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LUPIN: UN VUELO QUE YA LLEVA 34 AÑOS

Sidoli y Guerrero son los responsables de una revistita que nació en las épocas de Rico Tipo y que aún sigue en carrera
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3 de octubre de 1999  

Usted ya sabe: la infancia. Ese territorio de pan con manteca y abuelas generosas. Ese mundo a veces feliz donde usted, a lo mejor, coleccionaba scalectrix. O jugaba con las muñecas Yoli Bell. Y esperaba cada semana, cada mes, Rayo Rojo, Mundo Infantil, Hora Cero, Patoruzú, Capicúa, Cara Sucia, Rico Tipo. Y así como un aroma, veinte años después, puede devolver una tarde entera de la infancia con una nitidez de calambre, un solo cuadrito de historieta puede descerrajarnos la infancia entera en bocanadas felices y calientes.

Pues bien: hay una revista que se llama Lúpin -deformación castellanizada y bizarra del firulete aéreo llamado looping-, y que nació en 1966. Treinta y cuatro años más tarde, la revista sigue viva y su redacción es un lugar donde se celebran rituales fuera de foco. Cosas del pasado. Orgullo de tiempos idos. Lúpin, dijimos.

Fundido a negro, ahora. Oficina chica en un tercer piso al 300 de Diagonal Norte. Ruido lejano de autos y bocinas. Paneo de un elenco estable de palomas que trituran granitos de maíz en la cornisa. Crujen, los granitos de maíz entre los picos, y un hombre de voz vieja dice. -No se puede dejar sin comer a los animales un día de lluvia.

Ese fue Héctor Sídoli, un día en que eso que llaman la tormenta de Santa Rosa ha llegado puntualmente a Buenos Aires.

-No, claro.

Y ése fue Guillermo Guerrero.

Sídoli y Guerrero son directores y dibujantes de esta revista que empezó siendo sociedad de tres y que sigue editándose bajo el mismo sello: Ediciones GDS. Guerrero, Divito, Sídoli. Sí, Divito. Leyeron bien.

-Esto mismo, pero limpio -dice Sídoli-, era el despacho privado de Divito y el que es ahora mi escritorio, era de él. Si revive, me revienta.

La redacción de Lúpin funciona en una oficina modesta de lo que fue, en otros tiempos, el piso entero en el que se hacía Rico Tipo. Guerrero y Sídoli trabajaron allí durante 25 años. Un día le anunciaron a Divito que querían hacer una "revistita" por cuenta propia. Divito, quizá temiendo perderlos, les prestó oficina y se asoció.

-Al principio Lúpin era una revista de historietas, sin planos -dice Sídoli-, porque Divito decía que se iba a desvirtuar. Tirábamos unos 8000 ejemplares. Cuando empezamos a poner los planos, llegamos a vender 25.000 ejemplares. Ahora andamos por los 9000, porque son épocas de aguantar hasta ver qué pasa.

Guillermo Guerrero es igualito a Lúpin, el personaje que dibuja y que en la revista está acompañado por otros personajes, dibujados por él y Sídoli: Al Feñique; el boxeador Mosca Kid; Bicho y Gordi; Saltapone; Resorte y el Profe. Todas ambientadas en un mundo prolijo y tranquilo que algunos lectores creen reconocer como Quilmes Oeste. Guerrero es, como Lúpin, piloto de aviones, pequeño y amable. Empezó con Lino Palacio, pasándole los Don Fulgencio a tinta y dibujando desde cero a Ramona. Eran épocas de furor para los dibujantes, que además de las tiras tenían todo el mercado de avisos publicitarios a ilustrar.

-Pasé nueve años trabajando para Palacio, hasta que un amigo, Toño Gallo, me recomendó para Rico Tipo. Ahí trabajé 25 años, y después ya seguimos con Lúpin. El personaje de Lúpin lo empecé a publicar en 1959 en la revista Capicúa, de Mazzone. El necesitaba un personaje y yo tomé una caricatura mía que hacía Ianiro, que trabajaba conmigo en Rico Tipo. Sólo en 1966, cuando salió la Lúpin, lo pasé de revista. Novia no tiene. El hombre es solo porque va a todos lados. Si lo caso, se termina la aventura. Yo dejé de volar cuando me casé.

