En soledad: el giro con Kim expone a Trump como su propio estratega

El histórico anuncio de la cumbre con el líder norcoreano, fruto de otra decisión intempestiva, mostró la inclinación del presidente a tomar medidas sin hacer consultas; sorprendió a estrechos asesores
Rafael Mathus Ruiz
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11 de marzo de 2018  

WASHINGTON.- Dentro de la Casa Blanca dicen que nada entusiasma más a Donald Trump que hacer algo "inviable", que ningún otro presidente haya intentado antes, y más aún si deja patas arriba a Washington.

Productor, director y actor de su presidencia, Trump se apresuró a intentar torcer la historia, esta vez en el conflicto con Corea del Norte, con la apuesta más arriesgada de su gestión, de poco más de un año.

El entusiasmo por quebrar con el pasado ya había despuntado, esta semana, con la firma de aranceles al acero y al aluminio, que crisparon a rivales y aliados. Pero quedó al descubierto como nunca antes con el intempestivo anuncio de su cumbre con el dictador Kim Jong-un. Si finalmente se concretara, sería el primer cara a cara de un presidente norteamericano con la dinastía Kim.

En un típico giro trumpista, fue el propio presidente, en solitario, quien puso a la diplomacia -prudente, lenta y reflexiva- a la velocidad de la luz en una vorágine, secuencia más acorde a su estilo.

"Él controla los tiempos, los contenidos y el tono", señaló su asesora Kellyanne Conway, una de las sobrevivientes del Ala Oeste.

El jueves por la tarde, cuando la agenda del día parecía ya cerrada, Trump se asomó por la puerta de la sala de prensa de la Casa Blanca, donde nunca había estado desde que asumió, para anticiparle a un puñado de periodistas que habría un "importante anuncio" sobre Corea del Norte. El día volvió a foja cero, y horas después Trump sorprendía -otra vez- con la cumbre al resto del mundo, incluida su propia tropa.

No fue una decisión calibrada. El anuncio se hizo a la hora de la cena, en la explanada de la Casa Blanca, sin un solo funcionario norteamericano presente. El director nacional de Seguridad surcoreano, Chung Eui-yong, leyó un comunicado escrito a las apuradas.

Chung tenía previsto ver a Trump recién al día siguiente. Pero cuando el presidente se enteró de que estaba en el Ala Oeste con otros funcionarios, lo invitó al Salón Oval. Allí, Chung le contó que Kim quería verlo. Trump aceptó de inmediato y orquestó el anuncio. Chung miró a sus colegas incrédulo y fue a llamar a su jefe, el presidente Moon Jae-in, para el OK final.

La vertiginosidad abrió espacio a mensajes aparentemente contradictorios. Desde África, el secretario de Estado, Rex Tillerson, aislado de muchas de las decisiones de política exterior, intentó poner paños fríos al afirmar que se hablaba de "conversaciones" y era muy pronto para encarar "negociaciones". Unas horas después, Trump tuiteó que había un acuerdo "en pleno desarrollo".

"El acuerdo con Corea del Norte está en pleno desarrollo y, si se completa, será muy bueno para el mundo", escribió ayer Trump. Y por la noche reforzó su optimismo al hablar con periodistas: "Pienso que [las conversaciones] irán muy bien y que tendremos un enorme éxito. Tenemos mucho apoyo. La promesa es que mientras tanto no dispararán cohetes, y están evaluando la desnuclearización. Eso sería grandioso".

En tanto, la vocera presidencial, Sarah Sanders, pareció llevar demasiado lejos la línea dura que marcó la Casa Blanca -en sintonía con Corea del Sur, Japón y China-, al condicionar la histórica reunión a "acciones concretas" del régimen de Kim hacia la desnuclearización. No hay condiciones adicionales a las promesas de Kim, se aclaró luego.

"Corea del Norte no realizó una prueba de misiles desde el 28 de noviembre de 2017 y prometió no hacerlo durante nuestras reuniones. ¡Creo que honrarán ese compromiso!", suavizó ayer el presidente republicano.

De improviso, la Casa Blanca y el Departamento de Estado quedaron frente a la hercúlea tarea de construir una misión diplomática inédita.

No parece ser el momento más propicio. La relación entre Tillerson y Trump está entre algodones y el Departamento de Estado sufrió una fuga de cerebros y una sangría de diplomáticos. Joseph Yun, el hombre clave para Corea del Norte, se fue el mes pasado. H.R. McMaster, jefe del Consejo de Seguridad Nacional, uno de los tres generales del gabinete, está envuelto en rumores de partida, al igual que el jefe de Gabinete, John Kelly, a cargo de "disciplinar" el Ala Oeste.

Poco parece importar. Un encuentro con un presidente es, en diplomacia, la última ficha que se mueve. Pero Trump rompió -otra vez- con todos los libretos y escribió uno propio. Según el perfil que pintan sus propios colaboradores, se ve a sí mismo como el mejor estratega, negociador, diplomático y comunicador de su presidencia. Aborrece la burocracia y los límites y poco parece importarle que su estilo "queme" funcionarios: ninguna administración en la historia moderna tuvo, en tan poco tiempo, tantas renuncias o despidos como la suya.

"Es el máximo negociador y creador de acuerdos", recordó Sanders.

Washington ya intentó, sin éxito, desarmar a Pyongyang. No son pocos los que creen que Trump y su gobierno están legitimando a Kim con el anuncio de la reunión, y que todo puede terminar en un fiasco.

"Somos los tontos acá. O, más estrictamente, el presidente lo es", escribió Eliot Cohen, exasesor del Departamento de Estado de George W. Bush.

C. Harrison Kim, profesor de historia norcoreana de la Universidad de Hawai, cree que el riesgo es bajo, porque la relación entre Washington y Pyongyang "nunca fue tan mala".

"Aun si la reunión no deriva en un acuerdo concreto, no veo ningún daño. Al menos los dos tendrán la oportunidad de verse como seres humanos", apuntó. "Las recompensas, sin embargo, pueden ser potencialmente históricas e innovadoras", agregó. Eso, desde ya, es suficiente para tentar a Trump.

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