PENSANDO EN GRANDE, MORES

SU LEMA: TALENTO Y SHOW EN CANTIDAD GENEROSA
Marina Gambier
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27 de junio de 1999  

Dice que era un gurrumín de tres años cuando sus padres lo llevaron a conocer la música. Y no fue casualidad porque los Martínez eran un matrimonio de fanáticos bailarines que gastaban la suela del zapato en cuanto concurso de tango se organizaba en algún club de la ciudad. Vecinos del barrio de San Telmo, orgullosos hijos de inmigrantes españoles. Ama de casa con sueños de violinista, ella. Tibio guitarrista y próspero viajante de comercio, él. Corría la loca década del veinte y Carlos Gardel ya cantaba como ninguno Mi noche triste, el primer tango con letra escrita por Pascual Contursi.

Una noche la joven pareja no encontró quién cuidara del primogénito, así que no tuvo más remedio que llevarlo al baile. "Te vas a quedar acá, quietito", le advirtió su mamá mientras lo acomodaba en una silla frente a la orquesta y taconeaba unos pasitos para entrar en calor. Y Marianito -que dejaría de ser Martínez y pasaría a ser Mores-, con las piernas suspendidas en el aire, pantalones cortos, medias hasta la rodilla, asistió encantado a esa fiesta de violines, piano y bandoneón. Fue el preludio de una vida signada por la música. "Nunca lo olvidé. Estaba embelesado. Cuando volvieron a buscarme lloré a los gritos porque quería seguir escuchando la orquesta... y fijate vos, siempre me acompañó el recuerdo de ese momento", cuenta hoy Mariano Mores, acariciando las teclas amarillas del Stenway de cola negra que domina el living del departamento, una auténtica bohardilla de la gloria. Allí, en vitrinas y paredes exhaustas de obras de arte, yacen cientos de premios, como el Santa Clara de Asís y el Konex de platino. Condecoraciones, placas, medallas y medallitas de la OEA, variopintas instituciones europeas y latinoamericanas, regalos insólitos, hasta el souvenir de un cerezo que en Japón plantaron en su honor. Testigos mudos de la prolífica trayectoria de un compositor que, ante todo, ha llegado a la meta en paz consigo mismo.

"La música me lo ha dado todo -dice-. Y aunque no suene modesto, apareció en mi camino como algo natural. Todo lo entiendo así. Hoy algunos me dicen: ¿vos sabés lo que representás para la música? No lo sé ni quiero saberlo, no tiene importancia. Sólo me interesa lo que humildemente puedo dejar en el corazón de quien entiende y escucha mi manera de decir la música. Porque si algo sé es sacarle las entrañas a una orquesta y a eso llamalo vocación, don o lo que quieras."

La vida, pese a la pérdida de su hijo Nito, ha sido generosa con él. Además de los modales galantes y la estampa siempre endomingada, el maestro -como lo llaman admiradores y amigos- conserva intacta la lozanía de su talento creador. Aunque en últimas entrevistas se le escapen las añoranzas y se empeñe en afirmar que ya no encuentra motivos por los que componer. No importa. Más allá de los memorables setenta temas editados y otro tanto de inéditos registrados en su prodigiosa memoria, mucho le debe la música popular a este notable caballero de 81 años que visitó de frac al tango y lo llevó por el mundo de la mano de las grandes orquestas.

Si existe el destino, el suyo estaba escrito en un pentagrama. O al menos su padre no estaba dispuesto a que el mayor de los siete hijos rompiera con las expectativas del resto de la familia: sería concertista de piano. Y hacia allí se encaminó su existencia cuando se mudaron a Tres Arroyos y estrenó un piano brillante y hermoso para practicar las lecciones que a los 7 años le daba su primer maestro. La cosa marchó sobre rieles hasta que el alumno tropezó con la clave de fa.

"En aquella época todos los chicos tenían que saber un instrumento, y una vez por semana se acostumbraba escucharlos tocar en casa de algún familiar. Mi abuelo era flautista y director de una banda, y le preocupaba que yo no aprendiera a solfear bien. Lo triste fue cuando al cabo de unos meses el profesor me mandó de vuelta a lo de mi tío diciendo que no quería robarles la plata, porque al chico no le gustaba la música -recuerda-. Y, la verdad, lo tenía cansado: me costaba la clave y quería jugar a la pelota con mis amigos, nada más. Nadie sabía cómo darle la noticia a mis padres, estaban tan ilusionados. Por eso insisto en que a la música hay que aprenderla de muy chico. Discépolo, por ejemplo, era un maravilloso compositor de oído, pero no sabía nada de música ¡y eso que su padre era contrabajista del Colón! A veces decía: Che, no hay caso, no me entra en la cabeza. Intentó tanto el pobrecito." El desengaño tuvo la gravedad de un incendio. Una catástrofe. Tan tremendo fue el disgusto que los Martínez vendieron el piano y cerraron para siempre el capítulo del concertista frustrado que no terminó en penitencia porque, a pesar del capricho, sus padres eran comprensivos. De no haberse mudado al barrio de Flores seis meses después, asegura, quizá se hubiera convertido en un buen periodista o un destacado artista plástico. Pero siendo un purrete de escasos 9años escuchó los suspiros de un piano que salían del almacén de la esquina. "Me asomé a la puerta y vi a una niña tocando aquello que yo no había podido aprender. Sonaba bellísimo. El almacenero me propuso aprender, porque la maestra era su hermana, y como yo no tenía dinero para pagar, acordamos en secreto que me descontaría 100 gramos de cada compra hasta juntar los 5 pesos que costaba la clase. Nunca me cobraron. Aprendí como un loco. Me entusiasmé tanto que pasé el solfeo y al año me recibí de maestro. Tenía 10 años."

