Macri, en la dinámica de lo impensado

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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10 de marzo de 2018  

Debido a los insultos al Presidente originados en los estadios, el periodismo político se refirió extensamente a las implicancias sociales del fútbol, al que José María Muñoz, el legendario locutor y mistificador del Mundial 78, llamaba "pasión de multitudes". Desde otra óptica, Dante Panzeri, un incisivo periodista de la época, que no se inclinó ante la barbarie y cuestionó la desnaturalización del deporte, lo designó como "la dinámica de lo impensado". Un desafío lleno de sorpresas, que depende del jugador más que del pizarrón. Quizá sin haberlo conocido, Panzeri apreció el fútbol del mismo modo que Albert Camus. De él, un apasionado de la pelota, se recordó en estos días un texto donde afirmó que le debía al fútbol todo lo que había aprendido "acerca de la moral y las obligaciones de los hombres". Esa idealización del juego, también presente en Panzeri, aunque en una versión más agria, remata con otro párrafo menos citado que muestra la coincidencia entre ambos: "Pronto aprendí -escribió el filósofo- que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre honesta".

Si se extiende la metáfora, podría decirse que en las últimas semanas la política argentina ingresó en lo imprevisto, una dinámica impensada donde el curso de la pelota sorprende a los jugadores distraídos. Camus y Panzeri deben estar disfrutándolo desde el cielo que se ganaron, pero aquí en la tierra lo factura el Presidente, impulsor de una agenda que desconcertó a la política y la sociedad. Las novedades introducidas son básicamente dos. Por un lado, una amplia agenda civil encabezada por el debate sobre la despenalización del aborto; por el otro, el enfrentamiento con sindicalistas y empresarios, corporaciones a las que ocasionalmente los gobiernos ponen entre los sospechosos de atentar contra el interés general. El escenario es inesperado, aunque no es nuevo. En democracia, peronistas y radicales generaron acciones similares, atravesando conflictos más o menos dramáticos y abriendo debates sobre derechos que contribuyeron a la modernización. La discusión acerca del divorcio de Alfonsín y el conflicto con el campo de los Kirchner constituyen ejemplos paradigmáticos.

Acaso lo impensado proviene de la naturaleza innovadora de esta administración, en una época de desprejuicio. Para delicia de sus estrategas, la novedad se asienta en una operación bien posmoderna: desmontar la noción de derecha política, diluyendo sus connotaciones. De ese modo, se busca refutar el silogismo que afirma "Todos los ricos son de derecha; Macri es rico, entonces Macri es de derecha". ¿Qué debe esperarse de un líder de derecha? Que defienda el interés de los empresarios, que sea ortodoxo en lo moral, que ajuste con severidad la economía, que practique la mano dura, etc. Para desmentir el prejuicio, el Presidente se pone en el centro de la escena desplegando un amplio menú progresista: feminismo, sensibilidad social, equilibrio policial, gradualismo económico, derechos civiles, lucha contra las mafias. Y una porción de coraje, de inspiración kennediana: enfrentamiento con las grandes industrias y los laboratorios medicinales, "sectores concentrados" que ni los Kirchner se atrevieron a incomodar. Macri se le resbala a Página 12, enoja a Espert, roba banderas a los abortistas radicales, infla el progresismo indoloro de la clase media, desilusiona a los pudientes, busca congraciarse con los necesitados. Una operación hábil de imagen descoloca a las minorías intensas.

Más allá de esa movida, el Gobierno afronta problemas indisimulables, críticos. Desarrolla un programa gradual de racionalización del capitalismo sostenido por endeudamiento creciente, mientras afronta una amplia protesta social y sospechas de corrupción de funcionarios clave. El trasfondo de ese cóctel es una sociedad que discute derechos, soporta una inflación persistente, pierde optimismo, tiene un tercio de pobres y carece de referentes en la oposición. En este contexto, un Macri consciente atraviesa el desfiladero: sabe que la economía es inviable y que está atrapado en su laberinto, que si corrige una variable desacomoda otra, que si afecta un interés es un opresor y si afecta otro es un traidor.

En medio de esas dificultades, ha optado por sorprender. Abre el grifo en la base social para descomprimir tensiones y distraer del sufrimiento económico, mientras advierte a los dueños del trabajo y el capital que aflojen la voracidad. Acaso estas elites deban asimilar otra sorprendente mutación: Macri se pasó de bando. Sus intereses ya no son los de su clase. Busca poder y popularidad, no dinero. Como deslizó un lúcido intérprete: el oro ya lo hizo, ahora va por el bronce. Tal vez ese mineral requiera racionalidad capitalista con equidad social, estatismo sin obesidad, glamour con barro, limpieza de corruptos, menos rapiña. Quién iba a imaginar que la pelota vendría por ese lado.

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