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Las amargas lágrimas de Petra von Kant: brisas poéticas que acarician nostalgias

Juan Carlos Fontana
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9 de marzo de 2018  

Nuestra opinión: muy buena / Autor: Rainer Werner Fassbinder / Intérpretes: Muriel Santa Ana, Belén Blanco, Marita Ballesteros, Dolores Ocampo, Miriam Odorico y Victoria Gil Gaertner / Vestuario: Renata Schussheim / Escenografía: Graciela Galán / Luces: Eli Sirlin / Diseño corporal y de movimiento: Roxana Grinstein / Musicalización y diseño sonoro: Carmen Baliero / Sala: Teatro San Martín / Duración: 80 minutos

Cuestión de cábala o no. Rainer Werner Fassbinder tenía 36 años cuando murió en Munich, en 1982. Y a 36 años de esa pérdida irreparable para el nuevo cine alemán, se rescató del olvido esta pieza emblemática del autor, que tuvo una versión anterior en Buenos Aires, a mediados de los años 80 y por la que Alicia Aller ganó el premio Molière.

En 1972, Fassbinder trasladó al cine con inusitada estética formal, ese texto escrito primero para el teatro, que refiere a una historia de opresión y sometimiento entre distintas clases sociales, como un reflejo de esa Alemania que el artista siempre cuestionó y consideró políticamente incorrecta a través de sus obras.

Si bien la pieza también sostuvo su fama a partir de la relación lésbica entre Petra, famosa diseñadora de modas, y Karin, una joven proveniente de un hogar de clase obrera, ese no es su tema principal, aunque es el que más impacta al espectador.

Las lágrimas? es una obra netamente política, que a través de sus personajes deja al desnudo el comportamiento de una familia, en el que los hombres están ausentes, pero conservan su omnipresencia a partir de las huellas de abuso, con las que han dejado marcado a este núcleo femenino integrado por Petra, su amiga Sidonie, quien le presenta a la postulante a modelo Karin; Marlene, su sirvienta muda, que es víctima y testigo de los perversos arrebatos de humillación de la dueña de casa; la madre de Petra y Gaby, la pequeña hija de la diseñadora a la que educa en un colegio privado.

Si el film de Fassbinder transcurre prácticamente en un único espacio, una casa en Bremen, poblada por un gran mural y manequíes blancos; la escenografía de Graciela Galán propone un dispositivo como si fuera un gran dormitorio vidriado de tres caras, en las que de un lado se ubican las intérpretes y en el otro el público, que asume inevitablemente el papel de voyeur de estos desdichados personajes vestidos en claro color rojo, con excepción de la sirvienta que lleva ropa más oscura.

La puesta en escena de Leonor Manso propone un diálogo creativo intenso y muy efectivo con la película de Fassbinder. Sin traicionar el original, ilumina su contenido convirtiendo a la historia en un gran sueño casi pesadillesco de la protagonista, una Muriel Santa Ana, que deja evolucionar su personaje a partir de una vertiente del melodrama, con leves rasgos expresionistas y concluye en un lirismo poético, exquisitamente diseñado en movimientos por Manso y Roxana Grinstein, que recuerdan a un desaforado Lindsay Kemp.

De este admirable equipo femenino que da vida a la pieza, coincidieron en acertado contrapunto escénico el vestuario de Renata Schussheim, la iluminación de Eli Sirlin y la música de Carmen Baliero. De Belén Blanco se admira su extrema ductilidad para dejar que los silencios dejen paso a la acción premeditada de su Karin, el personaje más actual en su pragmatismo dentro de esta ecuación femenina, que sabe adaptarse con libertad a las circunstancias que más le atañen. Miriam Odorico impacta a través de la mirada y la sutileza de sus gestos, ubicados siempre en un segundo plano. Dolores Ocampo, Marita Ballesteros y Victoria Gil Gaertner se suman con grandes logros al rescate de este Fassbinder, con vitales brisas poéticas que acercan la nostalgia de autores como Jean Genet, Jean Cocteau y Henrik Ibsen.

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