LOS QUE CREARON LA JUVENTUD

Por primera vez, ser joven fue una virtud en sí misma. Ocurrió en la década del 60, cuando cuestionar y crear eran actividades de prestigio
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31 de octubre de 1999  

Más allá de los hechos que la historia registra, en la década del sesenta se inventó la juventud. Hasta entonces, ser joven sólo había sido una anécdota cronológica, una forma de vacío y espera, un compendio de preguntas, casi una incomodidad. En la década del sesenta una suerte de estallido hormonal inconmensurable hizo temblar el pensamiento y la estética de Occidente sobre una única base conceptual: la juventud. La juventud como fuerza viva de acción, cuestionamiento y diversión. Por primera vez, una virtud en sí misma.

En Estados Unidos asumía la presidencia Kennedy, un joven dorado que parecía salido del mundo de los sueños de Hollywood. En Cuba había triunfado Fidel Castro con su revolución, y ahora todo parecía posible. La consigna era luchar contra el establishment, o como se llamaba antes, el sistema.

También acá, los jóvenes se preparaban para patear el gran tablero del planeta desde un taller de artista, una asamblea universitaria, la redacción de una revista o la mesa de algún bar.

Pero no cualquier bar. Los intelectuales iban al Coto, a pocos metros (pero en la vereda impar) de la Facultad de Filosofía, todavía en Viamonte al 400. Los artistas estaban en el legendario bar Moderno de la calle Maipú.

Los demás miraban para ese lado con una mezcla de embeleso y estupor: el clima de exploración y aventura estaba ahí, para cualquiera, aunque fuera un simple mortal. Pero ningún joven, entonces, era un simple mortal.

Ese lado comenzaba indiscutiblemente en el Instituto Di Tella, el monolito y piedra filosofal de la cultura urbana de los años sesenta. Los artistas de la época -Alberto Greco, Federico Manuel Peralta Ramos, Juan Stoppani, Alfredo Rodríguez Arias, Marta Minujín, Dalila Puzzovio, Carlos Squirru, Edgardo Giménez, Oscar Bony y Marilú Marini, entre otros- tomaron ese lugar en Florida al 900 y se dedicaron a explorar los alcances de su propio talento. Los resultados fueron estremecedores.

Una vez, en ocasión de la entrega del muy prestigioso Premio Di Tella en el Museo Nacional de Bellas Artes, Alberto Greco se presentó vestido con el tapado de astrakán de una tía suya. Tal vez era una suerte de declaración de principios, porque su obra había sido rechazada (ese año, el premio lo ganó Clorindo Testa). Dalila Puzzovio fue con unas babuchas de encaje dorado y un top de piel de mono de los años cuarenta. En el pelo, miles de trencitas de plástico con moneditas de oro y en los pies, desde luego, sus proverbiales plataformas.

En ese tiempo llegaron los jeans para cambiar el mundo. Se olía diversión en el aire y la gente comenzaba a vestirse en consecuencia: la ropa es un lugar extraordinario cuando se trata de provocar y desobedecer.

La vida de todos los días era una pura pasión: el mundo era de los jóvenes. Durante el gobierno de Onganía había un marco de represión política que entonces parecía severa, pero que hoy resulta pueril comparada con la que se produjo una década más tarde. Entre las afrentas folklóricas de la época se contaba la aventura moralista de un comisario, Luis Margaride, que allanaba hoteles alojamiento y detenía a las parejas que se besaban en las plazas. La policía se ponía nerviosa con las flamantes melenas masculinas (al pintor Ernesto Deira le cortaron el pelo a la fuerza en una comisaría) y con las polleras de las mujeres que comenzaban a subir vertiginosamente con el mandato iniciado por Courrèges y popularizado por la inglesa Mary Quant.

En Buenos Aires, precisamente al lado del Instituto Di Tella, estaba la Galería del Este, con las tiendas más sofisticadas y un bar eléctrico y expectante en el centro, el Carrousel. Por la entrada de Maipú estaba Madame Frou Frou, de Rosita Baylon, una de las diseñadoras más iluminadas de la época: vestidos oníricos, minifaldas rabiosas y suéteres con la imagen de Betty Boop. Por la entrada de Marcelo T. de Alvear estaba el local de Medora Manero, que venía de San Isidro (ella lo llamaba "el pueblo"). Medora Manero tenía un alto sentido de lo suntuoso y etéreo al mismo tiempo: en su opinión no era preciso ser una bataclana para ponerse una boa de plumas.

En esa época, vestirse para ir a una fiesta también era un acto de inventiva e interrogación artística. Pensándolo bien, siempre lo ha sido.

En los años sesenta todo era importante, todo era bueno. Julio Cortázar publicaba libros que cambiaban el idioma cotidiano y arrebataban la mente de los argentinos. Después de las Historias de cronopios y de famas, los jóvenes esperaban con la ñata contra el vidrio de las librerías que saliera Rayuela. Estaba mal visto leer a Borges, pero algunos pecaban en la intimidad. Ficciones era un librito de tapa gris que algunos leían casi en secreto, pero el espíritu literario de la época estaba en las mariposas amarillas de Gabriel García Márquez y sus camaradas del boom.

