REVISTAS SUBTES

yo la escribo y yo la vendo

Más allá de la crisis, estas publicaciones aumentan día a día. Insumen presupuestos módicos, aunque reunirlos sea una odisea. Son tan necesarias como el deseo de expresar libremente las ideas
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22 de agosto de 1999  

¿La ve? Ahí. Al costado. Una línea delicada.

Una boa de belleza múltiple, una musa esquizoide: por el borde del universo de los medios gráficos masivos se desliza la galaxia menor de las publicaciones independientes. Tierra Independiente es un lugar raro. No compite con el planeta sólido de los medios masivos. Aspira a sumar antes que a restar. No persigue beneficios económicos inmediatos. Un universo que va a pérdida y cuyo continente, habitado por revistas de poesía, historieta y literatura, es tan caprichoso y vasto como el resto de esta tierra brillante.

Larguísimas y delgadas, convencionales, diminutas, impresas en papel de diario, en cartón duro, en blanco y negro, en color, mensuales, anuales, a 2 pesos, a 10, a nada, repartidas por sus propios dueños, sobreviviendo entre los dientes rápidos de una distribuidora, rechazadas por casi todas las librerías y quioscos, persiguen el mismo y poderoso grial del lector propio, sorprendido por sus mismos hallazgos, deslumbrado por los textos inéditos que supimos conseguir.

Los escultores de este universo son una raza confusa: electricistas, artistas plásticos, escritores, estudiantes de Letras, visitadores médicos, gerentes, profesores universitarios, vendedores, calderistas, dibujantes, abogados, repositores de mercadería, periodistas, videastas, profesores de murga, bibliotecarios, son los directores, cadetes, redactores, diagramadores y fotógrafos de una redacción que suele ser la habitación, el living o el lavadero.

-Hacer revistas es una enfermedad.

Asegura Gustavo López, artista plástico y electricista. Vive en Bahía Blanca junto con su mujer y sus tres hijas. Está obsesionado por hacer una revista tan bella que nadie pueda tirarla. Así nació Vox, hace dos años. Revista-objeto repleta de libritos, sorpresas, serigrafías, grabados, reina del cartón texturado, el papel de seda, los colores asombrosos, un mosaico bahiense cuya confección cuesta la friolera de 6000 pesos cada 1500 ejemplares.

-Tenemos una plata que nos da la Secretaría de Cultura, pero ahora nos da menos, por falta de presupuesto. El primer número lo pagué con un premio de pintura que me gané. Les hago doblar y abrochar a mis tías, mi señora, las nenas, y un amigo prolijo las pega. Lo que gano en mi trabajo se lo doy a mi mujer y ella me da para que me compre pastillas de praliné y me vaya a hacer la revista y a pintar.

Su majestad la competencia es aquí una reina con corona de lata. Las palabras más escuchadas durante la realización de esta nota fueron: "¿Ya hablaste con los de la revista tal? Anotá el teléfono. Es bárbara".

-Si no podemos competir con publicaciones masivas de 100 páginas que cuestan 2 pesos -dice Iván Hernández, estudiante de sistemas, 20 años, parte del equipo de una revista llamada Andrógina-, tampoco competimos entre nosotros. Hay cooperación más que competencia. Si no, sería la muerte de todas.

Cola de Ratón es una revista anciana. Cumple 19 años. Javier Cófreces, su director, trabaja desde hace 18 años como vendedor de una empresa de impermeabilizantes para casas. Tiene dos hijas, un matrimonio de 20 años con una dermatóloga y desembolsa cada 365 días mil pesos de su magra economía para imprimir 500 ejemplares en los que pone alma, pasión y vida.

-Sí, son mil pesos irrecuperables, pero la revista es un espacio para poetas del interior y otros injustamente olvidados. Se complicó todo desde que las librerías te piden número de registro y CUIT si querés dejarla. Ninguna revista independiente tiene eso. ¿Para qué la hago si pierdo plata? Yo digo que es para acordarme de todas las cosas que para mi visión poética fueron importantes en estos años, porque yo tengo una pésima memoria. Sí, una agenda de mil pesos.

