Las mujeres de mi familia y los asuntos funerarios

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
En la entrada de los cementerios elegir las flores nos llevaba un buen rato
En la entrada de los cementerios elegir las flores nos llevaba un buen rato
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8 de marzo de 2018  • 21:15

En la familia casi siempre fueron las mujeres las que se ocuparon de los asuntos funerarios. Con mi abuela materna, ella vestida de luto estricto, visitábamos los cementerios de Morón y de General Villegas, donde estaban las tumbas de algunos de sus antepasados, personas a las que no había tenido el placer de conocer y que habían realizado acciones extraordinarias, entre ellas emigrar desde pueblos del sudeste del Mediterráneo hasta una ciudad fundada a orillas de un río amplio como el mar.

En la entrada de los cementerios, bajo el peso inclemente del sol en verano y con las manos heladas por las tardes del invierno suburbano, elegir las flores nos llevaba un buen rato. Varios vendedores en puestos pintados de verde acomodaban la mercadería, rociaban las flores y se secaban las manos en delantales enormes. Comprar flores no era una tarea sencilla; además del cuidado del dinero, que nunca sobraba, había que respetar los gustos personales. Si bien ella sola se tomaba el trabajo de "pichulear", los dos demorábamos para elegir las que parecían más frescas, atractivas y perdurables (esto último era solo una cuestión de fe). Los muertos tenían derecho a la belleza en el más allá y el recuerdo de los vivos tomaba la forma de un ramo decorado con helechos vaporosos como tules.

Como había un jardín en la casa que alquilábamos, muchas veces llegábamos con nuestro propio ramo. Las calas, según mi abuela, eran las flores favoritas de los muertos. En México se las llama alcatraces y en Brasil, flor de pato. No debíamos masticarlas ni mucho menos cortarlas para jugar con las flores como si fueran antenas, rifles o criaturas con escote. Valían oro en el mercado multicolor del cementerio bonaerense. Viajaban con nosotros en los colectivos polvorientos de la Línea 97 cuya terminal, de manera algo inquietante, estaba ubicada a la vera de la necrópolis. "Los muertos mendigan un haz de luz", arriesga en un poema Diego Roel. Eso eran las flores.

Durante años, jamás visité la tumba de un ser querido sin que estuviera acompañado de una abuela, tías, mi madre o alguna de mis primas. La "visita" al cementerio, como se decía entonces, se organizaba con anticipación y faltar a la cita equivalía a exponerse a un sermón o, peor todavía, a recriminaciones mudas.

En el campo, en cambio, una vez por mes se planeaba una especie de expedición para llegar hasta al camposanto. Si la noche anterior había llovido torrencialmente, el viaje se postergaba porque el río traería mucha agua. Pero si las lluvias continuaban noche a noche, se apelaba al recurso del tractor. Se enganchaba un tráiler al vehículo y, con mi primo mayor al volante, cruzábamos con lentitud tierras ajenas. Estratégicamente, el cementerio estaba situado al lado de la parroquia.

Los más chicos nos entreteníamos con los nidos de avispas caídos en los senderos. Al parecer, los insectos se habían mudado. Alzábamos la vista. También volaban cientos de mariposas (sobre todo si había llovido la noche anterior) y pájaros. No había puestos de flores en Río Seco, así que nos arreglábamos con las flores de la casa y otras silvestres que crecían entre las tumbas. Fascinados y aterrados, observábamos con tristeza las fotos de niños como nosotros en las lápidas. Quizás aquellas visitas eran lecciones secretas sobre la fugacidad de la vida.

A la hora del almuerzo, bajábamos al río. Comer entre las tumbas estaba prohibido por las mujeres de la familia. En esas situaciones, los hombres tendían a comportarse como si fueran más niños que los niños. No sabían limpiar un florero ni dónde arrojar las flores secas que habían quedado de la visita anterior ni, mucho menos, mantenerse en silencio. Se apoyaban en los ángeles de yeso con la mirada vacía. Los fumadores fumaban y tosían.

"Madre,/ ahora escucho el susurro de las alas de los ángeles,/ el parto repentino del lenguaje", se lee en otro poema de Shibólet, el libro de Roel publicado por Griselda García Editora. El nacimiento, las mujeres y el murmullo del lenguaje iluminaban en aquellas ceremonias una dimensión inesperada de la muerte: morir era una forma radical del exilio.

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