Salió Primera Plana, ese tipo de revista que se ama porque hace sentir inteligente a quien la lee. Salió Gente, una revista que quizás ocupaba entonces el lugar que hoy ocupa la televisión: invasiva, cautivante, indignante, irresistible. Igual que ocurre hoy con la televisión, uno odiaba la revista Gente, pero no podía vivir sin ella.

La televisión todavía no importaba demasiado en los años sesenta. Por supuesto tuvo sus esplendores: Pepe Biondi, Alberto Olmedo, Juan Carlos Altavista, Pinky, Cacho Fontana, los Sábados Circulares de Mancera, Tato Bores, Mirtha Legrand. Pero el medio todavía no ocupaba el lugar protagónico que adquirió más tarde, todavía no atravesaba la vida cotidiana como un eje conceptual.

El cine, en cambio, era una fiesta. Cada película era un paradigma ideológico y sensual: 2001, odisea del espacio, de Kubrick, la clase de película que se iba a ver una y otra vez; Lawrence de Arabia, de David Lean; Ocho y medio, de Fellini; El desierto rojo, de Antonioni; Viridiana; Easy Rider; El bebé de Rosemary.

Aparecieron los Beatles: se gestaba la mística musical que iba a tener en vilo a los jóvenes del mundo, porque cada uno de sus discos traía las nuevas del universo. El hombre llegaba a la Luna (se vio por televisión) y el lacónico comentario de Federico Peralta Ramos fue "a mí me gusta acá".

Así como durante la Edad Media la fe salió de la esfera del poder y bajó al pueblo, en los años sesenta se democratizó la indagación individual y floreció con inusitado esplendor el psicoanálisis. En medio de un territorio poblado de divanes, la gente comenzaba a mirar el mundo desde el punto de vista del inconsciente, y no ahorraba el léxico entendido. Oscar Massota, mientras tanto, introducía en la Argentina a Lacan.

En los años sesenta, el dinero todavía no era parte del juego. La codicia estaría en otro lado.

Todo se hacía por pasión, por imperativo histórico, por ambición artística o intelectual, por la misma impertinencia de la juventud, para molestar. La gloria de ser joven desató a los estudiantes franceses en el Mayo del 68, y juntó a los americanos por cientos de miles en un festival de rock en Woodstock.

Los jóvenes hacían historia con sólo indagar la fuerza de sus intuiciones y sus convicciones. Esa pasión fue tan fuerte y revolucionaria que se estableció como la religión visceral de la segunda mitad del siglo. Los que fueron jóvenes en los años sesenta nunca dejaron de serlo.

La hora del café concert

En la década del sesenta se popularizaron en la Argentina los café concerts. Eran lugares más bien pequeños, con un módico escenario en el mejor de los casos y mesitas como en un cabaret, donde se presentaban todos los artistas que comenzaban a importar. Así era El Gallo Cojo, y luego La Gallina Embarazada, creados por Lino Patalano, hoy dueño del teatro Maipo. No todos los café concert tenían mesas. Algunos eran tan pequeños que apenas entraba un puñado de personas, como La Recova, en la Avenida del Libertador, donde Antonio Gasalla, Carlos Perciavalle, Edda Díaz y Nora Blay hacían Help Valentino! con textos de Miguel Angel Rondano. En La Cebolla se presentaban Les Luthiers, que todavía se llamaban I Musicisti: eran unos muchachos recién salidos del coro de la Facultad de Ingeniería que se reían de la música como sólo los virtuosos pueden hacerlo. También Nacha Guevara se presentaba en La Cebolla. La Fusa tenía una impronta brasileña: con perfecta naturalidad podía uno ir a ver a Vinicius de Moraes y Toquinho con María Creuza.

Hubo gran excitación cuando se inauguró 676, en la calle Tucumán, porque ahí tocaba Piazzolla. Y Maysa Matarazzo. Y el Gato Barbieri. Y el Mono Villegas. Siempre un artista magnífico con su instrumento, a un brazo de distancia. Aunque no era solamente la distancia: era la ruptura de los esquemas. En La Botica del Angel, Eduardo Bergara Leumann escandalizaba al público con las libertades que se tomaba. Posiblemente la más escalofriante consistía en tomar la cartera de alguna mujer del público e investigar su contenido frente a todos los demás.

El café concert desbarató el clima de formalidad del teatro. El recinto pequeño, la intimidad y el humor rompieron el respeto reverencial que impone el escenario de altura. Más tarde, María Elena Walsh subió al escenario del teatro Regina para dar unos pocos recitales y se quedó durante meses. Luego la siguieron Mercedes Sosa, Jaime Torres, Horacio Molina... y hasta la orquesta de tango de Osvaldo Pugliese. Los artistas volvían al teatro, pero ahora todo era diferente.

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