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River sacó la cabeza del pozo y volvió a ver la luz

Claudio Mauri
Claudio Mauri LA NACION
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14 de marzo de 2018  • 23:25

No fue como la final de 1976, cuando el Pato Fillol se quedó atornillado al piso armando la barrera mientras el Chapa Suñé lo sorprendía con la rápida ejecución del tiro libre. La definición de anoche tuvo a un Armani que volaba de un lado al otro y salía a tapar cuando parecía que River no hacía pie, que el techo se le caía encima. A partir de todo lo que Armani tapó en su arco cuando el partido estaba 1-0, River pudo llegar al otro para que Scocco coronara un contraataque bien conducido por Nacho Fernández y Pity Martínez. 2-0, una diferencia impensada, y también un tanto exagerada a la luz del desarrollo, la que estableció River para levantar la Supercopa Argentina con Boca rendido a sus pies. Una imagen que contradice lo que viene siendo el año de uno y otro, con 26 puntos de diferencia entre uno y otro por la Superliga. El fútbol siempre suele tener estos giros que River ahora tanto agradece.

Pocas cuestiones con menos puntos en común que entre Stephen Hawking y el fútbol. Sin embargo, en alguna medida, River le rindió un homenaje al científico inglés en el día de su muerte. Hawking investigó los agujeros negros que retienen energía durante un tiempo antes de liberarla. Eso fue River: venía en un pozo, en el que acumuló orgullo y vitalidad para soltarlos contra este Boca tan dominante del cosmos argentino.

La final más riesgosa le terminó sirviendo a River para hacer catarsis y alcanzar la redención. Para ponerle una bisagra a su opaca actualidad. Desde anoche la ve con ojos más optimistas, le volvió la confianza. No tanto porque haya experimentado una marcada mejoría futbolística, sino porque supo sufrir y aguantar en tiempos en los que lo más normal era verlo desmoronarse.

Con el presente que dio la vieja guardia (Pity Martínez, Ponzio, Nacho Fernández), más las estupendas atajadas de uno de los últimos refuerzos (Armani), River se dio una alegría que la necesitaba como agua en el desierto.

No fue una gran final porque el momento de River es de discreto para abajo y Boca cayó en más intermitencias de las habituales. Si a eso se le suman la presión y los nervios de una definición, es fácil concluir que el nivel general fue chato.

Este River que había perdido el sentido de la oportunidad, golpeó en los momentos justos. Con el penal de Martínez, cuando Boca había comenzado un poco mejor, y con la estocada de Scocco, respuesta a un rival que lo tenía contra las cuerdas y con Armani como mayor sostén.

En noviembre, River se vino abajo tras la insólita eliminación ante Lanús por la Libertadores. Cayó en un pozo negro, profundo y extenso en el tiempo. Anoche sacó la cabeza, liberó la energía que tenía adormecida, y volvió a ver la luz.

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