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Colombia ingresa, de lleno, a su etapa electoral más difícil

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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15 de marzo de 2018  • 01:37

Las elecciones legislativas colombianas realizadas el domingo pasado confirmaron la existencia de una profunda grieta política que parece dividir a la sociedad colombiana. Esa grieta es la conformada por la aprobación o el rechazo de los Acuerdos de Paz suscriptos por el presidente Juan Manuel Santos con las FARC. Esto es lo que aparentemente surge del reciente veredicto de las urnas. En el Senado, los partidos de centro-derecha -que cuestionan esos Acuerdos- obtuvieron 53 bancas. Los que, en cambio, responden a la centro-izquierda, lograron sólo 47. No obstante, si se computan las 5 bancas que van directamente a las FARC en función de los Acuerdos de Paz y las dos que corresponden a los pueblos originarios, la paridad relativa aparece con alguna claridad. Algo parecido ocurrió también respecto de la Cámara de Representantes.

El domingo pasado se realizaron asimismo las "primarias" de los partidos de centro-derecha, así como las de las agrupaciones de centro-izquierda. Ellas -como se esperaba- consagraron al joven abogado y senador Iván Duque, del Centro Democrático, el partido que responde al ex presidente Alvaro Uribe. Además, al ex alcalde de Bogotá, el economista Gustavo Petro, que será el candidato de la centro-izquierda.

El próximo paso es el de las elecciones presidenciales, en las que se enfrentarán los dos líderes políticos antes nombrados. La primera vuelta será el 27 de mayo y, si ninguno de los candidatos obtiene en ella más del 50% de los votos, la segunda tendrá lugar el 17 de junio.

Como también se esperaba, el proceso de las elecciones legislativos estuvo enturbiado por una dosis lamentable de violencia. En los últimos días ella afectó, en Cúcuta, a la campaña del líder de la izquierda, Gustavo Petro y, en el otro extremo del país, también a quienes responden al incansable líder de la derecha colombiana, Álvaro Uribe.

Las encuestas sugieren que, en un ambiente de alta volatilidad, existe una relativa paridad en las intenciones de voto que cosechan tanto Iván Duque como Gustavo Petro. Lo que es una sorpresa en un país donde tradicionalmente los candidatos del centro del espectro político han encabezado las preferencias de los votantes.

Hablamos de la cuarta economía de la región y del aliado más cercano de los EE.UU. en América Latina, circunstancia que posibilitó que en su momento Colombia pudiera, a duras penas y con un elevado costo, escapar a las garras de las FARC cuando, desde la violencia, pretendían convertirla en otra Cuba.

El mencionado Gustavo Petro, nacido en 1960, militó en la guerrilla. En el M-19, antes de ser electo alcalde de Bogotá, para terminar siendo removido de ese cargo, en el 2013. Hoy lidera una coalición de izquierda denominada "Colombia Humana". Su programa de gobierno tiene fuertes paralelos con el del líder izquierdista mexicano Andrés Manuel López Obrador, quien por su parte ha sido catapultado a la primera fila de las expectativas políticas mexicanas por obra combinada de los errores y desplantes del presidente norteamericano, Donald Trump.

Las FARC participan hoy en el proceso político colombiano transformadas en un partido político más. Su candidato, Rodrigo Londoño, nunca pudo -hasta ahora, al menos- entusiasmar a sus connacionales. Lo que no debiera extrañar demasiado, desde que, para muchos, no es fácil olvidar las muertes y la devastación sembrados por él y los suyos durante las más de cinco décadas de duro conflicto armado interno.

No obstante, en función de los Acuerdos de Paz, esa agrupación marxista tiene aseguradas 10 de las 268 bancas que componen el Poder Legislativo bicameral colombiano. Una inesperada falencia cardíaca del referido Rodrigo Londoño contribuyó, de repente, a descarrilar del todo al que ha sido el primer intento de las FARC de tratar de asomarse al gobierno desde la legalidad, esto es a través de las urnas. Frustrado, como ha quedado visto.

Como en otras latitudes, también en Colombia flota en el ambiente una elevada dosis de insatisfacción con el universo de la política tradicional y de desconfianza respecto de sus principales actores. Esa es, presumiblemente, una de las principales razones de la fragmentación política del país; del descrédito de muchos de sus dirigentes; y del alto nivel de descontento con los partidos tradicionales.

La muy ajustada victoria de la derecha en las elecciones del domingo pasado genera -es cierto- alguna preocupación respecto de la implementación de los Acuerdos de Paz con las FARC, proceso que ya ha comenzado con el desarme de la guerrilla, pero que todavía mantiene algunos capítulos pendientes, como el que tiene que ver con la reforma agraria.

Políticamente las elecciones del domingo pasado han sido una derrota para las FARC individualmente, puesto que obtuvieron sólo el 0,35% de los votos respecto del Senado y el 0,22% de los votos respecto de la Cámara Baja. No obstante el equilibrio relativo entre las fuerzas de izquierda, en general, y las de derecha, que se mantuvo sustancialmente vigente.

El proceso político colombiano transita una nueva etapa de la que el presidente Juan Manuel Santos es el principal testigo y -a la vez- responsable. Esa etapa, para él, comenzó en el 2010 y se cerrará el próximo 7 de agosto. Por el momento, sus esfuerzos por empujar a Colombia hacia una paz completa no han podido incluir el esperado acuerdo de paz con el ELN, que aún se mantiene esquivo. Pero el camino hacia la paz ha comenzado a transitarse y ese es, por cierto, su principal mérito y legado.

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