Algunos quieren divulgar lo que les gusta leer. Arrancar de las faldas amodorradas del olvido aquel poema de autor desconocido que los atragantó de insomnio. Aquel escritor que los pone eufóricos y que se llama Pancho y se sienta al lado en la clase de lingüística. Trabajos de hormiga. El mensaje de un lector entusiasta desde Tucumán vale más que una tirada de cien mil ejemplares.

-Nuestro objetivo no es que toda la Argentina lea nuestra revista -dice Cecilia Szalkowicz, 20 años, diagramadora de la revista Vestite y Andate-. ¿Por qué no puede haber cosas para una minoría? No hay excusa para no hacer lo que vos querés. Si no hay espacio, generalo. No importa si es chiquito o alternativo.

Sin apoyo oficial. Sin avisos ni subsidios. Arañando tiempo a los trabajos con los que pagan el alquiler. Sin periodicidad regular ni distribución estratégica. Así y todo, algunos permanecen. La revista V de Vian tiene nueve años y una tradición de tapas escandalosas: fotos de hermosas mujeres con intenciones carnívoras gracias a las que los quiosqueros la ubicaron en sitios visibles y contribuyeron, sin saber, a su continuidad. Tiene ganado el rencor de buena parte del mundillo literario: un oculto personaje que se hace llamar Santiago Pazos destroza minuciosamente, en la sección Cuánto vale tu silencio, lo que él considera el pacato medio literario local.

-Juan Martini, Martín Caparrós, Tomás Eloy Martínez, Mempo Giardinelli, todos querían matar a Pazos -dice Sergio Olguín, periodista y director de V de Vian-. Yo estudiaba Letras y trabajaba en la revista Familia Cristiana. Me echaron por hablar mucho por teléfono, y con 900 pesos de la indemnización, más 100 que puso Pedro Rey, que era mi socio, hicimos la primera V. Yo nunca pude vivir de la revista. Hasta este año, salía cada dos o tres meses, y por suerte siempre se autofinanció. Ahora conseguí una socia, la relanzamos hace unos meses y puedo dedicarme el ciento por ciento. Pero si no, la hacía en casa, andaba atrás de los 30 pesos de suscripción para pagar las expensas y si tenía que entregar una nota para otro medio, la V se atrasaba una semana.

Los avisos escasean. La distribución no es fácil. Los libreros, salvo excepciones, no las exhiben. Los quiosqueros las rechazan. Las revistas trepan como plagas sanas en esta tierra de bondad, pero no de abundancia.

-Antes de que saliera esta revista, yo no leía este tipo de notas en ningún lado. Hay muchas revistas independientes que son más de lo mismo, aburridas.

Dice Sergio Randi, parte del equipo de una publicación dueña de esa elegancia inquietante que rezuma el estilo cuando va unido a la inteligencia. Una revista cuyo nombre, me avisan, es impublicable. Empieza con co, termina con dita. Es idea de cinco de alrededor de veinte: Pablo Kohan, que estudia psicología, Nicolás Schuff, librero, Hernán Rodríguez, que trabaja en el conmutador de una clínica, Sergio Randi y Guillermo Dalavault. Hacerla les cuesta 240 pesos, se vende a uno y se agota. Sólo hay dos números publicados, y nadie sabe por qué no sale el tercero. Mucho menos sus dueños.

La revista depara personajes como Amílcar Sifredi, un quiosquero especialista en crítica de golosinas que escribe: "Nobleza obliga a declarar de entrada que el Toblerone nunca le cayó del todo bien al autor de estas líneas. Siempre lo sentí un tanto ajeno. Y aún más: elitista, pretencioso, por no decir tilingo, caquero. En fin: poco dado al feliz deglute. Cuando me enfrenté, estos días, al novísimo bombón Toblerone, temía que aquella vieja inquina me impidiera juzgarlo objetivamente. Pero si efectivamente algo de eso hubo, debo confesar que el chiquilín me ganó por nocaut".

En la sección titulada Tribus Urbanas hay profundos informes sobre el Círculo de Tiradores de Piedras de Sarandí o la venerable Asociación de Payasos Enanos Vascos, y excelentes críticas de libros. Sin ir más lejos, El adiposo predicamento del Mofeta, libro del inexistente Sergio Calinosky, mereció de la revista el siguiente comentario: "Una obra que sin titubeos podemos catalogar como maestra, es decir: perfeta asolutamente, redonda, eterna, superior, anaranjada".

