos, menos salario

¿La razón? Los hijos. Según el mismo estudio, el 75% de las mujeres dice que limitó su crecimiento laboral cuando fueron madres, mientras que solo el 37% de los padres hizo mismo. Un cálculo reciente estimó en 10% la pérdida salarial por hijo de las mujeres más instruidas en Estados Unidos. Y esto no es naturaleza, es cultura. Salvo los meses finales del embarazo y los primeros de la lactancia, las capacidades de crianza de niños no tienen género, aunque sí tradiciones ancestrales que se repiten, asignando ese rol a las mujeres.

La prueba de que estas desigualdades no están en los genes y son reversibles son, una vez más, los países nórdicos. Islandia, Suecia, Noruega y Finlandia encabezan el ránking de países con mayor paridad salarial entre géneros y también tienen los acuerdos más progresistas en materia de licencias familiares. En lugar de otorgar tres meses a las madres y ¡dos días! a los padres, como la Argentina, estos países asignan una cantidad de días que pueden ser aprovechados, según la decisión de cada pareja, por la madre o el padre. De este modo, se desarma el argumento de que las mujeres tienen un costo laboral para las empresas más elevado que los hombres. Algo similar ocurre con los empleados públicos en Tierra del Fuego, será que el frío genera paridad de género.

Mientras tanto, en el resto de la Argentina hay pocos avances concretos, pero mucho ruido. ¿Estaremos ante un inicio de una revolución en los derechos de las mujeres como alguna vez ocurrió con otros colectivos raciales o sexuales que sufrían opresión? En The Tipping Point (mal traducido en la Argentina como La Clave del Éxito), Malcolm Gladwell , un escritor de Estados Unidos, narra el momento donde una tendencia minoritaria y subterránea de golpe se vuelve masiva. Dice que estos puntos de quiebre son como epidemias: contagiosas, disparadas por eventos en apariencia pequeños que escalan, y con cambios que no son graduales, son dramáticos. Los acontecimientos de los últimas semanas apuntan a que la Argentina podría estar en el inicio de algo parecido. Habrá que esperar y ver.

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