Juan Guilera: "Hay que abrazar el dolor porque todo pasa"

Crédito: Mariana Roveda. Producción de Natalia Señorales

Sus pasiones eran la escritura y la pintura, hasta que empezó a actuar. Sensible hasta la médula, también hace mosaiquismo y estudia astrología. ¿Nos hará la carta astral?

11 de marzo de 2018  • 00:50

¿Cuándo surgió tu pasión por la pintura?

Cuando era chico era inevitable hacer arte porque siempre fui muy sensible y si no sacás afuera lo que sentís, no sabés qué hacer con eso. También escribo desde que era chiquito. Lo hacía más en forma de diario personal. No había versos, no era ficción, era sin estructura. La pintura llegó en la adolescencia, un poco de ver a mis papás dibujando –los dos arquitectos–, cuando todavía no usaban la computadora.

Así como en el arte, nosotros también tenemos claroscuros; zonas más luminosas y otras más oscuras. ¿Cuáles son las tuyas?

La oscuridad vino por la tristeza de la muerte de mi papá, me estaba por casar y no lo hice (con la actriz y modelo Paula Morales) y perdí un laburo. Empecé a salir un montón, como si la noche me distrajera, y, por momentos, la noche puede ser oscura. Es como tener unas gafas para no hacer contacto pero sabiendo lo que está pasando. Ya quedó atrás. Creo que la oscuridad, de alguna manera, le da sentido a la luz. Por eso estoy en paz con la oscuridad de la vida.

¿Y qué es lo que te da luz?

Mis sobrinos. Me siento lejos de ser padre..., pero no sabía que mis sobrinos me iban a cambiar tanto. Son mi fuente de renovación. Supongo que es como el amor de tener un hijo, pero sin la responsabilidad de ser padre. Si hablamos desde algo más individual, hacer deporte me renueva la energía y nunca dejar de pelear por lo que quiero. Mientras hagas lo que sentís que viniste a hacer a este mundo, vas a tener tu luz y no se va a apagar.

Escritor, artista..., ¿cuándo llegó el actor?

Siempre supe que iba a ser artista, pero no me imaginaba que iba a terminar siendo actor. Cuando escribís o pintás, lo hacés encerrado, entre cuatro paredes, en la intimidad. Nadie te ve y, si no querés, no lo mostrás. Tengo cuadernos escritos que no los ve nadie. El trabajo como actor empezó como una necesidad económica. Fui al casting de Rebelde Way y nunca pensé que iba a quedar. Me re copó. Ahí empecé a tomar clases de teatro. Me empecé a sentir más seguro y lo que más me flasheó fue que me conocí un montón. Descubrí mi cuerpo y mi vida como instrumentos de trabajo. Lo otro fue quedando más como un hobbie, más personal y más por la necesidad de hacer arte conectado con el cosmos y no de responder a un director, un público o una prensa que juzga.

¿Te gusta ser mirado?

Tendría que preguntarle a mi inconsciente. Sé que estoy obsesionado con los ojos y que al principio de mi carrera me asustaron. Hoy tengo otro temple. Dejé de dibujar tantos ojos. Antes hablaba por teléfono y me veías dibujar un ojo en una servilleta, sin pensarlo. En este momento estoy haciendo mosaiquismo, unas mesas que me encantan. Es un trabajo re virginiano, todo meticuloso. Me lleva mucho tiempo, pero me gusta. También me gusta arreglar cosas, la electricidad... Soy un poco plomero.

¿Te copa la astrología?

En mi búsqueda espiritual, leí mucho sobre hinduismo. Después continué con el chamanismo, hasta que arranqué con la astrología. Encontré las mismas respuestas a las que había llegado en mi búsqueda, pero ahora tengo herramientas técnicas para entender a los demás desde otra perspectiva. Es algo más concreto que puede ayudar a alguien. Te puedo entender y acompañar desde una charla. Aún no soy astrólogo. Son cuatro años de estudio y este año arranco el tercero.

Decís que tenés tatuado un dragón, pero, a simple vista...

¡Parece un saquito de té! Es la constelación del Draco que se ve en el hemisferio norte. La idea surgió porque, cuando hice el curso de iniciación al chamanismo, lo primero que te toca –a través de un ejercicio guiado por el chamán– es descubrir tu animal de poder, que es similar al ángel de la guarda del cristianismo. Yo vi un dragón blanco. Era como Falkor, de La historia sin fin, pero con alas. Lo que pasó fue un flash y sentí que quería tatuármelo. Como estaba muy quemado el tatuaje del dragón tradicional, y a mí me gusta ser original, me tatué este.

Tuviste relaciones de pareja largas, numerosas temporadas de teatro como con Chicos católicos o trabajos menos extensos pero muy intensos. ¿Cómo manejás esos finales o ese bajón cuando algo se termina?

Los cierres son mi materia. Vine a aprender que todo termina y muere, y esa energía nace de otra forma. No solo del cuerpo humano; también de una relación para poder pasar a otra, por ejemplo. No morís con el dolor. Lo mejor es dejar que la herida cale en uno y después sentir cada agujita que te va cosiendo. El dolor hay que abrazarlo porque todo pasa.

Maquilló Ania para Sebastián Correa. Agradecemos a Bolivia y Converse por su colaboración en esta nota.

También te mostramos ¿Cuántos hombres necesitás en tu vida?

TEMAS EN ESTA NOTA