Inés Pertiné: Cuatro ojos ven más que dos

La mujer del candidato de la Alianza Fernando de la Rúa no suele aparecer en los medios. Pero puertas adentro tiene una opinión que pesa.
Paula Urien
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10 de octubre de 1999  

Inés Pertiné de de la Rúa básicamente cultiva el perfil bajo. A pesar de ser una candidata firme a primera dama, no tiene un discurso político desarrollado ni le gusta exponerse en público.

Ha dado pocas notas en su vida y en este momento de exhaustiva campaña política, ninguna. Con tanta reserva, es difícil dilucidar quién es, qué piensa, qué hace. Y es casi imposible que revele algo de su vida íntima familiar: a los De la Rúa no les gusta hablar sobre su vida privada.

Sin embargo, quienes la conocen concuerdan en varias cosas. En primer lugar, que pese a parecer tímida ante los periodistas es una mujer que opina. El matrimonio cree en el concepto cuatro ojos ven más que dos. Es decir, los de Fernando y los de Inés. Un equipo. Una fórmula.

Tiene ojos de lince para las noticias que tienen que ver con su marido. Recibe en su casa por fax todas las notas en las que se menciona a la Alianza, o a Fernando de la Rúa. Ve los programas políticos, escucha la radio y no se pierde comentario.

Inés Pertiné fue al colegio Asunción (hoy San Martín de Tours), que en ese momento dirigían monjas francesas. Habla inglés y se defiende con el francés. Era vista como una alumna inteligente, pero indisciplinada. Cuando se recibió no siguió una carrera, sino que se puso a trabajar. Nacida el 27 de diciembre de 1942, pertenece a una generación en la que ir a la universidad no era tan común para mujeres, aunque hoy piensa que le hubiera gustado seguir una carrera, y más aún, que es necesario.

Primero trabajó como asistente en un estudio de arquitectura, después en un banco de sangre, donde aprendió a hacer extracciones, y, finalmente, como vendedora en una boutique llamada El Almacén de Damasia. Su barrio siempre fue el mismo. Nació a la vuelta de donde vive actualmente, en la calle Montevideo, a una cuadra de la plaza Vicente López. Tuvo una infancia feliz y en familia. Se define como sencilla: aunque su fuerte no es cocinar, no deja de ir al supermercado, compara precios y se fija minuciosamente que la fruta y la verdura estén en buen estado. Su comida preferida no es complicada. Ensalada con una mezcla de varias verduras. Además, pastas y pescado. Sobre todo, congrio.

Se declara fanática de Frank Sinatra. Tiene todos sus discos, libros, y recortes de las notas de revistas. En cuanto a lecturas, la chilena Isabel Allende es una de sus preferidas; también la española Rosa Montero y la mexicana Angeles Mastretta. Le gustan también las novelas latinoamericanas en general y las películas históricas y románticas. Para vestirse, su color preferido es el azul, y a veces blanco y negro. Tiene un estilo clásico y es fanática de los pañuelos. En televisión, sigue a Suar: Gasoleros y Campeones. Sin embargo su foco, en esta época, está en los programas políticos. Suele salir a caminar, y hace yoga.

Después de tres años de noviazgo, con cortes, se casó, en 1970, en la iglesia del Pilar. El tenía 33, ella 27. Más de una vez ha dicho que se casó engañada con un abogado que a los seis meses se convirtió en político. Esto implica viajes, campañas, atender el teléfono sin parar.

Le gusta recibir visitas. Si avanza un malón sin previo aviso, pide por teléfono al negocio de la esquina unas empanadas y vino. No se complica. Pero si tiene que recibir en su casa con protocolo, está confirmado que lo sabe hacer muy bien, lo que hace entrever que tendrá un desempeño importante en Olivos como anfitriona si De la Rúa ocupa el sillón de Rivadavia.

Se define como una madre con placer. Hoy le gustaría que sus hijos encuentren su propio camino, además de trabajar ad honórem para su padre. "Quisiera verlos realizados a cada uno en lo que les gusta", dijo en una oportunidad.

Los dos menores se dedican un ciento por ciento a la actual campaña. Participan de las reuniones, opinan y, en algunos casos, deciden. Antonio (de 25 años), es abogado y lleva el nombre de su abuelo paterno. Tiene la política en la sangre y desde chico hacía valer su opinión. A Fernando (de 24), Aito, le faltan unas materias para recibirse de abogado, y en junio último dejó la facultad para dedicarse a la campaña. Viven con sus padres, y no se descarta que inicien estudios en el exterior.

