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Amenaza al comercio mundial: el sistema basado en reglas está en grave peligro

Los aranceles de Donald Trump sobre el acero y el aluminio serían solo el comienzo
The Economist
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15 de marzo de 2018  

Fuente: LA NACION - Crédito: Ilustración: Alejandro Álvarez

Donald Trump no es precisamente el primer presidente estadounidense que haya impuesto aranceles unilaterales a importaciones. Todo habitante de la Oficina Oval desde Jimmy Carter ha impuesto algún tipo de limitación proteccionista al comercio, a menudo al del acero. Tampoco el compromiso de Trump de imponer aranceles del 25% al acero y el 10% al aluminio destruirá por sí mismo la economía: representan el 2% de las importaciones de bienes del año pasado, de US$2,4 billones o 0,2 del PBI. Si llegara hasta allí el proteccionismo de Trump, simplemente sería un acto insensato de daño autoinfligido. Pero de hecho es un desastre potencial, tanto para Estados Unidos como para la economía mundial.

Hasta ahora no está claro exactamente lo que Trump hará. Pero lo que se anticipa es malo. A diferencia de sus predecesores, Trump es escéptico desde hace mucho del comercio libre. Se ha burlado del sistema de comercio multilateral, que ve como un mal negocio para Estados Unidos. Su administración es caótica y la ominosa decisión de Gary Cohn el 6 de marzo de renunciar como jefe de asesores económicos del gobierno priva a la Casa Blanca de uno de su escasos partidarios del libre comercio, lo que da señal de que ha caído en manos proteccionistas. Desde sus inicios, al final de la Segunda Guerra Mundial, el sistema global de comercio nunca enfrentó semejante peligro.

Comercio duro

Este peligro tiene varias dimensiones. Uno de ellos es el riesgo de una escalada de reacciones. Luego de que la Unión Europea (UE) dijo que respondería con sanciones a productos estadounidenses, incluyendo el bourbon y las motos Harley-Davidson, Trump amenazó sobre las exportaciones de autos europeos.

El segundo peligro deriva de los argumentos de Trump. Los aranceles se basan en una ley poco utilizada que permite al presidente proteger la industria sobre la base de la defensa de la seguridad nacional. Esa excusa es evidentemente espuria. La mayor parte de las importaciones de acero de Estados Unidos provienen de Canadá, la UE, México y Corea del Sur, aliados de EE.UU. Parece un hecho que Canadá y México serán excluidos temporariamente, pero solo porque Trump quiere argumentos en su renegociación del Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte, lo que no tiene nada que ver con la seguridad nacional. Trump está sentando un precedente que otros países con certeza utilizarán para proteger a sus propios productores, de modo igualmente espurio.

No está claro si otros países pueden responder legalmente cuando se invoca de este modo la seguridad nacional. Esto pone a la Organización Mundial del Comercio (OMC) ante una trampa para ratas. Trump provocará una lucha libre con recriminaciones y retaliaciones en la que las cortes de la OMC no podrán laudar o las cortes darán su propio veredicto sobre lo que son las necesidades de la seguridad nacional de Estados Unidos, en cuyo caso Trump podría salirse intempestivamente de la organización por completo.

La OMC ya sufre tensiones. El colapso de la ronda de Doha de negociaciones comerciales en 2015, luego de 14 años infructuosos, dejó en suspenso reformas necesarias por tiempo indefinido. Disputas que podrían haberse abordado en una nueva ronda de negociaciones comerciales han terminado en la maquinaria de resolución de disputas de la OMC, que es demasiado lenta y demasiado frágil como para soportar su peso. La OMC no se ha mantenido al día con los cambios en la economía. Las inversiones están cada vez más enredadas con intangibles, tales como patentes y derechos de autor, en vez de activos físicos, tales como acerías. Las reglas dictadas para economías ricas, dominadas por los mercados, no siempre pueden controlar lo que sucede con el capitalismo de Estado. Los subsidios implícitos que China da a sus productores fueron causa de exceso de producción global de metales industriales. No es de sorprenderse que la segunda economía del mundo haya sido el foco de tanta ira.

Pero no importa qué problemas tenga la OMC, sería una tragedia socavarla. Si Estados Unidos desarrolla una política comercial mercantilista, desafiando el sistema global de intercambio, otros países lo seguirán necesariamente. Eso podría no llevar a un colapso inmediato de la OMC, pero gradualmente erosionaría uno de los pilares de la economía globalizada.

Todos sufrirían. Trump parece creer que el comercio es un asunto de suma cero, en el que un déficit es señal de un mal acuerdo. Pero la enorme mejora en los niveles de vida después de la Segunda Guerra Mundial fue de la mano de una rápida expansión del comercio mundial, con ocho rondas de negociaciones comerciales, cada una de las cuales bajó las barreras. Las importaciones son bienvenidas porque benefician a los consumidores y alientan a los productores a especializarse en lo que mejor hacen.

Sin la OMC, el comercio internacional continuaría -es indetenible-, pero la falta de normas y procedimientos permitiría una escalada de las disputas. Cuantas menos normas, más margen para conductas mercantilistas maliciosas y retrocesos. La política comercial quedaría dominada por intereses particulares. El poder militar tendría más peso en las disputas comerciales que la equidad. La inversión transnacional podría desaparecer. Con su vasta economía continental, Estados Unidos perdería menos con esto que otros países. Pero de todos modos perdería mucho, incluyendo un pilar del sistema que ha sostenido su influencia política de la posguerra.

¿Cómo debería salir el mundo de esta encrucijada? En momentos en que Trump actúa con asombrosa irresponsabilidad, otros deben mantener la calma. Algunos pueden imponer retaliaciones limitadas; a fin de cuentas así es como se debe tratar a los prepotentes y la amenaza a los fabricantes locales fortalecerá a los republicanos que presionan a Trump para que retroceda. Pero tales acciones deben ser proporcionadas y limitadas. Una guerra de ojo por ojo con Estados Unidos sería desastrosa.

Volver a lo básico

La tarea más importante es apuntalar el apoyo al comercio. Sería reconfortante pensar que hay respaldo global para solucionar los problemas de la OMC. Pero ahora no lo hay. Los acuerdos comerciales que se ofrecen hoy son regionales, tales como la Asociación Transpacífico (TPP es la sigla en inglés), un pacto de once países firmado esta semana que se propone ser una guía para la modernización del comercio. Aunque Trump lo ha abandonado, ha insinuado que puede reconsiderarlo, lo que sería un comienzo.

La mejor manera de ayudar a la OMC sería que sus otros miembros coordinaran toda acción, incluyendo llevar una queja a la OMC respecto de los aranceles de Trump. Aunque eso puede sobrecargar la corte de la OMC, sería un voto de confianza por la idea de que la economía global debe gobernarse por normas.

El mundo está lejos de lo que era en la década de 1930, por fortuna. Pero la ignorancia y la complacencia han puesto el sistema de comercio en grave peligro. Los defensores del libre comercio tienen que reconocer que la OMC puede mantener abiertos los mercados frente al lobby proteccionista, interno y extranjero. Es vital que den argumentos intelectuales en favor del comercio basado en reglas. No será fácil. Por primera vez en décadas, su mayor contrincante es el hombre en la Oficina Oval.

Traducción de Gabriel Zadunaisky

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