Los dos están casados. Sídoli vive en Olivos con su mujer y no tiene hijos. Tiene gatos. Guerrero, en Villa Urquiza, con mujer y una hija que tiene novio salido de las filas de lectores de Lúpin.

-Lo llevé un día a casa para que me arreglara algo -dice Guerrero-, y ahí se conocieron.

En las paredes de la redacción de Lúpin hay al menos treinta carteles que de distintas formas -ninguna amable, todas falsamente risueñas- ordenan no fumar. Son reflejo de la obsesión de Sídoli: todos tienen que enterarse de que odia el cigarro. Detalle: Guerrero fuma. Pero Sídoli tiene el control, entonces Guerrero fuma en el pasillo. Cada tarde, a las tres y media, los dos hombres se encuentran en la redacción para armar la revista. Cada tardecita, a las siete, desandan el camino juntos hasta Retiro. Van caminando, para hacer ejercicio y tomar el tren que los devuelve a casa.

-Siempre quisimos que la revista tuviera un contenido moral -asegura muy serio Sídoli-. Por eso no hablo de fútbol. Por eso dejamos de dibujar las chicas del tipo de las que dibujábamos en Rico Tipo.

Chicas de curvas majestuosas, claro. La revista de Divito existió entre 1944 y 1973, años durante los que estos mismos mosaicos fueron pisados por dibujantes y humoristas de la talla de Calé, Quino o Seguí.

-Uno veía a esos monstruos creando en el tablero, adelante de uno -dice Sídoli-. Con Calé se armaban unos líos terribles porque no entregaba a tiempo. Trabajaba todo con un detalle... que si traía un dibujo de un hombre con un traje y el traje tenía cuadritos, hacía línea por línea, cuadradito por cuadradito del traje. ¿Sabe la plata que entraba acá? A chorros. Un verano había que dibujar un chiste sobre Mar del Plata y se lo pidieron a Seguí, que dijo: "Ah, pero yo Mar del Plata no conozco". En administración había un muchacho que era piloto y que le dice: "Esperate, yo te puedo llevar, sacamos un avión del aeroclub y vamos". Fueron a hablar con Divito. Le dicen: "Nos vamos ahora, volvemos el lunes y traemos tres chistes de Mar del Plata". "Ah, sí, sí, cómo no", dijo Divito. Hangar, alquiler del avión, hotel para los dos, todo para hacer tres chistes de Mar del Plata que si usted se sienta a pensar diez minutos se le ocurren veinte, no tres. Pero la revista se vendía como pan. El día que salió el número uno no estaba en ningún quiosco. Entonces, cuando llegó a la redacción, Divito dice: "Ni la repartieron, la revista". Resulta que se había agotado en media mañana. Rechazábamos avisos, y la revista vendía 350.000 ejemplares por semana.

En este lugar mantenido suavemente al resguardo de las mandíbulas frías del fin de siglo, los dos hombres siguen soñando otra época. Cuando empezaron los años 70, Divito, al volante de un supersport, volaba por una ruta brasileña y la confianza se lo comió de un bocado. Camino sinuoso. Curva cerrada. Un hombre enterrado en patria ajena. Mala combinación. -Alguien nos avisó del accidente -dice Guerrero, pequeño y conmovido-. Alguien que se enteró por un radioaficionado. Fue terrible. Nos quedamos helados. La revista quedó en manos de unos sobrinos, duró tres años más y chau. El día que cerró Rico Tipo fue por una quiebra. Se llevaron todos los canastos a Tribunales, y nosotros le compramos la parte de Lúpin a la familia y nos quedamos acá. Trabajando. Haciendo Lúpin.