En cuanto al matrimonio, Inés piensa que Fernando tiene el gran mérito de haberse abierto camino por su propio mérito. Quienes los conocen dicen que tienen mucho diálogo, un código en común, y que les encanta estar juntos. Es verdad que ella tiene una imagen seria, pero, según sus allegados, es una persona agradable, afectuosa, inteligente y con sentido del humor.

Cuando se casaron, Inés no sospechaba que tendría abundante compañía. Vivían en un departamento de tres ambientes con más de 40 canarios en el balcón (el mismo Fernando se encargaba de cambiarles el agua y limpiar la jaula). También tenían varios hámsters, que se reproducían a la velocidad de la luz.

Ante el avance de los ratoncitos, convertidos casi en plaga dentro de las cuatro paredes de su casa, ideó una artimaña para darles una salida no traumática. Las fiestas de cumpleaños de los chicos eran la ocasión ideal. Cada pequeño invitado partía a su casa con una caja con agujeritos. Algunos padres aceptaban resignados el regalito. Otros no tanto, pero Inés se las ingeniaba para convencerlos.

Un día decretó que ya era suficiente de pájaros y hámsters en su casa. Juntos, decidieron comprar un campito en Pilar, donde hasta hoy se reúne toda la familia los fines de semana. Allí, Fernando de la Rúa puede entregarse de lleno a su vocación por plantar árboles y criar animales. Hay guitarreadas, y se dice que es un gran payador.

En una casa donde los teléfonos suenan permanentemente, hay un cable a tierra. Se llama Sol, tiene dos años y medio y es la primera nieta. Esta rubiecita con rulos y ojos azules es quien logra apartar de la política a los De la Rúa. Su mamá, Agustina (de 27) es la que está más alejada de los temas de campaña. Acaba de dar a luz a Simón. Su marido, el ingeniero agrónomo Juan Petracchi, lo ayudó a nacer.

Una vez por semana, Inés se dedica sólo a sus nietos. Es uno de los placeres a los que no está dispuesta a renunciar. El resto del tiempo tiene la agenda completa. En cuanto a la campaña, acompaña a su marido en los viajes en los que se queda un día o más. Cuando se sube a esos trajines políticos, suele declarar, exhausta, que admira la resistencia física de De la Rúa para moverse tanto.

Sin embargo, ella misma se da tiempo de ser presidenta del consorcio del edificio en que vive, elegida por unanimidad por su sentido práctico y ejecutivo.

Y, por último, se considera una persona fuerte. Basta recordar que su tránsito por la política no fue siempre un jardín de rosas. En dos oportunidades al menos debió enfrentar la opinión adversa de la prensa que puso en la mira su vida privada. ¿Ingenuidad? ¿Falta de experiencia en la arena política? No es un tema al que la mujer del candidato vuelva con facilidad. Fue un mal trago y una prueba difícil. Tal vez la que hacía falta para probar que la familia es sólida.

Inés, en la fundación

Dos veces por semana, por la tarde, Inés Pertiné va a la Fundación Centro de Estudios para la República (Funcer), una organización no gubernamental sin fines de lucro que se fundó en 1982.

La fundación tiene cuatro áreas: académica, capacitación, investigación y promoción comunitaria. En los últimos años es el área comunitaria la que más se ha desarrollado. Inés, ante la cantidad de llamadas, entrevistas y pedidos que comenzó a recibir, decidió empezar a trabajar hace tres años desde la fundación de manera silenciosa, y se detiene a contestar cartas y llamadas personalmente. De lo último en que ha participado, está especialmente orgullosa de un programa cultural en el interior. Se contratan titiriteros que entretienen a los chicos de colegios públicos y privados. A cada chico se le pide que done un libro y así abastecen a muchas escuelas públicas. Otras veces, Inés personalmente se contacta con empresas privadas ante diferentes demandas. Hace de puente entre unos y otras, mediando para resolver problemas. "Para lo único que sirve el poder es para ayudar a la gente", dijo alguna vez.

Chiche Duhalde: Una mujer como yo

No está obsesionada por el poder. Dice que si llega a ganar su marido, ni siquiera se mudará a Olivos. Y que si pierde se transformará en empresaria.