El trueque de corcheas por gramos de polenta le devolvió la alegría a los Martínez. Vuelta a comprar un piano y a salir corriendo en busca de un conservatorio donde pulir la joyita. Fue la profesora Amelia Faguaga la que dio el veredicto definitivo: "Sí, señor, tiene talento". Cursó el profesorado, y en tres años -cuando la carrera demanda diez- se recibió de profesor de solfeo, piano y armonía. Su padre explotaba de orgullo.

"Papá era un melómano, un divino. Al tiempo tuvo que viajar a Europa por trabajo y nos llevó a todos, ni pensó en separarnos. Yo conseguí una beca en la Universidad de Salamanca para seguir estudiando, pero la guerra civil española nos corrió, y se nos habían terminado los medios para vivir bien. Papá era muy exquisito, tenía un corazón muy generoso y cuando volvimos a la Argentina obtuvo un cargo muy importante en la Chade, la compañía de luz. Ahí empezaron nuestras desgracias. Algo raro encontró y lo despidieron. Estuvo mucho tiempo sin trabajo, desesperado, y encima a mí no me tomaban en las radios. A los tres meses se nos fue y nos quedamos muy solitos."

Según los entendidos y Mariano Mores, el autor, Uno y Adiós, Pampa mía figuran entre los diez tangos de mayor difusión mundial en la historia, y este último ha sido traducido a más de 180 idiomas. Hasta Luis Miguel y Julio Iglesias entonaron su propia versión de Uno. Sólo por las ventas de ambos, Mores recibió la friolera de 26 discos de oro y platino. Algo que jamás hubiera imaginado a los 14 años, porque Marianito se convirtió en tal cuando la mishiadura le obligó a abandonar a Litz, Albéniz y Chopin.

Eso sucedió en 1936, la tarde en que la desesperación lo llevó en tranvía por la calle Corrientes, dispuesto a conseguir cualquier trabajo para poder mantener a su madre viuda y a sus seis hermanos. Quiso la suerte que pasara por el café Vicente, exactamente enfrente del Germinal -Corrientes al 900-, y viera un cartel escrito a mano donde se solicitaba pianista capaz de leer un pentagrama de corrido y tocar música internacional. A las 8 en punto del día siguiente, y de punta en blanco, detalle que no ha descuidado jamás, dio la prueba. Lo tomaron.

"¡Mirá lo que son las cosas!, este bar quedaba entre Suipacha y Carlos Pellegrini. En ese ínterin muere Gardel, y en el zaguán de al lado comenzaba la editorial de Julio Korn... Nada menos que Julio Korn. Ponían música de Gardel todo el tiempo y me enamoré de su voz. Esa fue mi inspiración, y creo que gracias a él nací como compositor. Quería ser un compositor de tango diferente a los demás. Con esa idea concebí Cuartito azul, que es muy romántico y afrancesado. Encontré el Mariano Mores que quería para mi futuro, con más romanticismo que carga dramática."

Al poco tiempo de acompañar en el bar Vicente a estrellas de renombre, comenzó a estudiar en la Academia Padi, entonces capitaneada por el poeta Luis Rubinstein. Se dedicó a componer y a dictarle algunas clases a un dúo de graciosas señoritas con quienes luego debutó en radio. La fama no tardó en bendecir al Trío Mores. Desde ese momento, completó su nombre artístico con el apellido del dúo y se ennovió con una de las integrantes. A la fecha, lleva seis años de novio y 57 de feliz matrimonio con Mirna.

Era un pibe de 16 cuando compuso Cuartito azul, ópera prima bautizada así en homenaje a su cuarto, que daba a la azotea de una casa que alquilaba en la calle Terrada. Como las paredes se descascaraban seguido y no tenía demasiado dinero, la pintaba cada quince días con cal y azul de lavar la ropa. Al año de su primer éxito como compositor, conoció a Ivo Pelay, a Francisco Canaro, que grabó el tema y le abrió las puertas de su orquesta, como brazos maternos.

