El hombre que se cansó de ser Phil Collins

Javier Navia
Javier Navia LA NACION
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18 de marzo de 2018  

Hace una década, Phil Collins se hartó de sí mismo. Aquejado por dolencias tanto físicas (una vértebra desplazada, problemas auditivos y daños nerviosos en una mano) como espirituales (el fin de su tercer matrimonio, la certeza de que el éxito no es sinónimo de reconocimiento), empezó a madurar la idea de retirarse. "Estaba cansado de ser Phil Collins", resumiría luego en sus memorias. Al borde del abismo, poco consuelo eran para él los abrumadores logros de una extraordinaria carrera. Con más de 150 millones de discos vendidos, ya era uno de los tres artistas pop más exitosos de la historia, junto con Paul McCartney y Michael Jackson, los únicos que superaron los 100 millones de copias. Cuarenta veces sus temas encabezaron la lista de más escuchados durante la década del 80 y, según el Billboard Hot 100, ocupaba en 2008 el puesto 22 entre los "mejores artistas de todos los tiempos". Además, había ganado siete Grammy, un Oscar y dos Globo de Oro, e incluso había tenido tiempo para proyectos personales menos comerciales, como liderar una big band con la que grabó un disco de jazz. Pero nada de eso lo confortaba.

Tres años después, en marzo de 2011, concretaba su decisión de alejarse de la música. "Ya no pertenezco a ese mundo y no creo que nadie vaya a extrañarme -dijo entonces-. Estoy mucho más feliz haciéndome a un lado". Pero no era cierto. No era feliz, y mientras los dolores de espalda se agravaban, cayó en la depresión y en el alcohol.

Nacido en 1951, Collins había vivido varias vidas a lo largo de una. La primera discurrió en el Swinging London de los 60, donde llegó a ganarse la vida como actor infantil en los teatros del West End. Luego conseguiría un tambor y se enamoraría de la percusión. "El resto de mi vida comienza en 1970", escribió en su autobiografía. Allí comenzó a ensayar con Genesis, la banda de rock progresivo con la que conquistaría el mundo. Después vendrían los éxitos de los 80 y las bandas sonoras de los 90. Pero esa vida dedicada a la música había llegado aparentemente a su fin.

Hace tres años, sin embargo, la niebla que enturbiaba su vida empezó a desvanecerse. La reconciliación con su tercera esposa, de quien se había divorciado en 2008, se produjo en Miami, donde ella vivía desde que se separaron junto a los hijos del matrimonio. Él viajó desde Suiza, donde reside, para cuidarlos mientras ella se recuperaba de una operación, casualmente, de columna. Ello lo animó a él mismo a operarse de la espalda y, tras la compleja intervención, de a poco pudo ir volviendo a sentarse frente a la batería y el piano. La vida le sonreía otra vez y se volcó a escribir sus memorias, a las que tituló, apropiadamente, Aún no estoy muerto. De nuevo cerca de sus hijos (hoy uno de ellos toca la batería en su banda, y Lily, también cantante exitosa, lo perdonó públicamente "por no ser el padre que esperaba"), recorrió el mundo promoviendo su biografía y anunciando que volvería a componer. Finalmente, decidió reeditar varios de sus discos y regresar a los escenarios.

Phil Collins está de vuelta y esta semana deleitará a sus fans de distintas generaciones en la Argentina. Los maduros, que lo disfrutaron en Genesis, los que se enamoraron con sus hits románticos en los 80 y quienes lo conocieron de niños con sus temas para El Rey León y otras películas de Disney. Atravesó ya unas cuantas vidas y, como le gusta decir ahora, aún le quedan muchas más por delante.

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