Venció sus miedos, se animó a volar y hoy dice que tiene un "súper poder" que quiere contagiar

Jimena Barrionuevo
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13 de marzo de 2018  • 13:07

"Si algo bueno te pasa, viajá para celebrar. Si algo malo te pasa, viajá para olvidar. Si nada te pasa, viajá para que algo te pase", ese es el lema que guía sus días y que la llevó a transitar la más grande de las aventuras que jamás hubiera imaginado. Tenía 28 años cuando un viaje con su padre le reveló su destino. "Había decidido conocer Europa, pero como en ese momento de mi vida era más insegura, no quería hacerlo sola, así es que contraté un agente de turismo que me planificara todo y tuviera mi recorrido programado, con guías que me fueran acompañando en el camino. Y luego se sumó mi papá y fuimos juntos. Conocimos París, Ámsterdam, Frankfurt, Inglaterra y Bélgica", recuerda Alejandra de Picciotto.

La experiencia fue rica en todo sentido. "En ese viaje junto a mi papá descubrí que el mundo es de todos, para explorarlo, y que quería contribuir a que otras personas pudieran conocerse más a sí mismas a través de los viajes y las conexiones. Quería poder ser parte de los viajes de otros y que sintieran lo mismo que yo sentí cuando hice el mío, tan revelador. Quería poder hacer que, al conocerse y explorar realidades, fueran más felices. Y un mundo con gente que viaja es un mundo más feliz. Y yo quería colaborar en la creación de ese mundo", asegura.

En Bélgica, con su papá. En ese viaje Alejandra conoció su destino
En Bélgica, con su papá. En ese viaje Alejandra conoció su destino

De regreso a Buenos Aires, una idea que crecía con una intensidad asombrosa, no dejaba de rondar sus pensamientos. Alejandra se dio cuenta que, quizás, ya era el momento de dejar los miedos de lado y animarse a perseguir su sueño. Hasta el momento se había desempeñado como profesora de inglés en diferentes colegios, institutos y empresas, trabajo que disfrutaba porque le permitía entablar contacto con sus alumnos y transmitirles sus valores. "En ese momento, sentía que podía enseñarles un súper poder: hablar y expresarse en otro idioma. Era también como viajar y conectar culturas, y en un momento en el que viajar no estaba tanto entre mis posibilidades, era lo que más podía acercarme a ello y por eso me gustaba", recuerda con una sonrisa.

Abrir las alas

Alejandra no podía escapar a su destino. Siempre había necesitado estar en movimiento: se mudó más de siete veces en un período de tiempo muy breve y, por voluntad propia, cambió de escuela más de 14 para seguir enseñanado y aprendiendo a y de alumnos diferentes. "Ahora que pienso en perspectiva, no era de extrañar que quisiera enseñar y aprender idiomas (un súper poder para comunicarse con el mundo) y luego descubriera, en un viaje, mi vocación por conectar lugares y personas, que es otra forma de decir viajar, para unir a las personas mientras vuelo (otro súper poder)", afirma con seguridad.

Por eso en ese viaje que hizo con su padre, su deseo pudo echar raíces y transformarse en un camino a seguir. "Descubrí cuál era mi misión y pude ver que trabajo y felicidad no tenían por qué ir separados: entonces decidí ser tripulante de cabina de pasajeros y que el cielo fuera mi oficina. Estaba cerca de los 30, no era alta, mucho menos modelo publicitaria, como a veces se piensa que las auxiliares de vuelo deben ser, pero luego de callar esas vocecitas de mi cabeza que me decían que no lo lograría, me dispuse a intentarlo".

Mientras hacía el curso de tripulante de cabina de pasajeros tuvo que enfrentarse a diferentes obstáculos, pero los más difíciles que tuve que superar fueron las limitaciones que ella misma se ponía o inventaba: la edad (tenía 28 años), la altura, que no iba a tener la suerte de que le dieran la oportunidad de mostrar su pasión por volar. Pero nunca bajó los brazos y siguió adelante. Se presentaba a todas las entrevistas de aerolíneas a las que yo podía. Incluso, en 2014, en Barcelona, llegó al final del proceso, pero no la tomaron. "Volví llorando por todos los aeropuertos. Tuve muchos rechazos, momentos en los que parecía que lo lograba y al final no, situaciones en las que perdía un poco las esperanzas y pensaba en largar todo... Pero seguí intentando".

Hoy Alejandra trabaja en Austral Líneas Aéreas
Hoy Alejandra trabaja en Austral Líneas Aéreas

Finalmente, un día después de su cumpleaños número 31, recibió el regalo por el que había estado esforzándose: fue contratada por una aerolínea. Recuerda el primer vuelo con lujo de detalles. Después de la charla previa a todo vuelo en la que se comentan las condiciones meteorológicas de las rutas, cómo se va a desarrollar el servicio y se repasan los procedimientos ante cualquier emergencia, se dispuso a comenzar su carrera en forma oficial. "A la noche, aterrizamos con tormenta y recuerdo que le pregunté a mi compañera ¿Es normal que se mueva así? Pero luego miraba por la ventanita que tengo al lado de mi transportín y pensaba en lo mucho que había deseado ese momento, y en todo mi camino recorrido, con mucho sacrificio y algunos tropezones en el medio, pero con final feliz ", dice alegre.

Desde entonces su vida cambió para siempre. "Siento que volar me ayudó a madurar mucho. La repentina pérdida de mi papá en 2015, quien había formado parte de ese viaje revelador del año 2012 que me trajo hasta donde estoy y quien me acompañó durante mi vida hasta ese momento, fue algo que volvió a revelarme cosas: lo más importante que aprendí fue a soltar, a relajarme más y dejar que lo que no puedo controlar fluya... Por mucha fuerza que haga, hay cosas que están fuera de mi control, que no son gratas, pero van a ocurrir igual. Me gusta pensar que el vuelo es como la vida: las turbulencias son inevitables, algunas muy feas, pero durarán lo que duren; solo podés acomodarte lo mejor posible y abrocharte el cinturón para no resultar lastimada y amortiguar un poco. Pero todo cambia y todo pasa", reflexiona.

Dice que los encuentros entre personas y lugares, unir puntos, espacios, los reencuentros entre familiares, amigos, llevar viajeros a sus vacaciones, hacer un mundo más conectado sin barreras ni distancias ni fronteras que separen, y saber que colabora en todo eso la hace feliz. "Me he decretado adicta a los viajes y al movimiento, ya que siento que los viajes nos ayudan a encontrarnos, a conocer a otros y, al hacerlo, nos conocemos a nosotros mismos. Y, por ende, somos más felices. Por lo cual viajar puede ayudaros a hacer un mundo más feliz, más armónico, con gente más tolerante, más comprensiva, más considerada".

Lo dice con firmeza, segura de sí misma porque así lo vive en su día a día: "los viajes hacia afuera son, en realidad, viajes hacia adentro, nos ayudan a conocer partes nuestras que desconocíamos, a relacionarnos con nosotros mismos desde otro lugar, a estar más en contacto con nuestras emociones, conocerlas, transitarlas, perderles el miedo, a descubrir nuevas habilidades. Creo que todo viaje, en verdad, es una excusa para volver a nosotros mismos y ese es el súper poder que quiero contagiar", concluye.

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