-La gente se confunde, no sabe lo que es mentira y lo que es verdad -dice Sergio-. Una chica nos preguntó dónde conseguir el libro de Calinosky. Esa confusión es lo mejor que puede pasar.

No Quiero ser tu Beto es una "página mensual gratuita de divulgación literaria" salpicada de viñetas y rincones degustables: los editoriales (escritos en segunda persona y entre todos los responsables de la página), las notas al pie ("Banana y mamá se dicen igual en todas partes") y la selección de prosa o poesía de Marco Denevi, Fernando Pessoa, Susana Thénon, Roberto Juarroz o sus propios dueños. Hecha por personas que rondan los 20 años, algunas de ellas estudiantes de Letras, imprimen mil ejemplares al módico costo de 30 moneda nacional, alguna vez hicieron una fiesta con la que ganaron 700 pesos -que pagan y pagarán la revista durante muchos meses más- y luchan en cada cierre contra una computadora que canibaliza la página en su estómago cibernético.

-Llegamos a tener veinte suscriptores -se enorgullece Gabriel Yeannoteguy, estudiante, encuestador y maestro de murga porteña-. Hoy se suscribió uno por un año, lo que quiere decir que en vez de 5 pesos por seis meses, mandó 10, para los gastos de correo. En fin... también es un orgullo que el analista de mi mamá conozca la página sin que ella se lo haya comentado.

-Pero en la Feria del Libro -dice Ximena Espeche, contando la parte mala del asunto- se la dimos a Martín Caparrós y la tiró en un tacho de basura. Eramos cinco idiotas mirando: "¡La está leyendo, la está leyendo!", y de pronto, al tacho.

Fuera del natural publicable, dicen, hay buen material donde lamer los colmillos del deleite. Así, junto a Juan Gelman, Beatriz Sarlo o Juan Forn, se publican los desconocidos de siempre.

-Teníamos ganas de publicarnos a nosotros mismos y no teníamos plata para hacer un libro -cuenta Ana Wajsczuk, de 24 años, encuestadora y estudiante de Comunicación, que vive la mitad del año en Buenos Aires y la otra mitad hace las veces de camarera y socia dueña de un restaurante en Costa Rica-. Entonces hicimos Los Amigos de lo Ajeno, una revista que sale al mismo tiempo acá y en Costa Rica, donde vive mi socio de la revista, Luis Chávez.

El talento y la confianza, a veces, no alcanzan para luchar contra el desánimo. Diego Viniarsky es director de El Perseguidor. Hace un año que no puede imprimirla porque ni siquiera recuperó el dinero de la edición anterior. -La marginalidad -dice- no es algo que uno busque. Es algo que viene. Queremos hacer una revista independiente, no under o marginal, y hoy ser independiente es un acto kamikaze. Suicida. Hay reconocimiento de los lectores, pero no se traduce en una mayor tranquilidad para poder seguir trabajando.

Daniel Samoilovich forma parte de la cooperativa que edita Diario de Poesía desde hace trece años. Nunca se permitió abrigar esperanzas irreales. Con 50 números en la calle, el diario empezó a hacerse con un crédito del Fondo Nacional de las Artes, se autofinancia, tiene una tirada de 5500 números y un prestigio inoxidable.

-No hemos tenido que volver a poner plata -dice Daniel- porque todos tenemos otros trabajos, y si hubiera implicado perder dinero y tiempo, la hubiéramos tenido que dejar de hacer. Queríamos dar a conocer lo que nos parecía lo mejor de la poesía contemporánea, pero nunca hubo una expectativa de que fuera un boom. Este es un pacto con una cantidad de personas que van y la compran. En cada ciudad titila un cauce lustroso que a esta altura es lujo y necesidad: el virus bueno de la iniciativa propia. Pluma y Hueso es una revista cordobesa de arte y cultura, a 2 pesos el ejemplar.