El mediodía de septiembre en que aceptó unir su vida al esbelto bañero del club de ceramistas de San Vicente, Hilda González llegó a la iglesia en su destartalado Citroën 3CV amarillo, vestida con un trajecito celeste de pollera larga y el ramo de camelias recién arrancadas del árbol de la escuela. Después de la lluvia de arroz y el brindis familiar partieron los tórtolos a la casita de verano que unos tíos les facilitaron en Embalse Río Tercero, sin imaginar que el impredecible auto rana los dejaría varados en plena sierra. La luna de miel hubiera terminado en una olvidable road movie de no mediar un primo que casualmente venía de contramano por las rutas cordobesas y que, además, entendía bastante de motores. No fue premonición, asegura, pero aquella vez supo que en adelante su felicidad estaría signada por las cuestiones del azar.

"Tuvimos mucha suerte... Siempre nos pasaron cosas así en la vida", recuerda ahora con tono pausado, como si un vendaval le hubiera arrebatado esa buena estrella que la acompañó a lo largo de casi 30 años de matrimonio con Eduardo Duhalde.

Algo de eso hay en el rostro de esta mujer menuda, con apariencia de ciclón. Algo la crispa de rabia y, al mismo tiempo, le devuelve la imagen que tiene de sí misma cuando se aburre en la banca y sueña despierta, mientras otros recitan discursos y ella espera el bendito quórum para ley de protección integral del menor. Si pudiera elegir, quizá no estaría en el pellejo de una diputada, cargo que ocupa, casi se diría, sólo por amor.

"Si te dejás llevar por lo que sentís en algunos momentos querrías volver a tu casa y no salir más... pero eso dura a lo mejor dos días. A mí me gusta mucho trabajar. A veces la tarea legislativa aburre, y es la verdad... esto no es lo que más me gusta. Yo prefiero la tarea ejecutiva en el área de gobierno, donde uno tiene responsabilidades directas. Acá es relativo, hay que esperar, negociar lo suficiente para que te aprueben un proyecto. De todos modos, mis expectativas políticas terminan en diciembre, si mi marido resulta electo... Si no, bueno, tengo dos años más en la Cámara. En realidad a mí me encanta la empresa privada y no te creas que no lo busco para mi futuro. Cuando termine esto, me veo como una empresaria exitosa, no sé exactamente en qué rubro. Creo que incursionaría en los servicios", dice, sentada en el despacho que quizás abandone en pocos meses, si las urnas ungen al matrimonio Duhalde presidente y primera dama.

Ese cargo que amenaza con obligarla al trajecito sastre y los peinados duros de spray y que se aleja o se acerca según las encuestas. O se esfuma ni bien se desata una tragedia en tierras bonaerenses. La masacre de Ramallo le ha dejado grietas en la sonrisa.

"Todo es producto del cariño... No sé, querés ayudarlo porque estás convencida del proyecto que propone, porque es una buena persona. Sabés de las piedras que le ponen en el camino y lo injusto de lo que está sucediendo. Es un momento difícil, son hechos muy casuales. Esto me demuestra lo sucia que es la política."

"Ojo: no soy una mártir", aclara apenas le preguntan cuál es el precio por cumplir semejantes expectativas ajenas. Segura y enamorada como el primer día, es la respuesta de sus ojos delineados a buen pulso. Y eso alcanza para justificar las renuncias de la coqueta abuela de apenas 53 abriles, bien tostada por el sol, nacida en Avellaneda un 14 de octubre cinco años después de Jorge, el hermano que la bautizó Chiche.

Su infancia es un sitio borroso. Sólo recuerda los vestidos vaporosos que le cosía su madre, Josefa -una experta en lencería fina-; la casa chorizo que ahora es un misterioso garaje con puerta de chapa; las mejillas arrugadas de la abuela materna, y a Estela Blanco, su compañera de la primaria, con la que habla seguido por teléfono. De Valentín González, su padre, sólo sabe que fue empleado de la fábrica de jabones Llauró y luego propietario de un almacén en la cuadra donde vivían. Tenía 15 años cuando la familia le perdió el rastro y, asegura, la separación de sus padres fue el trago más difícil de afrontar.

