Numen: ceremonia mística de movimientos esenciales

Néstor Tirri
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9 de marzo de 2018  

Numen / Nuestra opinión: muy bueno / Coreografía: Oscar Araiz / Música: Arvo Pärt / Vestuario: Renata Schussheim. Por la Compañía 2018 / Dirección: Oscar Araiz. Hasta Trilce, Maza 177; domingos, a las 21, hasta el 6 de mayo.

No se sabe de dónde vienen. Tampoco, por qué vienen, pero un impulso desesperado catapulta, desde un exterior iluminado, a estos siete seres que recalan en un espacio casi en penumbras. Allí, durante casi una hora, desplegarán una peripecia corporal y espiritual signada por el despojamiento. Es la apariencia fenoménica de Numen, propuesta con la que Oscar Araiz ya había sorprendido en 1991, cuando "sacó" de los grandes escenarios del Teatro San Martín a una parte del elenco del Ballet Contemporáneo que él dirigía para experimentar en una pequeña sala de San Telmo un lenguaje intenso, libre y concentrado, con códigos radicales de danza contemporánea, como poco antes lo había hecho en la Sala Martín Coronado, si bien con más formalidad coreográfica, con la excelsa Stelle, otro de los grandes aportes de este creador a la danza actual.

Numen regresa ahora con un grupo que parecería trasuntar metafóricamente una amarga realidad. Porque estos intérpretes, despojados y en busca de refugio, sí saben de dónde vienen: son los ex integrantes del Grupo de la Unsam que se quedaron sin compañía y que ahora se presentan bajo el rótulo coyuntural de "Compañía 2018". En este ámbito, parecido al Purgatorio, tantean en las tinieblas, reptan, trepan por las paredes, se agrupan, a veces bailan en ronda.

Se advierten leves aggiornamenti en los rasgos aparentemente "antiestructurales" de la propuesta, pero lo esencial permanece. Como un solo de gran exigencia, interpretado por Magalí Brey casi sin desplazamiento y con extraordinaria fuerza expresiva, así como un dúo, en el que ambos intérpretes (Martín Machín y Verónica Bozzano) procuran albergar en los huecos de sus respectivos cuerpos las formas del otro.

Como en una liturgia medieval, el ascetismo de la indumentaria de los oficiantes (gran acierto en los diseños de Renata Schussheim, en tonos oscuros en telas de motivos diversificados) contrasta -o coincide, según se lo mire- con las reminiscencias góticas de las armonías de Arvo Pärt, un compositor cuyas resonancias corales conducen casi inevitablemente a una proyección mística.

Como una suerte de contrapartida del exultante quinteto femenino de Cantares (otra de las obras de cámara del coreógrafo), en esta pieza comparece apenas un septeto, compuesto por hombres y mujeres y, sin embargo, cuando el ámbito de Numen se va extinguiendo en un elocuente fade out de luz, queda la sensación de haber asistido al final de una gran ceremonia grupal de clausura, de recogimiento y de purificación. Sorprende la visión que Araiz -uno de los más talentosos y prolíficos coreógrafos de América latina- logró plasmar hace casi tres décadas y que reaparece, renovada, en su trascendente espiritualidad expresiva.

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