-Nos cuesta mil pesos la tirada -dice Marcela López Sastre-. A veces decimos baaaasta, pero en el interior uno siente que no pasa nada y no es eso, sino que no hay medios que lo difundan. Mataría vivir de la revista porque para nosotros es un trabajo. Franco Ingrassia, editor de la revista Planeta X, de Rosario, asegura que la dificultad de publicar un proyecto independiente es tan difícil en Buenos Aires como en el interior. -Es muy difícil comparado con quedarse en casa viendo la televisión, y relativamente difícil comparado con producir una revolución socialista. Nunca hay ganancias. Pero si las hay, se invierten en el engalanamiento del próximo número: más páginas, más color. En el número 11 de la revista El León en el Bidet puede leerse una tímida volanta: No se agota. Debajo, una Barbie con la cabeza enterrada en un inodoro.

-Los suplementos literarios reflejan una realidad editorial -dice Javier Adúriz, director de la revista, poeta y profesor universitario- que es la punta del iceberg. Hay muchísima gente muy valiosa que no tiene sitio y ese espacio es enorme, divertidísimo y quizá más interesante que las momias consagradas o los consagrados con razón.

El Fantasma de Recoleta es el rey de los periódicos barriales. 20.000 ejemplares de tirada, distribución gratuita en más de 600 edificios. Carlos Alvarez, Santiago Leiro y Sebastián Munilla aseguran que si bien no les da dinero tampoco les da pérdidas, pero que tienen que surfear en un mar embravecido en el que los avisos y ciertos temas no se llevan bien con la independencia.

-El Fantasma... defiende los intereses de los vecinos -dice Santiago-. Los vecinos se quejaron del ruido que hace un pool. Nosotros publicamos el reclamo en el diario y perdimos al pool, que era anunciante. Pero los vecinos están primero. Siempre nos están acusando de fachos o de zurdos. Una vez publicamos algo sobre problemas gremiales del Centro Cultural Recoleta y cuatro funcionaron nos llamaron y nos preguntaron: "¿A vos quién te banca?"

Es de noche en La Boca. Una estatuita de San Cayetano rodeada de cinco hombres que toman ginebra, fuman, tragan pedacitos de un café oscuro. Rodolfo Edwards, Martín Carmona, Horacio Fiebelkorn, Santiago Vega (alias Washington Cucurto) y Marcelo Manuele hacen la revista La Novia de Tyson.

-Hacer una revista de literatura y poesía hoy es muy complicado -asegura Cucurto-. Es chocarte con un puño. Es ser la novia de Tyson.

En La Novia... puede encontrarse desde un reportaje a René Houseman hasta el pensamiento vivo de Ringo Bonavena, las ilustraciones originales del lápiz de Rocambole y textos y poemas ajenos y del staff.

-La plata no ha sido una preocupación. Nos cuesta juntar el material, tener tiempo para reunirnos -dice Horacio, chupando un cigarro hasta los huesos- . Avisos mientras podamos bancarla no va a tener, porque nos interesa mantener la estética. Horacio es periodista, Rodolfo trabaja en un estudio jurídico, Martín es videasta, mantenido por sus padres, y Marcelo Manuele diseña una revista de novias.

-Yo era repositor, ahora soy distribuidor de una bodega -dice Cucurto-. Estoy escribiendo una novela que se llama La máquina de hacer paraguayitos. Por suerte no tengo ningún trabajo vinculado con la literatura ni con el periodismo. No quiero imaginarme estar trabajando ocho horas por día escribiendo y después ponerte a escribir una novela. ¿Te va a dar ganas? En el altillo de la casa de sus padres, donde vive, Carolina Moadeb, de 23 años, acaricia sus pantuflitas: dos caras de mono de peluche. A su lado, titilan los ojos de su socia y amiga del alma, Clara Lagos. Carolina y Clara editan uno de los primeros fanzines (revistas fotoduplicadas) de historieta femeninos del país: Océano y Charquito.

-Para vivir, diseño ropa por mi cuenta -dice Carolina-. Me muero de hambre, pero no me importa. Prefiero eso a que alguien me mande. No cuesta tanto trabajo ser independiente. Muchos vienen y nos dicen si pueden publicar en nuestra revista. Yo les digo que es más fácil que se hagan su propia publicación. La sacamos cuando podemos, y la repartimos donde podemos. El que la quiere encontrar, que se ponga las pilas para encontrarla, porque yo me pongo las repilas para hacerla.