"Yo no tengo demasiada memoria. Tal vez es porque en mi infancia no tuve momentos lindos ni feos. Para mí la felicidad empezó cuando formé mi pareja y tuve a mis hijos. Del pasado tengo imágenes de una nena siempre arregladita, muy impecable porque mamá le daba mucha importancia a la vestimenta. ¿Quién te hizo ese vestido tan lindo?, me preguntaban. Mamá, decía yo."

Trató de ser una típica adolescente de clase media, sujeta a los mandatos de la revista Burda, que dictaba pescadores sólo para ir de picnic y toca para aplastar los rulos, que ahora acepta sólo en verano porque hay humedad en la playa y no queda otra. Era bajita, sigue siéndolo, y si alguna vez se acomplejó por la poca estatura, el martirio duró hasta tanto pudo medir su éxito entre los muchachos. "Noooo... nunca me sentí en inferioridad de condiciones por la altura. Al contrario, yo era una muuuy linda chica", dirá muy seria.

Salió sin medallas del secundario e ingresó en el magisterio. En el pueblo no había oferta mejor, pero le encontró el gusto a la profesión y hasta fue buena docente. Además, los sueldos, si bien nunca fueron buenos, estimulaban. Tanto que ya casada, con su marido como inspector municipal, cambiaron el auto y compraron un lindo chalet de ladrillo a la vista en Longchamps. De haber elegido profesión, hubiera sido socióloga.

"Evidentemente no era una tipa con mucha contracción al estudio. Empecé a estudiar en la UBA mientras daba clases en Alejandro Korn, tenía dos puestos y viajaba dos horas hasta la Capital para cursar en la facultad. Era un viaje largo y recuerdo que en 1966 nos sacaban del aula con gases lacrimógenos. Llegué a segundo año y dejé. Después me casé y enseguida nació Juliana. Después, el gobierno de la provincia de Buenos Aires me becó para estudiar asistencia social, pero cuando terminé primer año quedé embarazada de Analía. La carrera me gustaba y lamenté dejar... Ahora la veo a mi hija terminando psicología, acostándose a cualquier hora, atendiendo a los mellizos. Y, bueno, no habré puesto el ahínco necesario."

Tuvo cinco hijos, cinco inmobiliarias en Lomas de Zamora, muchas mudanzas en su querida zona sur, donde vive toda su familia.

"Quería tener muchos chicos. Mis hijos están muy pegados a nosotros, y salvo la mayor, que se casó, ninguno se ha ido de casa. Al contrario. Siempre les digo que a los 30 deben irse a vivir solos, no quiero que se queden a cuidar a sus padres. Pero, bueno, una cosa es lo que ellos quieren y otra la expectativa de uno. Y eso lo manejé como pude. Te lleva tiempo y muchas discusiones, pero se van aceptando. Quería que estudiaran sí o sí. Siempre les dije: el título universitario es lo único que les vamos a dejar. Hasta ahora María Eva es la única que no sigue una carrera típica. Bueno, hace fotografía, pero dejó antropología, y yo estaba muy ilusionada."

La imagen que le devuelve el espejo es la que deseó ver. Rubia, pocas arrugas, fuerte, capaz de controlarlo todo bajo la pequeña gran órbita de su zapato número 36. Una mujer con la energía suficiente como para levantarse a las cuatro de la mañana y volar a Santa Fe, no sin antes llevarle el desayuno a la cama a su marido. Cumplir con almuerzos de trabajo, pasar por el despacho, firmar papeles, recibir gente, reunirse con su equipo de asesores, dar instrucciones para la cena, acompañar al gobernador a un acto lejano, volver a casa, charlar con los chicos, regar los ficus del living y plantar las lechugas en la quinta del fondo.

"Me siento una mujer que está bastante bien para su edad, que no pretende competir con nadie, ni ser una estrella. Para mí ésta es una de las mejores etapas, por la libertad. Ya pasé la crianza de mis hijos, me siento plena, capaz, preparada para desarrollar un montón de actividades. Siento que tengo mucho por vivir y no me canso de hacer planes para adelante."

