Poder y femineidad

Diana Fernández Irusta
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13 de marzo de 2018  

Fue concebida allá por el siglo XVII, pero aún está viva. Lady Macbeth. La que nunca tuvo otro nombre que el de aquel que "sería -y cómo lo fue- rey". La instigadora del mal, la bestia insatisfecha, la sombra dañina. El motor, insistente y entre bambalinas, de una de las mayores historias sobre la devastadora embriaguez que genera el poder. La mujer que alentó, promovió e impulsó la impiadosa carrera de Macbeth hacia el trono de Escocia. La mujer que, así y todo, nunca tuvo nombre propio.

La compleja heroína del Macbeth de Shakespeare ha atravesado centurias, puestas teatrales, versiones cinematográficas. Por estos días subió, una vez más, a los escenarios porteños. Se presentó la segunda temporada de La señora Macbeth, la obra de Griselda Gambaro, con dirección de Roberto Lachivita, en el Teatro Andamio. Ahí está, nuevamente. El mito hecho carne. Las preguntas eternas, reclamando su lugar. Y el genio de la Gambaro para interrogar, con redoblada agudeza, esa recurrente polaridad: femineidad y poder. Poder y femineidad.

"Él pone sus palabras en mi boca", dice la señora Macbeth. "Corro tras su ambición para no retardarme, como corre una perra tras su dueño a caballo", insiste la compañera del fugaz rey de Escocia. En la obra de Shakespeare, la búsqueda del trono es una sangrienta partida de ajedrez en la que el único jaque mate posible es el de la aniquilación del adversario. En la obra de Gambaro, esa búsqueda también es sangrienta y voraz, pero nos llega a través de la voz de una mujer. Que además se pregunta, todo el tiempo y de diversos modos, por su propio deseo. Porque la señora Macbeth ama hasta el desquicio a su esposo, el hombre que quiere hacerse con el trono escocés. Pero también -y esto es lo que, gradualmente, irá descubriendo- quiere esa gloria para sí misma.

La señora Macbeth ansía el poder como solo les estaría permitido ansiarlo a los hombres. Con crudeza, desparpajo, voluntarismo y violencia. Nada de blanduras o merodeos femeninos. Ella, que siente "la lengua atada" por las palabras de su esposo, se descubre igualmente hechizada por lo despiadado de la pugna política. Aquí emerge la enormidad de Romina Pinto, la actriz que encarna el personaje de Gambaro. Enfundada en un severo vestido negro, lanza sus parlamentos con nervio duro, atravesada por la ambición, la culpa y la contradicción. Se exaspera ante la mujer que tiembla bajo su piel, y se inquieta ante el hombre que, intuye, también la habita. Pero, se dice a sí misma, ella no piensa; eso se lo deja a Macbeth, "que lo hace por los dos". Todo -las intrigas, los asesinatos, los infanticidios- lo hace por él. Y también por ella, aunque apenas pueda admitirlo. Incluso en el momento en que, desbordada, arremete contra un sillón que semeja el trono. Lo embiste con pasión airada. Furiosa. Masculina.

En el Macbeth de Shakespeare la ambición política arrasa con los personajes tanto como los inunda de culpa. A Macbeth lo atormentan los espectros de aquellos que mató o mandó matar; a Lady Macbeth la persigue la sangre de las víctimas. En La señora Macbeth, de Gambaro, el remordimiento se hace cuerpo en la protagonista que, compulsivamente, se refriega las manos sospechadas de sangre. Pero fueron muchos los ríos de humanidad que corrieron entre la tragedia original y sus recreaciones contemporáneas. Mareas lo suficientemente terribles como para que la dramaturga argentina se permita una frase quizás imposible en los tiempos del Bardo: "Vendrán épocas de crímenes felices, donde el poder ignorará las muertes que ocasiona. Las decidirá sin imaginarlas y sin perder el sueño", le hace decir Gambaro a una señora Macbeth tan ambiciosa como torturada por las consecuencias de esa ambición. La tragedia de los Macbeth es eterna; la conciencia de un poder ensimismado solo podía llegar luego del siglo XX.

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