-Cuando la empezamos a hacer era el único fanzine de historieta hecho por mujeres -dice Clara-. Ibamos a los eventos, como Fantabaires, y estaban todos con los superhéroes, y nosotras con una muñequita de trapo.

Su editorial se llama Fugu -un pescadito japonés venenoso del que escucharon hablar en Los Simpsons- y su próximo proyecto es editar novelas y cuentos de un selecto grupo de escritores: Diego, Francisco, Pepe. Todos amigos, dice Carolina, que escriben bien y que de otra forma no podrían publicar.

Océano y Charquito, junto con otras 70 revistas de historietas, forman parte desde 1997 de AHI: la Asociación de Historietistas Independientes con afán de fundar un proyecto editorial propio y hacer frente común a la adversidad. El vicepresidente de AHI, Mariano Pogoriles, tiene 22 años, se hace llamar Angel Mosquito, vive a los tumbos de su profesión de dibujante y edita su revista, Morón Suburbio, desembolsando cada tanto los 600 pesos del costo de impresión. Para hacer el primer número, vendió su batería.

-Si vas con una distribuidora, se quedan con un 30% del precio de tapa. Si no, tenés que patear todas las comiquerías con el bolso cargado de revistas. Algunas no te permiten dejar, otras te dicen volvé más tarde que no está el encargado. Después tenés que pasar a cobrar, controlar con los remitos cuánto vendieron. Yo tengo suerte porque Morón... se vende bien, entonces puedo dejar cinco, seis. Antes las vendíamos en la puerta del Centro Recoleta, pero este año nos echaron a todos. La salvación son los eventos de historieta. Vas, ponés tu mesita, vendés. La única gratificación son los lectores. En una estación de tren hay un grafitti que dice Aguante Morón Suburbio. Le saqué una foto. Eso vale correr mil veces por Corrientes con la bolsa al hombro.

Hijo de tornero. Javier Rovella es hijo de tornero, pero no quiso aprender el oficio. Todavía vive en Lanús, tiene 24 años y edita Catzole, un cómic con cinco años, que sale dos veces por año a un costo de 1600 pesos por tirada y a 2 el ejemplar.

-Nunca perdimos plata, pero nadie cobra sueldo. La vendemos en la cola del programa de Alejandro Dolina, en la cola del cine. Una noche, me acuerdo que vendimos 42, pero lo normal es vender seis o siete.

Aspid, una revista de historietas de Córdoba, consiguió sacar cuatro números desde septiembre de 1997. -Cuando viajo al Chaco para hacer docencia -dice Iván Lomsacov, uno de sus responsables, de 27 años- me bajo en las paradas y la dejo en el quiosco de la terminal. Cada vez que paso, bajo a ver si vendieron. Me pueden seguir el rastro por la revista, je.

Falsa Modestia es un fanzine que ha alcanzado la categoría de culto y que la hace en Mar del Plata una sola persona: Gustavo Salas, de 26 años, acostumbrado a dibujar mientras su mamá ("que es como Marge Simpson, pero sin el pelo azul") cocina milanesas y su padre trabaja en el puerto. Gustavo vive de hacer una doble página de juegos en una revista para supermercados, además de haber sido el responsable el año último de los chistes de la pandilla Bazooka. Cuando puede, invierte los 200 pesos que le cuesta hacer la revista, que se vende a uno.

-Acá hay una sola comiquería, y es muy difícil crear un público real. Yo la dibujo, la hago, la vendo... Es como salir a correr solo. Obligarte a dar una vuelta más. No sé ofrecer la revista. Vendiendo soy de madera, y así no podés mantener una periodicidad. Una revista tiene que ser fácil de conseguir. Si el tipo tiene que salir en expedición arqueológica a buscar el fanzine, o esperar un año para saber cómo continúa la historieta, no la va a comprar más. Cinco chicas estudiantes de Letras hacen la revista Quesquesé. Cada jueves por la noche, las cinco flores gastan tres horas zumbando por los bares de plaza Serrano, vendiendo a pulmón su tesorito. Con dos números en la calle, ya lograron que la revista se autofinancie, y que la compre el escritor Federico Andahazi.