Si pudiera volver atrás, cambiaría pocas cosas. Aceptaría la convivencia sin papeles porque la sociedad es otra y el compromiso casi el mismo. Terminaría una carrera y se tomaría tiempo para las tareas que tanto le gustan, como pintar con óleos, bordar tapices o tejer. Acabaría con la obligación protocolar de vivir en la residencia de Olivos, que le parece bonita pero muy lejos de su mundo. Ya ha dicho que si le toca, no va a mudarse. "Esta es una sociedad de hipócritas, no sabemos darnos cuenta de lo que es importante. ¿Por qué me tengo que mudar? ¿Acaso no trabajo ahora acá y viajo todos los días a La Plata? ¿Por qué? Mi familia debe seguir haciendo su vida. Además me gusta mi barrio, tengo a mi madre a dos cuadras, a los amigos. ¡Si nadie le pide a los gobernantes un sacrificio de ese tipo! Olivos es una zona fantástica, pero soy de Lomas, y me sentiría como sapo de otro pozo. ¿Y por qué?".

Repetiría muchas cosas buenas de su vida. Por ejemplo, los cafecitos en La Perla de Once cuando iba a visitar a su novio, que sólo podía estudiar en medio del ruido. Elegiría por madrinas de sus hijos a las mismas amigas. Mantendría el perfil bajo de la familia a toda costa y lloraría en cámara si alguien volviera a escribir calumnias contra el apellido Duhalde. Y, sobre todo, diría frontalmente las mismas cosas, porque se reconocerá maleable en determinadas circunstancias, pero nunca en sus principios.

Es cierto. Hilda Chiche Duhalde es de las pocas personas capaces de decir lo que ella y otros piensan y no se animan a decir. Mientras tanto, espera el día de las elecciones. "Hay que trabajar mucho, esperar que el Señor nos ilumine.... y bueno, como lo dije en varias oportunidades, si Dios no dispone eso para nosotros es porque nos cuida y nos procura algo mejor."

La primera manzanera

Chiche se define como una mujer de trabajo, e insinúa que eso es lo que la diferencia de Inés Pertiné y de Sonia Cavallo.

"A Sonia la vi trabajar mucho cuando Cavallo estaba en la Cancillería. Su despliegue era muy importante. Pero lo mío es diferente, es el trabajo directo con los problemas sociales, con la pobreza, que yo conozco desde chica", dice.

En el tiempo en que Duhalde fue gobernador, ése fue el campo elegido por Chiche, que organizó redes de asistencia social estructuradas en los barrios y manejadas por las célebres manzaneras.

La señora de Duhalde no conoce personalmente a Pertiné, más allá de algún encuentro fugaz en eventos sociales. Conoce de su fundación, pero no sabe exactamente cuál es su quehacer en ella.

Sonia: Cavallo sólo confío en mi familia

Se pasó la vida admirando a su esposo, a quien conoce desde los 18 años. Con él y con sus hijos forma un equipo listo para reaccionar ante cualquier ataque.

Antes de que fotógrafo y redactora se sentaran en el mullido sillón violáceo de cara al río, en el piso 23 de Avenida del Libertador y Ocampo, una empleada avanzó con una bandeja de plata con tres gaseosas. Sonia había quedado molesta con la Revista porque, en una entrevista a su marido, Carlos Ulanovsky había comentado que en dos horas de charla nadie había ofrecido nada para tomar. Le dolió, porque ella se jacta de ser una puntillosa señora del hogar.

En las mesitas ha puesto fotos de su familia: los Cavallo, sin Sonia, esquiando en Las Leñas, la familia de viaje en París, el día que Domingo fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Sorbona; Cavallo y el rey de España, sus hijos, Eduardo, Alberto y Sonia...

Ella, impecable, man- tiene un trato distante con sus visitantes. Luego se distenderá: "Sabe que todos mis amigos me dicen lo mismo. Estoy totalmente mimetizada con mi marido. Hasta hago los mismos gestos, me dicen. Es que escapa a mí: Cavallo y yo somos realmente muy parecidos."

-Nunca leí nada sobre su infancia. ¿Cómo fue?

-Tuve una infancia muy linda, con familia muy grande, abuelos, tíos, primos que vivían cerca, en Córdoba. Nosotros somos dos, tengo un hermano mayor, Alfredo, que es periodista y vive en Misiones.

-¿Cuántos años mayor es Alfredo?

-No lo voy a decir porque yo no hablo de edades.

-¿Por qué?

-Porque si le digo la edad de mi hermano, sacan la mía... y no me gusta hablar de mi edad.

-¿Por vanidad?

