Moon Jae-in, el terco defensor del diálogo que maniobró en las sombras para el acercamiento

Adrián Foncillas
Adrián Foncillas PARA LA NACION
El presidente de Cora del Sur Moon Jae-in
El presidente de Cora del Sur Moon Jae-in Fuente: Reuters
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11 de marzo de 2018  

PEKÍN.- La inauguración de los recientes Juegos Olímpicos de Pyeongchang evidenció la titánica misión de Moon Jae-in, el presidente surcoreano. Solo dos filas separaban en el palco de autoridades a Kim Yo-jong, hermana del dictador Kim Jong-un, de Michael Pence, el vicepresidente norteamericano, esforzados en ignorarse.

Moon, sentado a medio camino, derramaba sonrisas, apretones de manos y confidencias a ambos bandos. Y decenas de surcoreanos quemaban banderas norcoreanas y carteles de la saga de los Kim en los aledaños del estadio.

La defensa de la paz exige lo mejor de Moon, un hombre sensato con una paciencia sobrenatural e infinitas mejillas para tantas bofetadas. La cumbre presidencial intercoreana prevista para abril y las más que probables negociaciones entre Pyongyang y Washington son sus triunfos personales después de meses remando contra los desmanes norcoreanos, la belicosidad estadounidense y el escepticismo de su electorado. En una entrevista reconoció que quería ser recordado como el artífice de una paz duradera en la península de Corea y sus esfuerzos no fueron escasos ni tibios. Ya en su toma de posesión, cuando Pyongyang alternaba misiles y ensayos nucleares, adelantó que se reuniría con el líder norcoreano.

El presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in
El presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in Fuente: Reuters

En su empeño se topó con Trump. Son líderes antitéticos: una estrella mediática frente a un abogado de derechos civiles; un exaltado de vulgaridad arrabalera frente a un moderado de formas británicas; un anunciante de guerras inminentes frente a un terco defensor del diálogo. No escasean las razones para desconfiar: Trump lo acusó repetidamente de tibio, lo abandonó cuando China hacía crujir a Corea del Sur con sanciones económicas, y amenaza con liquidar el acuerdo de libre comercio que durante un lustro benefició a ambos. Cuando Trump se atribuyó groseramente el mérito de la oferta norcoreana de diálogo, Moon corroboró educadamente la versión de quien había repetido que hablar con Pyongyang era una pérdida de tiempo.

Moon no es el pusilánime idealista que describen Trump y la derecha surcoreana. Aprobó un aumento en defensa del 6,9% (el mayor en una década), exigió una reforma integral de sus fuerzas armadas para lidiar con Pyongyang y aceptó finalmente el escudo antimisiles estadounidense que había criticado en las elecciones. Moon es un pragmático que odia al régimen opresivo vecino, pero asume que es el que hay. Su biografía descarta la fascinación por el Norte que le achacan los conservadores.

Nació en la diminuta isla surcoreana de Geoje en 1953, cinco meses antes del fin de la guerra. Sus padres habían huido del Norte y nunca pudieron reunirse con los familiares que quedaron atrás. Moon creció en un entorno humilde, y con muchos sudores entró en la prestigiosa Universidad de Seúl para graduarse en Derecho. En aquellos años fue encarcelado por liderar las protestas contra la dictadura de Park Chung-hee. Ejerció de abogado de derechos humanos en el despacho de Roh Moo-hyun, que en 2003 alcanzó la presidencia del país y le hizo un lugar en su gabinete.

El actual mandatario perdió en su primer intento de alcanzar la presidencia contra Park Geun-hye, la hija del dictador que lo había encarcelado décadas antes.

El año pasado arrasó finalmente en las urnas con sus promesas de mitigar las desigualdades sociales, acabar con la rampante corrupción que le costó el puesto a su antecesora y refrenar a los chaebol, los grandes conglomerados familiares que dominan la economía nacional.

Su visión sobre cómo gestionar el problema norcoreano, entonces secundaria frente a su programa social, lo impulsa en estos momentos hacia la posteridad que disfrutan los próceres de paz.

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