Una gala tan neutral como diversa

Gabriel Tomich
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17 de marzo de 2018  

La neutralidad está en la esencia del Estado suizo. Lo ha probado sobradamente a lo largo de su historia. Trasladado esto al ámbito de los automóviles, es claro que en el Salón de Ginebra nadie juega de local. Sin que importe su procedencia, las grandes marcas, en especial las francesas y las alemanas (que ostentan grandes despliegues en París y Fráncfort, según corresponda), aquí cuentan con espacios y ubicaciones más o menos similares.

Esa misma neutralidad y el hecho, también conocido, que en Suiza se deposita una buena porción de la riqueza del planeta, tanto en sus bancos como en las cuentas de muchos extranjeros que se refugian en la Confederación Helvética para disfrutar de menos impuestos, hace que el poder adquisitivo de mucha gente sea muy alto. Esto da paso a un fenómeno que es más raro en otros salones: la exhibición de increíbles hypercars que cuestan millones de euros.

Si bien los organizadores del Salón destacan la participación de numerosos vehículos ecológicos (políticamente correcto en la actualidad), eléctricos y autónomos, lo cierto es que aquí pueden sumarse varios miles de HP con modelos equipados con motores térmicos.

Así, Ginebra es una muestra ecléctica por antonomasia y una vidriera para todos los fabricantes, del más grande al más pequeño. Por eso, sin escalas se pasa de apreciar un superdeportivo de raza como el Pagani Huayra Roadster al más exótico de los concept cars, como el Renault EZ-GO o prototipos como el I.D. Vizzion de Volkswagen o nuevos sport de competición como el Toyota GR Supra Racing Concept; sin olvidar el lanzamiento mundial de modelos de calle de alta gama como el Peugeot 508 o el SUV BMW X4. En suma, una muestra para todos los gustos y billeteras.

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