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Reprobé el examen: todavía soy machista

Carlos M. Reymundo Roberts
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8 de marzo de 2018  • 15:54

Mi homenaje al 8M fue examinarme, por primera vez en mi vida, sobre los niveles de machismo en sangre.

Adherí a la impresionante movida de hoy -digo que adherí: no fui un activista, no licencié a mi mujer, no lavé los platos, no les mandé un WhatAapp de felicitación a mis hijas, no salí con carteles a la calle- porque me parece una causa justa. Justa y necesaria. Justa, necesaria y urgente.

Al principio miré la cosa con cierto desdén, llevado por la pulsión -machista, qué duda cabe- de pensar que podría haber salido de la factoría de esas mujeres con un feminismo tan radical que termina siendo piantavotos. El estereotipo que tengo formado de ese tipo de mujer es horrible, debo admitir: ideologizada in extremis, antisistema, activista a sueldo vaya a saber de quién, patológicamente inconformista, misándrica, androfóbica.

Pero con el correr de las horas y los días, a medida que iba leyendo y enterándome, el 8M empezó a caerme simpático, primero, y a generarme entusiasmo y adhesión, después. Aunque todavía me incomoden ciertas feministas y odie los cupos porque me parece que son una forma de minusvalorarlas, el feminismo entendido como reivindicación del género mujer, el feminismo que nos enseña a respetarlas, quererlas, a pagarles lo que les corresponde, a reconocerles el lugar que se merecen en todos los ámbitos; el feminismo que me lleva a pensar en la dimensión inconmensurable que tienen en mi vida mi madre, mis hermanas, mi mujer, mis hijas, las colegas con las que trabajo, ese feminismo me tiene definitivamente entre sus filas.

La buena noticia es que la causa del 8M va a triunfar; indefectiblemente. La mala noticia es que no va a ser rápido. Deberán pasar varias generaciones.

Hoy a la mañana, mientras recorría desde muy temprano el desarrollo del 8M en el mundo, en un momento me dio por preguntarme: y por casa cómo andamos; cuánto gen machista pulula por mis cromosomas; cuánta cultura de desatención o menosprecio de la mujer anido todavía. Para esa autoevaluación me ayudó una suerte de test que propone el diario El País, de Madrid, sobre "micromachismos": pequeños gestos, actitudes o comentarios que son, seguramente sin que nos demos cuenta, discriminatorios respecto de ellas. Algunos ejemplos: a un amigo que se quedó cuidando los chicos le pregunto, "¿hoy te dejaron de niñera?"; ¿le explico algo a una mujer solo porque es mujer?; ¿digo que "ayudo" a mi mujer en las tareas del hogar, como asumiendo que es trabajo que no me corresponde? ¿Trabajo en un centro público destinado a mujeres y he puesto únicamente revistas de moda en la sala de espera? El test incluye 40 micromachismos (algunos un tanto exagerados, a mi gusto, como plantear que si organizo un partido de fútbol también tengo que invitar a mujeres), y debo confiar que salí reprobado. Muy reprobado. Por caso, aprendí que si nos referimos a la lucha por la igualdad de géneros no hay que hablar de "las feministas", en femenino, porque no es una lucha que solo incumbe a las mujeres; así, hablar de "las feministas" puede ser machista. Plop.

Consuelo de tontos: creo que pocos hombres aprobarían este examen.

Después de mi trabajo de instrospección saqué dos conclusiones. Digamos, tengo dos noticias, una buena y una mala. La buena es que la causa del 8M va a triunfar; indefectiblemente, va a triunfar, porque así lo indican la tendencia y la naturaleza de las cosas. La mala noticia es que no va a ser rápido. Deberán pasar varias generaciones.

Por de pronto, doy un pequeño paso: pondré esta columna a consideración de una editora.

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