Boca-River. El Mellizo se permite vivir su buen presente como DT de Boca como un jugador más

Guillermo disfruta de la cima del campeonato doméstico, pero pone la cabeza en la final de mañana
Guillermo disfruta de la cima del campeonato doméstico, pero pone la cabeza en la final de mañana Fuente: Archivo
Franco Tossi
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12 de marzo de 2018  • 23:59

La postal adentro del campo de la Bombonera tras la victoria agónica del sábado ante Tigre (2-1) habla mucho de la situación actual de Guillermo Barros Schelotto como entrenador de Boca. Gritó el gol de Leonardo Jara en el tiempo de descuento con alma y vida, similar al festejo en el Monumental de diciembre de 2016, la tarde del 4-2: el primer día de los ya 457 liderando el campeonato doméstico. Cuando Germán Delfino decretó el final, fue al medio campo para juntar a todos sus futbolistas y hacer una arenga de esas que siempre se ocultan detrás de la puerta del vestuario. Y hasta empujó literalmente a varios para que, pese al desgaste que generó un partido estresante, fueran a agradecer a las tribunas y les tiraran pelotas a los hinchas para que se llevaran de recuerdo. Lo está viviendo como si fuera un jugador más, como en sus épocas de wing rebelde, que en un campo de juego podía protestar pero también reirse, disfrutar del momento previo a un choque tan importante.

Cada victoria, cada jornada manteniéndose en la punta, al Mellizo le infla el pecho y le hace más ancha la espalda en el club que como jugador tuvo una gran historia, ganando 16 títulos. Por eso, su presente cambió rotundamente la mirada de la Supercopa Argentina, partido que en el xeneize quieren ganar, pero en donde no hay lugar para ninguna evaluación repentina.

Sí, para el plantel es un partido, un superclásico. No es solo un título. Guillermo lo sabe: "Toma trascendencia porque el rival es River, no por el título en sí. Si te pregunto quién ganó la edición de hace dos o tres años, seguro no te acordás", había declarado el técnico. Porque aunque se lo vea así de tranquilo, también el clásico se esperó con mucha ansiedad. De hecho, Fernando Gago apuntó a recuperarse antes de tiempo para disputar la Supercopa, pero la jugada terminó saliendo mal y deberá esperar un poco más para retornar.

Barros Schelotto, con esta frase, también se acercó al Chapita que supo ser como jugador: "Vamos a dar el corazón, porque la historia de Boca es matar o morir". Se imponen signos de batallas porque enfrente estará el adversario de toda la vida; el trofeo de campeón será secundario. La mirada, de todas maneras, cambió en pocos meses: en la entidad azul y oro supo ser observada como prioridad junto a la Copa Libertadores, pero ahora, con la crisis que atraviesan desde el otro lado de la vereda, creen que la derrota puede caerle peor al Millonario y ser un cachetazo certero para Marcelo Gallardo, uno de los protagonistas que impulsó con una frase (la "guardia alta") las sospechas acerca de los supuestos arbitrajes a favor de Boca que tanto fastidiaron al entrenador y los dirigentes xeneizes.

Pese a esto último, irse del Malvinas Argentinas vencido también sería un golpe anímico para el plantel de los mellizos debido a una inmejorable actualidad en la Superliga que no quieren dejar de vivir: perder el partido del que se habla interna y externamente desde el año pasado puede poner en peligro la imagen impecable que consiguió durante las 19 fechas transcurridas. Por eso la exaltación de Guillermo para expresarse y motivar a sus soldados. No quiere perder el campeonato local. En realidad, como en su época de jugador, no le gusta perder a nada.

El resultado en la Supercopa no bastará para realizar un análisis final sobre su ciclo. Si fuera otro el presente, un partido como el del miércoles podría decretar muchas cosas. Pero los dirigentes creen que, por el momento, no se le puede reprochar casi nada a Guillermo. En 2016 puso a Boca entre los mejores cuatro de América con un plantel que no formó, salió campeón local contundentemente, tiene casi todas las estadísticas a su favor en el actual torneo, donde le lleva ocho puntos de distancia a su inmediato perseguidor (Talleres). En los clásicos oficiales dirigidos tiene un buen historial (6 triunfos, 4 igualdades y solo 2 derrotas) y hasta superará un récord de Carlos Bianchi (se aseguró llegar a las 40 jornadas como puntero, algo que el Virrey cosechó durante 39).

De juzgarlo se ocupará la Copa 2018, el máximo objetivo. "Este partido no define nada. La Libertadores es la principal evaluación", le dijo un dirigente a la nacion. Más que otro, lo necesita Daniel Angelici, que había prometido volver a Japón y, a menos de dos años de terminar un mandato que empezó en 2011, aún no se coronó en el certamen continental. Está claro que ganarle esta final a River puede darle más crédito al Mellizo y, a la hora de la decisión final, ponerle peso a la balanza. Pero aquello corre solamente si hace una muy buena Libertadores: "En los 10 años que llevo en el club (antes de ser presidente fue tesorero) me di cuenta que los resultados muchas veces influyen más que los proyectos. Tengo la mejor relación con Guillermo y le podía haber firmado un contrato hasta que yo me fuera, pero preferí hacerlo hasta que termine la Copa. Espero que le vaya bien, porque si le va bien va a seguir. Pero si los resultados deportivos no se dan, y no hablo de un partido o una final, la relación se termina desgastando con el cuerpo técnico y los jugadores", había expresado sin filtro el mandamás de Boca en los primeros días de enero.

El panorama xeneize parece ser tal como lo piensa Barros Schelotto. Para su Boca, se acerca solamente un superclásico que puede dar más confianza si se gana y puede darle un bajón en el ámbito local si lo pierde. Porque el título en sí no será trascendental para mantenerlo o sacarlo del banco de suplentes azul y oro debido a su muy buen presente.

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