El viajero

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
Fuente: AP - Crédito: Michael Probst
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14 de marzo de 2018  

Siempre creímos que la figura del viajero, del que no tiene patria, del que está de paso, del que hace de la soledad su gloria dolorosa, era una de las mayores invenciones que nos dejaron los románticos. Aun más que invención, una mitología de seres sin nombre cuya única identidad -cuyo único rasgo persistente- es su condición fugaz. Cierto. Pero una vez inventada -o se diría mejor: reconocida- esa figura es también la nuestra: la del peregrino, que camina y está en camino. Este hombre en el suburbio desolado de Fráncfort (y los suburbios de las grandes ciudades alemanas son el equivalente posindustrial del bosque romántico) no sabe, tal vez, nada de esto, pero pertenece a esa misma estirpe. ¿Amanece o cae la tarde? No importa, porque el crepúsculo de la mañana y el crepúsculo de la tarde tienden a confundirse. El viajero, igual que nosotros, tiene los pies sobre la tierra. Las ramas de los árboles de invierno le señalan el camino hacia lo alto.

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