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Ballet

Agatha Ruiz de la Prada le puso un nuevo look a la Bella Durmiente

Constanza Bertolini
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16 de marzo de 2018  • 09:00

MONTEVIDEO.- Jueves, 19.35, backstage del Auditorio Adela Reta. Pregunta él, alto, moreno, mientras espera el ascensor: "¿Llevarías un vestido fucsia en la fiesta de tu boda?". Responde ella, ataviada en una suerte de miriñaque con esferas naranjas, moradas y amarillas: "Y bueno, si el príncipe fuera realmente azul…". El diálogo podría ser imaginado. Pero no. Anoche, antes del estreno, todavía se escuchaban algunas dudas en los pasillos donde trabaja el Ballet Nacional del Sodre (BNS). Quizá fuera por los nervios de la primera vez, que siempre invitan al titubeo al mismo tiempo que habilitan a liberar esa mezcla de tensión y alegría que combina todo debut. En medio de una explosión de colores, algunos se enrolaban decididamente en la fila de los clásicos; otros levantaban la mano en nombre de lo rupturista. Pero finalmente todos, unos y otros, daban fe de lo trabajoso que fue este juego en el que se animaron a participar, un juego que iba muy en serio: preparar una nueva puesta de La Bella Durmiente con el imaginario de la diseñadora Agatha Ruiz de la Prada es definitivamente una apuesta innovadora.

Algunas horas más tarde, pasada la primera de una serie de funciones que la compañía oficial de danza uruguaya presentará hasta fin de mes, la posición ya era unánime. La conjunción del universo fantástico ideado por condesa de la moda española y la versión coreográfica del argentino Mario Galizzi, que respeta la pieza más que centenaria de Marius Petipa, logra transformar lo clásico en contemporáneo, y devuelve al cuento de Aurora, las hadas y el beso de amor verdadero al terreno donde mejor respira, al mundo de la infancia.

El nuevo director del BNS Igor Yebra, la diseñadora Agatha Ruiz de la Prada y Julio Bocca
El nuevo director del BNS Igor Yebra, la diseñadora Agatha Ruiz de la Prada y Julio Bocca Crédito: Pancho Pastori / BNS

La idea de ponerle la cinta de capitana de este proyecto a Agatha Ruiz de la Prada fue de Julio Bocca , que durante su gestión y hasta diciembre pasado condujo al BNS al éxito. Fue hace un par de años que durante un programa de televisión, en vivo, comisionó a la locuaz diseñadora un vestuario que le quitara a este ballet del repertorio tradicional esa pátina grisácea que él siempre creyó que tenía. Y el gris –o más bien el negro y todas sus escalas– es un tono prohibido para esta mujer de espíritu inquieto, feminista de la primera hora, que exuda color. Así, con lo geométrico como leit motiv –aunque bien podrían haber sido sus famosos corazones o flores o nubes que estampa y recorta en todo lo que toca–, compuso el universo fantástico donde transcurre ahora la historia de la niña que recibe la maldición del largo sueño. Se entusiasma el bilbaíno Igor Yebra, flamante director del Ballet del Sodre, que hace su presentación formal al frente del elenco con este título: "Hay que dejar los prejuicios de lado. En un mercado tan competitivo, con esta Bella durmiente podemos salir al mundo, porque nadie tiene una similar. Y ya me la han pedido."

Agatha Ruiz de la Prada detrás de escena. Crédito: BNS

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Desde el prólogo que abre el telón, con el bautismo de Aurora, hasta la boda del final, y principalmente en estas escenas que llegan a tener hasta cincuenta bailarines, la paleta de Agatha Ruiz de la Prada despliega su esplendor. Ya no estamos frente a la Francia de Luis XIV ni en el barroco posterior. La historia se desarrolla en un tiempo indefinido, donde imperan las esferas, los semicírculos y los globos. El Rey Florestán y la Reina llevan unas capas voluminosas que pesan 8 kilos; las hadas no son blancas –las hay verdes, plateadas, arcoíris- y la malvada Carabosse, quien dicho sea de paso precisaría un poco más de furia, viste de rojo diabólico. Sin embargo, en plena fantasía, ninguna gama es caprichosa y cada cosa está en sulugar, porque al turno de las Joyas se las verá en plata y oro, el Pájaro Azul preferirá el turquesa y el príncipe… Sí, el príncipe Desiré será azul (eléctrico). La nueva producción –cuyo costo de inversión parece el secreto mejor guardado de Montevideo y sus alrededores– se completa con una escenografía de recortes muy sugestivos de Hugo Millán, que también le hace honor al cuento, y es en buena parte responsable de la armonía que hay en escena. No es menor el rol de un tercer componente, la luz, nada sencillo de manejar en medio de semejante estallido cromático y, sin embargo, con claros méritos.

Agatha Ruiz de la Prada con el rey y la reina: sus capas pesan unos ocho kilos
Agatha Ruiz de la Prada con el rey y la reina: sus capas pesan unos ocho kilos Crédito: Pancho Pastori / BNS

Ni la innovación ni el arrojo tendrían sentido si la coreografía no se mantuviera incorruptible. Allí está la clave. Aunque el traje que Galizzi lleva esta noche de estreno no tenga nada que ver ni con el primero, ni con el segundo ni con el tercero que en solamente tres horas vistió Agatha, la comunión de sus ideas se celebró en un cóctel donde ella sugirió, sin ocultar el entusiasmo, que por qué no llevan esta obra a México, donde el coreógrafo argentino dirige al ballet nacional.

Volviendo a la función, les tomó unos minutos al cuerpo de baile y los solistas encontrar el punto de ajuste y la precisión de esta exigente obra. Pero para el segundo acto –fue un gran acierto conservar el tul para ambientar la escena onírica de la visión– la compañía ya lucía en admirables unísonos. En ese plano teñido con el color del hada buena, el lila, se apreciaron las líneas de la brasilera Joyce Alves, altísima. El tercer acto, como se sabe, fue una verdadera fiesta, y merecen destacarse las secuencias grupales tan complejas. En el pas de deux del final de esta boda, la primera bailarina María Riccetto y su partenaire Gustavo Carvalho confirmaron el nivel que tienen al frente de un elenco de intérpretes muy jóvenes. Repatriada desde el ABT de Nueva York por Bocca hace unos años y ungida en 2017 con el premio internacional Benois de la Danse, Riccetto demuestra con su sobria, sutil y precisa actuación que una gran bailarina no tiene por qué ser grandilocuente. Los uruguayos la adoran y festejan su estrellato con un sonoro aplauso.

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