-La tenemos que vender así -dice Inés Clement- porque no tenemos tantos avisos. Este aviso es de mi mamá; éste, de un amigo. Las librerías de Corrientes que se las tiran de progres, si les pedís que pongan un avisito no te dan ni la hora. Los quioscos se quedan con el 40% del precio de tapa. Antes la vendíamos en la puerta del Centro Cultural Recoleta, pero este año nos echaron a todos, porque parece que a los vecinos de Recoleta no les gusta que estemos ahí. ¿Está mal vender revistas culturales independientes en la puerta de un centro cultural? Si hay cada vez menos espacios, ¿dónde vamos a hacer lo nuestro? Con 30 años, con hijos, no vamos a tener ganas de ir a repartir la revista en la placita Serrano.

Federico Reggiani tiene 29 años. Vive en La Plata. Trabaja como bibliotecario de una repartición pública en Buenos Aires. Eduardo Karakachoff es diseñador gráfico. Fernando Lanza es calderista. Entre los tres hacen El Mogolejito, la revista que vio el mundo en 1994. Barata como es (400 ejemplares, 60 pesos) sufre, sin embargo, la dejadez editorial de sus progenitores.

-Vendemos 200 ejemplares -dice Reggiani-, regalamos unos 50 y perdemos el resto. Lo masivo y lo under son conceptos relativos. Yo tiro 400 y Sudamericana, de algunos libros, tira 1000. ¿Dónde está la diferencia? ¿En la cantidad, en que ellos lo pueden presentar en el ICI y nosotros no? La idea de El Mogolejito es hacer una suerte de parodia de revistas literarias. En el número 5 venía pegada la uña de Cervantes en la tapa, como el Anteojito que traía un transportador. Estuvimos meses juntando recortes de uñas en un frasquito. Las de los pies provocaban un efecto notable. Si no recuerdo mal, tenemos tres suscriptores. El otro día, como teníamos medio abandonado a un suscriptor, le mandé un libro de regalo. El objetivo... no sé, dominar el campo cultural argentino. Prohibirles la escritura a todos y escribir nosotros durante varios años, hasta que se estabilice. Poner un producto exitoso en el mercado, para después hacerlo colapsar.

Por ahora, esta nueva amenaza en el mercado tiene un precio módico.

-Porque pensamos que cuando viene uno y te dice: "Che, comprame esta revista que saqué, que se llama Culturón y sale 2 pesos", esa revista está compitiendo con un triple de jamón, queso y tomate, que sale 2 pesos. La comprás, pero te quedás con las ganas del sánguche. La nuestra, en cambio, cuesta 50 centavos.

-¿Y contra qué compite? -Contra un Fantoche triple de 50 centavos. Que es un alfajor de marca.

Guía de teléfonos

Sea piadoso: el lugar de trabajo -la redacción- coincide casi siempre con el domicilio particular de los dueños de las revistas, de modo que absténgase de llamar demasiado tarde, demasiado temprano, o demasiado feriado.

Quesquesé: 4814-0118; Morón Suburbio: 4629-2312; No Quiero ser tu Beto: 4866-1374; La Novia de Tyson: 4864-8965; V de Vian: 4832-2595; Diario de Poesía: 4374-1939; Los Amigos de lo Ajeno: versitos@amigosdeloajeno.org ; Intramuros: 4311-3758; La Co...dita: 4237-3144; El Fantasma de Recoleta: 4806-3042; El Escriba: 4865-5343; El Mogolejito: 0221-4257810; Falsa Modestia: 0223-4896159; Aspid: 0351-4658919; León en el bidet: 4553-4404; La Maldita: 4583-5454; Vestite y Andate: 4384-5340; Andrógina: 4855-4097; Terciopelo Subterráneo: 4374-0838; El Jabalí: 4804-8452; El Vengador a Go Go: 4765-7042; Circo: 0223-4724334; Ultimo Reino: vredondo@bainet ; El Perseguidor: 4826-3525; Catzole: 4249-8122; Nunca Nunca Quisiera Volver a Casa: 4552-8323; Tse Tse: 4551-9787; Océano y Charquito: 4797-1502; La Danza del Ratón: 4301-5031; La Guacha: 4633-1497; Vox: 0291-4880381; Pluma y Hueso: 0351-4212806; Viajeros del Underwood: 0341-4488864; Planeta X: ingrassia@arnet.com.ar ; La Luciérnaga: 03541-453113.

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