-No, simplemente porque creo que no es elegante. Cada uno tiene la edad que representa, y la que siente. A mí no me gusta cuando en las revistas ponen fulanito de tal y, entre paréntesis, la edad, porque normalmente le ponen de más.

-¿Tuvo una infancia feliz?

-Sí, mi papá era un pequeño comerciante, en el rubro loterías, cigarrerías y afines... Mis padres nos dieron siempre todo lo que necesitábamos para estudiar.

-Su padre es armenio, ¿no?

-Sí, llegó a la Argentina a los 18 años. Tuvo un trabajo importante en una petrolera en Buenos Aires. Después se casó con mi mamá, también armenia. Ella vino mucho más chiquita, a los cinco. Y se instalaron directamente en Córdoba.

-¿Su padre vino solo?

-Vino con una hermana. Mi papá es huérfano del genocidio armenio a manos de los turcos, perdió a toda su familia cuando tenía un año. A su padre, al resto de los hermanos y a su madre, salvo a una hermana que encontró luego, de grande.

-¿Cómo fue que encontró a su hermana?

-Bueno, es un tema bastante complicado. Esas historias de guerra suelen ser parecidas: las familias desaparecen y después, a través de los medios, se van poniendo avisos... Así con los años se encontraron. Afortunadamente los dos estaban en ciudades cercanas. Yo crecí sabiendo que hay dolores que no se borran. Sin embargo, mi papá nos hizo feliz a nosotros, y a mi madre. Hace poco cumplieron 61 años de casados; viven a media cuadra de acá.

-Tiene una buena imagen del matrimonio...

-Sí, y nosotros cumplimos 31 años el 20 de abril.

-¿Qué aspiraba a ser cuando era chica, Sonia?

-No creo que me haya propuesto ser algo, salvo que quería estudiar danzas y a mi madre no le gustaba. Me mandó a estudiar piano, que nunca me gustó. A pesar de eso me recibí de profesora de teoría y solfeo. En esa época no nos rebelábamos... En realidad, nosotros, los hijos de inmigrantes, sabíamos que nuestros padres nos pedían que estudiáramos. Ellos consideraban que si nosotros estudiábamos, íbamos a tener un futuro mejor.

-¿Alumna destacada?

-Sí. En el secundario fui la mejor alumna. La primaria la hice en escuela pública y la secundaria en colegio religioso.

-¿Cómo es su relación hoy con la religión?

-Es muy buena con Dios, no soy de ir a misa todos los domingos, pero voy a la iglesia cuando tengo necesidad. Tengo gran devoción por la Virgen del Milagro, que es la patrona de Córdoba... Yo tengo mucha fe, y si bien no soy de prácticas cotidianas, trato de ser una buena cristiana a través de mis actos. Porque muchos que están en el primer banco de la iglesia golpeándose el pecho no son los mejores cristianos. Usted se dará cuenta, ¿no?

-Se casó muy joven... ¿Domingo fue su único amor?

-No. Tuve otro novio, y no tuve tanto tiempo para tener otros. Antes nos casábamos muy jóvenes, ahora la gente se casa a los 30. ¡Lo bien que hacen! Yo tenía muchísimos pretendientes. En mi colectividad hacía roncha.

-¿Qué fue lo que más le impactó de su marido?

-Y... la inteligencia. El era como es ahora: un tipo muy activo, creativo; era dirigente estudiantil y a mí me gustaba porque siendo tan jovencito -tenía 18 años cuando lo conocí- ya estaba en la mitad de la carrera de contador. Pero no porque estuviera todo el día estudiando, porque como era dirigente fabricaba él los afiches, los redactaba, los mimeografeaba. A mí me encantaba seguirlo, como ahora. Yo, desde que lo conocí, lo empecé a seguir.

-¿Quién era mejor alumno en la facultad?

-El, por supuesto. Mi marido fue medalla de oro de la facultad. Mi rendimiento en la facultad fue normal. Yo era muy buena alumna en el colegio secundario, pero después, en la universidad y a lo largo de mi vida, siempre fui normal.

-Usted tiene carácter fuerte, su marido también. ¿Cómo hacen para lograr la armonía en el hogar?

-Nosotros nos llevamos bien, como se lleva todo el mundo. Tenemos nuestras diferencias, pero siempre con respeto.

-Pero la vehemencia de Dom.

