Krystian Zimerman

Pablo Gianera
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9 de marzo de 2018  

Schubert: Sonata para piano en la mayor D. 959 y Sonata para piano en si bemol mayor, D. 960. (Deutsche Grammophon/Univesal)

Wilhelm Kempff, el primero en grabar la integral de Schubert, decía que las tres últimas sonatas eran un libro cerrado con siete sellos. Algo de eso habrá sentido Krystian Zimerman, según él mismo lo dice: "El día que cumplí 60 años pensé que había llegado el momento de tomar el valor para estas obras". Finalmente, se decidió por las dos últimas. La Sonata en si bemol es verdadero "canto de cisne", pero, como señala Alfred Brendel, las despedidas no se componen necesariamente con un pie en la tumba. Zimerman dosifica la resignación de los dos primeros movimientos con la rara luz del Allegro del final, que en sus manos es casi una transfiguración. No omite las repeticiones y el viaje es entonces siempre el mismo y siempre distinto. No se asoma al abismo, como le gustaba hacer a Sviatoslav Richter, pero lleva la tensión al límite.

En la Sonata en la mayor, Zimerman parece en cambio precipitado, casi apurado, y el arrebato nubla las preparaciones motívicas y armónicas tan típicas de Schubert. Incluso la desolación del Andantino se vuelve mecánica. El de Zimerman es un Schubert un poco extrañado, esquivo.

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