Como una estrella apagada: mujeres que ya no pertenecen, hombres empecinados

Jazmín Carbonell
(0)
15 de marzo de 2018  

Como una estrella apagada / Buena / Autoría y dirección: Victoria Sarchi / Intérpretes: Anabel Denápole, María Eugenia Gómez, Victoria Sarchi, Emiliano Marino, Sol Montero, Alejandro Robles / Músicos en escena: Franco Giambartolomei, Ezequiel Quinteiro / Luces: Diego Bellone / Escenografía y vestuario: Carolina Beltrán / Asistencia de dirección: Verónica Parreño / Sala: Teatro del Pueblo (Av. Roque Saénz Peña 943) / Funciones: sábados, a las 20 / Duración: 60 minutos.

Fuente: LA NACION

En la figura más extrema del patriarcado, ese que domina y opera en los derechos laborales, en los prejuicios, en los maltratos, la mujer se reduce y sus deseos desaparecen. La mujer se cosifica, se vuelve objeto, pertenencia de alguien. Un hombre se adueña de la que considera su mujer, se adueña de sus derechos para luego conquistar su identidad. Se borran entonces sus señas particulares. Esa es la historia de Como una estrella se apagada, una mujer en medio de la sumisión y del maltrato; la que no se siente dueña de su vida.

Miguel vuelve a su casa después de cinco años de haberse marchado sin decir una palabra, sin comunicarse con su mujer y su madre a quienes abandonó. Abandonó, sí, porque en ese contexto rural en el que la figura del hombre parece fundamental para la subsistencia, estas mujeres debieron reinventarse para sobrevivir. Por supuesto, lo lograron. Juntas, estrechando lazos, con el amor y la dulzura, con sus perros como compañeros -en escena representados por dos actrices que además cantan en algunos pasajes de la obra-, emprendieron el duro viaje que implica vivir con la amargura de saberse abandonado. Pero un día Miguel vuelve. Y su mujer, suya, sí, él así lo entiende, ya no lo esperaba. Había entendido que eso no quería y en cambio había encontrado el amor en otro hombre que sí la respetaba y la amaba.

Las dudas sobre qué le está permitido a la mujer se hacen presentes en la pieza. Miguel las culpa por todo, incluso por haberse ausentado todos estos años. Los perros merodeando por los alrededores de la escena dan cuenta de que la homologación entre mujeres y animales ahí está presente. Y la metáfora se vuelve clara y contundente a medida que avanza la acción. Él se cree dueño absoluto de todo lo que sucede en el valle. Y enfrentarse a la convicción de ellas lo expone en toda la brutalidad y crueldad.

La puesta es sencilla, unos pocos objetos que se suman dan la idea de casa rancho en medio de un valle de Catamarca. La música en vivo acompaña la escena y la baña de localismos. Las actuaciones, algo desparejas por momentos, seguro se irán acomodando a ese texto que exige acentos.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.