-Mire, mi marido se enoja y mucho cuando trata con corruptos y mentirosos. Y acá en casa ese problema no existe. Uno puede disentir, pero con respeto. Mi marido no va a gritar, sólo les grita a los corruptos y mentirosos.

-¿Alguna vez no coincidieron en algún tema importante sobre la educación de sus hijos?

-Jamás, siempre estuvimos de acuerdo. Los tres -Sonia, de 25 años; Eduardo, de 23, y Alberto, de 21- son licenciados en Economía de la Universidad de San Andrés. Y Sonia, ya recibida, se fue a Harvard y tiene un máster en Políticas Públicas, con orientación en el tema de salud. Y los dos varones fueron head boys, líderes elegidos por sus compañeros.

-¿Están de novio?

-Sí, los tres. Nosotros estamos encantados con los novios que han elegido. En realidad, nunca hubiéramos opinado, salvo que...

-... se tratara del hijo de Corach.

-¡Por favor! Esas son palabras venenosas. Es gente muy desagradable...

-¿Es una mujer moderna Sonia Cavallo?

-¡Ah!, no sé. Capaz que usted me ve reantigua.

-Si viene su hija y le dice que se va a ir a vivir con su novio, ¿cómo reacciona?

-Discúlpeme, pero eso mi hija jamás me lo va a decir, por formación. De todas formas, yo sé que hoy es una cosa bastante normal, y cada uno con su vida hace lo que quiere, y si las hijas de otro lo hacen no me parece mal. Pero a mí no me gustaría nada. Soy de formación tradicional. Fui educada en un colegio religioso.

-¿Su marido también es tan rígido en esos temas?

-También. Mis hijos se van a ir de mi casa cuando se casen.

-¿Quién es su confidente?

-Mis hijos. Nunca fui a un psicoanalista... Y como tengo los teléfonos pinchados no se me ocurre llamar a una amiga para contarle tal o cual cosa. Pero, además, no soy de contarle a nadie cosas íntimas, ni siquiera a amigas muy queridas. Yo no necesito contarle a nadie nada. Si estoy angustiada, recurro a Dios.

-¿No confía en nadie?

-Confío en mi familia.

-¿Los Cavallo están hipersensibilizados o tienen un poco de manía persecutoria?

-Si usted tuviese 53 juicios...

-Lo decía por pequeños detalles: que fotos al lado de las condecoraciones de su marido, no; que casi todos los objetos de plata que hay en su casa son regalos del exterior, que el cuadro de Berni del living "lo compré hace muchos años..."

-Lo que pasa es que a nosotros no nos gusta ostentar. No queremos que nos confundan con funcionarios que hicieron la plata fácil. Todo lo nuestro es producto del esfuerzo del trabajo.

-¿Cuál es su punto débil?

-Déjeme que piense... Lo que pasa es que si a mí me atacan, me fortalecen. Cada vez que lo atacan a mi marido, me envalentono. Tal vez sea ése mi punto débil. A mí no me asustan con críticas ni con amenazas... Yo me autofortalezco, me banco las cosas yo sola.

-¿Cómo se desahoga?

-¡Uh...! yo lloro mucho. Soy muy sensible, largo las cosas por ese lado.

-¿Se siente incómoda cuando a Cavallo lo tocan y lo besan las mujeres en campaña?

-No soy celosa de mi marido. Mientras que nos den el voto, que lo besen, nomás.

Las mujeres según Sonia

  • María Julia Alsogaray: voy a ser piadosa: ¿qué hizo sobre el medio ambiente?
  • Adelina de Viola: es lamentable que mujeres como ella hayan participado de la política argentina. Y, bueno, la nombró Menem en el Banco Hipotecario, como a María Julia.
  • Graciela Fernández Meijide: lucha por conseguir un espacio de poder, vamos a ver si lo logra. No creo que tenga muchas ideas, menos propias.
  • Zulema Yoma: es una víctima del menemismo.
  • Martha Maffei: una mujer que no tiene bien en claro de qué habla.
  • Evangelina Salazar: una buena madre de familia.
  • Chiche Duhalde: lo mismo que Evangelina. En cuanto a su actividad en política social, definitivamente yo no haría lo que hace ella. Trataría de ayudar a la gente de otra forma. El asistencialismo puro, así no más, no ayuda a dignificar a la gente.
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