En busca del otro mágico

Fabiana Fondevila
Fabiana Fondevila PARA LA NACION
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14 de marzo de 2018  • 00:38

Para los que crecimos junto a Mafalda, hay un nombre que es casi un arquetipo: Susanita. Aunque se trate de un personaje, evoca en quien lo escucha imágenes, ideas y emociones que trascienden aquella amada tira de historieta. Por supuesto, primero viene a la mente la niña de cabellera rubia y globosa, antipática en su altanería y desinterés por lo social (que sacaba chispas a su amiga), y su anhelo por casarse con un hombre de buena posición, tener muchos hijos y jugar al bridge con las damas de la alta sociedad.

Pero, si nos despegamos por un momento de los detalles de la ficción, y miramos más profundo, podremos reconocer en Susanita un patrón inquietantemente familiar. ¿Quién no ha deseado, en algún momento, que viniera alguien (un príncipe azul, un superhéroe, una princesa dotada de toda belleza y bondad) a asegurarnos un futuro de felicidad, prosperidad y salvación de todas las penas?

Quizás parezca un anacronismo, y el colmo de lo políticamente incorrecto, pero podríamos pensar que, tanto en hombres como en mujeres, debajo de nuestra arduamente conquistada autonomía, se expresa todavía, por momentos, el deseo de que alguien se haga cargo de nosotros y satisfaga, de una vez y para siempre, nuestras necesidades físicas, emocionales y espirituales. El analista junguiano James Hollis le pone un nombre a esta fantasía: el "otro mágico".

¿Por qué este deseo? Por un lado, porque hasta bien avanzada la vida (quizás, hasta el final), habita en nosotros un niño que guarda todavía las huellas de las heridas de la infancia. No hablamos necesariamente de maltratos graves ni tragedias, sino de la inevitable desilusión que acontece cuando nos enteramos, por primera vez, que no somos omnipotentes, que nuestros padres son fallidos y no pueden protegernos de todo, ni darnos todo lo que necesitamos, que nosotros mismos muchas veces no logramos estar a altura de nuestras propias expectativas.

Vamos llevando esta herida como podemos. Algunas vivencias e interacciones ayudan a sanarla, otras la profundizan y perpetúan. Pero en algún lugar la herida permanece, junto a la ilusión de que alguien pueda rescatarnos de las emociones difíciles que esa pena (en cualquiera de sus reapariciones) nos provoca.

Para peor, la fantasía del otro mágico es abonada a diario por una cultura -musical, mediática, cinematográfica- que pone al amor romántico en un pedestal que se lleva todas las miradas, todos los anhelos, todas las aspiraciones; un lugar que alguna vez supieron ocupar el mito, la religión, la espiritualidad. En otras palabras, la guía, la noción de pertenencia y el sentido profundo que solían procurarnos estos otros ámbitos hoy se concentran, en cierta medida, en la búsqueda de un otro que nos colme.

Dice Hollis: "Dada la erosión de los mitos tribales, que alguna vez ayudaron a conectarnos con los dioses, la naturaleza, la tribu y nosotros mismos, el amor romántico puede ser la región primaria de hambre existencial en nuestro siglo. Uno hasta podría sugerir que el amor romántico ha reemplazado a la religión institucionalizada como el motivo mayor de poder e influencia en nuestras vidas".

En los casos más extremos, esta idea de ser "salvados por el amor" propicia en forma tácita e indirecta la violencia de género. Por un lado, hace que algunos hombres (influidos por la cosmovisión machista) busquen erigir su hombría y autoestima sobre la veneración y obediencia de una mujer, y por el otro, lleva a algunas mujeres a ceder su autonomía a cambio de un "amparo" que es, en verdad, una celda disfrazada.

Pero aún sin mediar violencia alguna, como es el caso de la mayoría, esta forma de entender y vivir el amor es causa de enorme sufrimiento. Veamos por qué.

Del amor ciego al amor maduro

En su etapa inicial, el amor romántico se alimenta de la proyección. Esto significa que depositamos en el otro cualidades, virtudes y facetas que forman parte de nuestro imaginario, nuestra sombra y nuestro acervo de dones no descubiertos. A esto alude la sabiduría popular cuando afirma que "el amor es ciego": no ve lo que tiene delante, sino solo lo que quiere o puede ver.

El derrumbe al que está destinada toda proyección es una dura prueba para las parejas. La primera vez que el otro se muestra como un simple mortal, y no como ese ser deslumbrante que creíamos haber encontrado, muchos ceden a la tentación de salir corriendo, para probar suerte en otro lado. Esta desilusión es, para muchos, la primera y la última, porque no se dan la chance de ver qué bondades pueden esperar del otro lado del coraje de sobrellevarla.

La analista Marie-Louise Von Franz describe cinco etapas de la proyección: 1. Primero, estamos convencidos de que la experiencia interior (inconsciente) es en verdad exterior. 2. Llega el reconocimiento gradual de la discrepancia entre la realidad y la imagen proyectada (es el momento del "desenamoramiento"). 3. Nos vemos obligados a registrar esta discrepancia conscientemente. 4. Concluimos que nos equivocamos en nuestra primera apreciación. 5. Al fin, comenzamos a buscar el origen de esa energía proyectada en nosotros mismos. Y ahí es cuando empieza lo interesante: el desafío del autodescubrimiento, la fortaleza y la maduración.

"La vida tiene una forma de disolver las proyecciones y uno debe, en la desilusión y la desolación, comenzar a asumir responsabilidad por la propia satisfacción -dice Hollis-. No hay nadie ahí afuera que pueda salvarnos, cuidarnos, sanar nuestras heridas. Pero hay una muy buena persona en nuestro interior, a la que apenas conocemos, que está dispuesta a ser nuestra compañera constante. Solo cuando uno ha reconocido el derrumbe de las esperanzas y expectativas de la infancia y aceptado la responsabilidad de hallar el sentido por uno mismo, la segunda adultez puede comenzar."

Una pregunta puede ayudar a gatillar el proceso y propiciar el cambio: ¿qué estoy pidiéndole al Otro que debiera estar proveyéndome a mí mismo? Si le estoy pidiendo que refuerce mi autoestima, que me cuide como a un niño/a, o que me evite la duda, el esfuerzo y el temor de transitar mi propio camino, estoy abdicando la tarea más importante que la vida me propone.

¿Cómo es un amor sin proyecciones, cegueras ni otros mágicos salvadores? En tanto este estado pueda alcanzarse, al menos parcialmente, el vínculo pasa a ser como un baile de ofrendas mutuas: dos individuos sosteniéndose en sus propios pies, amándose en sus diferencias, sin pedirle al otro que cumpla más expectativas que la de fiel a su propia esencia.

En cuanto a la nena de los rulos rubios, podemos darnos el gusto de fantasear: de haber sido un ser de carne y hueso, ¿habría logrado comer perdices con ese marido perfecto que tanto anhelaba conquistar? Sin duda, el paraíso de celuloide habría durado lo que toda película. Pero apostemos por ella, y pensemos que -a la larga, quizás- habría logrado mirar más hondo al mortal que roncaba a su lado, y habría entendido que lo mejor que él tenía para ofrecerle era su amor, esa gracia capaz de ayudarnos a alumbrar la mejor versión de nosotros mismos. De haber sido así, su mejor amiga, la pequeña militante de la esperanza, hubiera suspirado de alivio, y echado votos a favor del mundo.

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