Lo que cada hijo viene a mostrarnos

Maritchu Seitún
Maritchu Seitún PARA LA NACION
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10 de marzo de 2018  

Algunos hijos fluyen, nos es muy fácil acompañarlos en su crecimiento, otros no tanto, y a otros nos da mucho trabajo criarlos. No es una cuestión de amor, los queremos a todos, pero a veces se interponen cuestiones de ellos. Y hay algunas dificultades que vienen desde un lugar desconocido de nuestro interior. Un hijo puede ayudarnos -¡forzarnos!, porque no es optativo- a conocer espacios escondidos, ocultos de nosotros mismos, o podría ser también de otras persona cercanas.

¿Qué pasa con el hijo que nos cuesta un poco? El que se resiste, no quiere estudiar, o no quiere ir a fútbol, contesta mal, no se quiere bañar, no ayuda en casa. Ese hijo -que desde la seguridad que le da el amor incondicional de sus padres se anima a enfrentarlos- requiere simplemente padres sólidos, que no se ofendan ni se sientan agredidos por esas respuestas y sigan educando con firmeza y ternura (como dice Lyford Pike en su libro de crianza).

Más complicado es el hijo que se rebela, no responde ni escucha porque no se siente seguro del amor de sus padres y necesita ponerlo a prueba, y para ello los enfrenta, desafía como forma de lograr que lo miren, en un círculo vicioso difícil de revertir, porque lo miran de una manera que no lo alivia ni lo ayuda a confiar. A él le sirve porque ¡por lo menos están atentos a él!, y es tan grande la necesidad de ser visto que prefiere eso a nada.

Es una tarea compleja para los padres aprender a no engancharnos en estos juegos. Y a menudo, no podemos hacerlo, no solo no podemos frenar esas conductas sino que sin darnos cuenta complicamos más las cosas con nuestra reacciones o respuestas desmedidas, y creemos que todo lo que pasa es culpa de nuestro hijo, que nuestra reacción es normal, al no reconocer de qué manera ese hijo toca nuestro mundo interno desconocido, nuestros aspectos no pensados, ya sea porque:

1. Se parece a nosotros y en incómodo espejo nos muestra aquello que conocemos y contra lo que luchamos (charlatana, tozuda, vago, celoso, irresponsable, etc.).

2. El espejo refleja algo nuestro que no reconocemos -ni queremos aceptar- como propio y nos enfurecemos con ese hijo (¡es que es tan grande el esfuerzo que venimos haciendo para no conocer y que otros no conozcan esos aspectos reprimidos de nuestras personas!).

3. Nos recuerda algún aspecto que nos molesta de una persona cercana a nosotros en nuestra infancia (atropellador como mi padre, molesto como mi hermana menor, inquisidora como mi madre).

4. Remite a alguien de nuestro presente (no quiero que se convierta en un egoísta como mi suegro, o me molestan en mi hijo rasgos que en realidad me incomodan en mi cónyuge).

Saber que esto pasa nos permitirá descubrir aspectos nuestros hasta hoy descuidados y cambiar la respuesta a ese hijo por una más adecuada a la situación.Un ejemplo: un chiquito de cuatro años necesita hablar y preguntar todo porque esa es su etapa evolutiva, pero eso no significa que lo tengo que "curar" para que no se convierta en mi tío José que no puede dejar de ser el centro en las reuniones. Es chiquito y mi amor y capacidad de escuchar y responder lo van a ayudar, con el correr del tiempo y la maduración, a poder esperar su turno para hablar y a estar atento para ver si al otro le interesa lo que cuenta. Cuando algo nos incomode o nos enoje en un hijo, recordemos revisar nuestra parte en el asunto, y no solo la de él.

La autora es psicóloga y psicoterapeuta

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