El resto es misterio. ¿Cómo hace una revista de historietas para sobrevivir 34 años? ¿Cómo es que una revista pensada para chicos de entre 8 y 14, atravesada por un aire auténticamente de otros tiempos, con historietas que no sienten siquiera el roce lejano de Dragon Ball Z, deviene revista cult para adultos? -Acá viene más gente grande que chicos, que traen a sus propios hijos o que quieren completar la colección -dice Sídoli-. El otro día vino uno enojadísimo porque alguien le había tirado la colección a la basura. Gracias a Lúpin, dicen ingenieros, físicos nucleares. Gracias a Lúpin, sostienen fanáticos como Boby Flores, Pipo Cipollati, Julio Lagos. Gracias a Lúpin, dicen albañiles, electricistas, pilotos de avión. Gracias a Lúpin por los planitos. Planitos para construir barriletes complejos, maquetas de aviones, transistores, dínamos, baffles, globos de aire caliente, un violín Stradivarius, lanzadores de paracaídas, telescopios. Planitos para tejer colchones, armar maceteros en bombitas de luz y aparatos para espantar mosquitos. Incluso hay suplementos especiales que enseñan electrónica, construcción de barriletes o pilotaje de aviones.

-Usted lee este curso y puede volar un avión -asegura con una sonrisa Guerrero, mostrando un cuadernito.

Lúpin te enseña a volar promete capítulos tan interesantes como Partes del avión y por qué vuela; El decolaje; Comodidad, descanso, sentidos; Tomando confianza; Virajes y espirales. Transistorín te inicia en electrónica contiene nociones sobre los dioses, los amplificadores, el superheterodino y la baliza flip flop. Todos y cada uno de los planos han sido ideados por estos dos cerebros, atravesados por indicaciones escritas del puño y letra de sus autores: "biplano con motor a goma, ojo con la goma", "este palito es más largo para que apoye la vela", "ojo con esta gomita", "muñequito de madera con plomito". Y garantía de funcionamiento asegurada.

-Todos los planitos están probados por nosotros -se pone meticuloso Sídoli.

Un invento de gran éxito fue el Espanta Mosquitos (y otros insectos): un aparato que produce el sonido que imita al del mosquito macho y hace alejar a las hembras que son las que chupan la sangre.

-Yo lo probé en Sarandí -dice Sïdoli-, que es una zona de mucho mosquito. Dejaba todas las puertas abiertas, prendía la televisión y si no estaba el aparatito prendido, se llenaba. Con el aparatito, ni uno.

En la pared hay una foto de Fernando Caldeiro, primer astronauta argentino en la NASA. La foto dice, de puño y letra: "Gracias a la revista Lúpin, por la inspiración que me dio todos los meses que la pude leer". Caldeiro, que vive desde los 14 años en Estados Unidos, se hacía enviar la revista con un amigo que hoy diseña trajes espaciales para la NASA. Cuando Sídoli y Guerrero leyeron que este astronauta argentino aseguraba que todo había empezado con la Lúpin, le enviaron una carta con un par de dibujos autografiados. Dicen que el astronauta se puso muy contento.

-Todos los lectores son tan agradecidos -dice Sídoli-. En una época teníamos que poner un cartel: "Traigan cambio y no se queden a vivir acá", porque venían tantos chicos que no se podía trabajar. Ahora viene hasta el piloto del helicóptero del presidente a charlar. Sin embargo, lo único que hicimos nosotros fue darles el empujoncito. Ellos son los que estudiaron.

Entonces suena el teléfono. Sídoli atiende, escucha, dice espere. -Tome, señorita, escuche al señor.

-Hola -dice la voz de un desconocido que cree hablar con una secretaria-. Hace 24 años tuve la suerte de tener un hijo varón y le empecé a comprar la revista Lúpin. El hacía maquetitas, y hoy va a inaugurar la maqueta de avión comercial más grande de América del Sur. Yo quería invitar a los señores Sídoli y Guerrero a la inauguración como forma de agradecerles.

Los señores se balancean satisfechos. Gatos felices. Gatos de otro tiempo.

Héctor Sídoli

"Este mismo lugar, pero limpio, era el despacho privado de Divito, desde el que dirigía la revista Rico Tipo. Este escritorio era de él. Si revive, me revienta"

Guillermo Guerrero

"Lúpin no tiene novia. El hombre es solo porque va a todos lados. Es que si lo caso se termina la aventura. Yo dejé de volar cuando me casé con mi mujer"

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