"Me quedé una década con él. Fue un padre para mí, una de las personas más importantes de mi vida. Nunca más toqué solo en el bar Vicente. ¡Qué increíble! ¡Cada vez que pienso que ya no hay orquestas así...! ¡Se terminaron todas! ¡No le dan trabajo a nadie! Yo creo que hay mucha gente joven que está intentando crecer, pero son mediocres. Te presentan un violín, una guitarra y un contrabajo acompañando a un cantante y a eso le llaman orquesta. No es así. Yo cambié ese concepto. Tiene que haber esplendor, la gente debe recibir al tango con una expectativa romántica, con colores y emoción. Es mi manera de saborearlo."

El compositor creció. Sus piezas fueron verdaderos sucesos y tuvo la lucidez suficiente para unirse a los mayores poetas del momento. Mario Battistella, letrista de Gardel, escribió Cuartito azul; luego, José María Contursi hizo lo propio con En esta tarde gris, Gricel, Cada vez que me recuerdes, Cristal y Tu piel de jazmín. Con Enrique Santos Discépolo formó una alianza fecunda: Uno, Sin palabras y Cafetín de Buenos Aires. Con Enrique Cadícamo, A quién le puede importar y Copas, amigos y besos. Esto es una muestra incompleta de la obra del chico que tenía problemas con la clave de fa.

Aprovechando el garbo de galán, en 1947 decidió abandonar la orquesta e intentar suerte en un set de filmación. "Vos ya tenés pantalones largos y podés andar solo", lo palmeó en la espalda Canaro. Y así se largó. Durante dos años produjo y protagonizó la comedia musical El otro yo de Marcela. También películas de relativa trascendencia, en las que compartió cartel con las actrices Mirtha Legrand y Diana Maggi, entre otras. Ese actor que lleva dentro le ha puesto un sello a su estilo, definición que no le gusta, menos si los críticos sintetizan como histriónico su perfil musical.

Bon vivant y coleccionista exigente: las paredes de sus casas de Punta del Este, Mar del Plata y Buenos Aires están abarrotadas de cuadros y objetos valiosos, en su mayoría obsequios de famosos artistas.

Viste traje de shantung, riguroso pañuelo al tono asomando por la solapa, zapatos que refulgen de tan limpios. Un anillo de oro en el meñique, la pulserita para el reuma y una tirita de gros celeste: Menem 99, que el primer mandatario, de quien se reconoce amigo, le regaló para la buena suerte. Mariano Mores luce la piel de un caballero recién plantado en la mitad de la vida. Y no es poca cosa, si se tiene en cuenta que el último de los próceres de la música popular cumplirá el próximo siglo 82 pirulos, según confiesa alegre y sin pudores. Toca el piano mientras Federico, su perro salchicha, lo mira atentamente, como adivinando los acordes.

"No es por mandarme la parte, pero una vez el Presidente me dijo que yo era el hombre más elegante de la Argentina. Yo sostengo que es al revés, él siempre está hecho un lord inglés. A mí sólo me gusta cuidar la pinta", afirma.

Después de abandonar las marquesinas de Corrientes, tomó la batuta, formó orquestas majestuosas de más de 30 músicos y salió de gira por el mundo. Quizás entre sus aportes, ése sea justamente el mayor: sacar la música popular del barrio, darle un carácter menos localista.

Con ese propósito, rompió con las formaciones musicales llamadas típicas en las primeras décadas -violín, piano y bandoneón- y formó grandes orquestas líricas. Y en adelante nunca paró: hoy lo reciben en el Lincoln Center de Nueva York, el Covent Garden de Londres y en Japón.

"Cuando salgo al exterior para llevar nuestra música, debo mostrarla en toda su grandilocuencia. Es así como lo siento. Lamentablemente hoy el tango se conoce afuera por intérpretes regulares y orquestas medianas. Los arreglos son desarreglos, salvo contadas excepciones, como Julián Plaza o Raúl Garello. Yo cierro los ojos y sueño con una orquesta de 300 músicos, con mis amigos que ya se fueron. José Contursi, Troilo, mi hermano, Discépolo, Manzi, el gran Canaro. Es una lástima que no les den la importancia que merecen. No sé cómo me recordarán algún día, pero sé que le he dado a la música nacional lo mejor de mí. Al menos, no habré pasado por la vida en vano..."

El autor de casi todo

A los temas citados en la nota, se suman otros, igualmente notorios: por ejemplo, Oro y Gris, El estrellero, La calesita, Cada vez que me recuerdas, Gricel, En esta tarde gris, Cristal, A quién le puede importar, Frente al mar, Por qué la quise tanto, El firulete, Taquito militar, Tanguera, entre otros, y Una lágrima tuya, con letra que Manzi escribió en su lecho de muerte. Junto a Andrés Calamaro estrenó Jugar con fuego, un intento de aproximarse al rock.

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