Un giro peligroso que amenaza sus propias alianzas políticas

Rafael Mathus Ruiz
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9 de marzo de 2018  

WASHINGTON.- La decisión de Donald Trump de imponer aranceles a las importaciones de acero y aluminio marca un quiebre histórico de Estados Unidos a favor del nacionalismo y el proteccionismo, a riesgo no solo de una guerra comercial con aliados y rivales, sino, también, de corroer sus alianzas políticas.

"Es un giro enorme", dijo el historiador Julian Zelizer, de la Universidad Princeton. "Desde 1934, en general, ha habido un consenso bipartidista sobre el libre comercio con pequeños desvíos. Esto es un golpe significativo, si es que el presidente lo cumple, y el Congreso lo acepta", agregó.

El histórico quiebre fue más notable aún porque surgió de la pluma de un presidente republicano, el mismo día de la rúbrica en Chile del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, según sus siglas en inglés), el tercer pacto económico más grande del mundo, al que Trump le dio la espalda.

"Es una ruptura total con la visión republicana tradicional del libre comercio global", apuntó Mónica de Bolle, del Instituto Peterson de Economía Internacional.

Ninguna de las medidas económicas propuestas por Trump desató el rechazo de sus aranceles al aluminio y el acero. Rivales y aliados amenazaron con represalias. MillerCoors, la segunda cervecera del país, advirtió sobre subas de precios. Más de 100 congresistas republicanos le enviaron una carta para expresar su "profunda preocupación". Los dos líderes del Congreso, Paul Ryan y Mitch McConnell, se opusieron. La poderosa Cámara de Comercio, cuartel del establishment empresario, dijo que dañaría a la economía y alienaría a aliados.

La Fundación Heritage, un think-tank ultraliberal que ha respaldado casi todo lo que Trump hizo en el gobierno, alertó que "los perdedores superarían drásticamente a los ganadores". Un cálculo de Trade Partnership, una consultora en comercio internacional, concluyó que la medida destruiría unos 146.000 empleos: cinco perdidos por cada uno ganado.

Nada detuvo a Trump. El presidente avanzó contra otro consenso para cumplir con otra promesa de campaña a medida de sus seguidores, sobre todo, los "hombres y mujeres olvidados" en rincones del corroído cinturón industrial, el llamado " Rust Belt", clave en su victoria presidencial.

Trump, según el sitio Axios, había optado por poner tarifas del 25% al acero, más altas a las propuestas por el Departamento de Comercio, porque era "un número redondo y suena mejor".

Los aranceles alteraron el equilibrio interno en la Casa Blanca: le dieron un codazo a un "globalista", Gary Cohn, y le dieron sus 15 minutos de fama a un "nacionalista", Peter Navarro, que desfiló por los medios en los últimos días defendiendo la nueva tenaza proteccionista. "Es un globalista, pero así y todo lo quiero", despidió ayer Trump a Cohn.

Blancos

La movida parece abrir dos escenarios alternativos. El peor, según De Bolle, es una guerra comercial con varias represalias. El menos nocivo, por el cual pareció inclinarse la Casa Blanca ante la presión del Congreso, es una negociación país por país para decidir quién queda fuera y quién adentro. En Washington, los más optimistas esperaban que, al final de ese proceso, solo China -principal blanco de las tarifas- quede adentro.

Pero, aún ante ese escenario más benigno, el nuevo golpe de timón puede llegar a herir el crecimiento de la economía global, y deja un manto de incertidumbre: Europa y América Latina han aplicado medidas proteccionistas, pero nunca nadie, recordó De Bolle, recurrió a la "seguridad nacional" como argumento para el proteccionismo. "¿Qué otra cosa va a hacer la presidencia de Trump?", se preguntó la experta.

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