Dybala, el crack que necesita descolgar el póster de Messi

Román Iucht
Román Iucht MEDIO:
Messi y Dybala en un encuentro por Champions League en noviembre pasado
Messi y Dybala en un encuentro por Champions League en noviembre pasado Fuente: AFP - Crédito: Marco Bertorello
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16 de marzo de 2018  • 00:01

"Paulo, no Pablo. Me llamo Paulo".

Corrían los primeros días de julio de aquel frio invierno de 2012 y los hinchas de River y San Lorenzo sentían que la peor parte de la pesadilla había finalizado. Almeyda, en su primera incursión como entrenador, lograba ganar el fatigoso y angustiante campeonato de la B Nacional y Caruso Lombardi, llamado especialmente para apagar el incendio en el que estaba metido el Ciclón, confirmaba sus dotes de bombero para imponerse en la siempre traicionera Promoción.

Luchando contra esos dos gigantes, el Instituto de Darío Franco se deshilachaba en la última fecha del torneo y en el cruce ante los de Boedo dejaba pasar su segunda chance. Con casi una veintena de goles en la temporada y como una aparición tan fresca como explosiva, Paulo Dybala, el zurdito de Laguna Larga seguía explicando cada tanto que su nombre tenía una "U" en el lugar en donde muchos seguían poniendo la "B".

Lo que vino después fue meteórico y mucho más conocido. Su calidad, su pegada y sus goles llenaron un par de valijas para cruzar el charco y deleitar a los hinchas del Palermo con un ascenso incluido. Luego la Juventus, el apodo de "La Joya", los títulos con el equipo más poderoso del calcio y las fotos en diarios y revistas. Lo que en la vida de cualquier jugador puede demorar una década, en la suya demoró apenas un lustro.

Pero como pasa siempre en la vida de cualquier mortal, la profesión tiene vaivenes y los de Dybala llegaron a la hora de vestir la camiseta de la selección. Un debut con expulsión ante Uruguay ya marcó un inicio entre arenas movedizas. El resto no fue mucho mejor. La indefinición de un estilo que marcó al ciclo de Bauza no resultó el mejor hábitat para el crecimiento en el seleccionado. Dybala se estancó al igual que el equipo y aunque la llegada de Sampaoli trajo ilusión, la urgencia por la clasificación sumada al escaso tiempo para trabajar hizo poco para mejorar lo que había empezado a los tropiezos.

En tiempo presente el panorama está bien claro. Dybala habita un lugar en el campo similar al de Messi en el Barcelona. Frente a esa coyuntura, no hay debate posible. Sin embargo lo interesante del cordobés es su respuesta ante la adversidad.

Cuando un jugador de promisorias condiciones aparece con la fuerza de lo desconocido, el apartado fundamental para ver su fortaleza es observar como saldrá del bajón que tarde o temprano en algún momento golpeará su puerta. Es allí en donde se aprecia su dureza mental, ese hambre de gloria llamado fuego sagrado que marca la distancia entre vivir de "ser jugador" o además querer escribir la historia.

Luego de un bajón pronunciado que lo eyectó del equipo titular en la liga italiana, sumado a un desgarro que lo postró durante casi seis semanas, la resultante fue su ausencia en la lista de convocados para los amistosos ante Italia y España. Con el Mundial Rusia 2018 a la vuelta de la esquina lo único que no sobra es tiempo, pero todos los actores de esta historia saben que el desenlace aún no ha sido escrito.

Su último gol de tiro libre, desde atrás del arco

En el desarrollo cada uno deberá hacer su parte del trabajo. El de Dybala será bajar el póster de Messi de su cuarto y dejar de admirar al mejor de todos para buscar una convivencia complementaria en el campo. Salvo los malintencionados, todos los futboleros entendieron su "sincericidio" cuando confesó su dificultad para jugar al lado del mejor de todos.

El de Sampaoli, finalmente el dueño de todas las decisiones, pensar la manera de aprovechar a un jugador diferente, pero dentro de la lista. Ya sea como alternativa de Leo si en algún momento puede descansar, cuidando la pelota en el tramo final de un partido o aprovechando su habilidad para atacar haciendo uso de su gambeta, el cordobés tiene recursos de sobra.

Goles de todas formas y colores, en su liga y en la Champions fueron la respuesta contundente en las últimas semanas.

Dybala se juega con personalidad, gambetas y goles sus últimas fichas. Podrá estar en Rusia o quedarse afuera, pero decidió no guardarse nada y aclarar lo que sea necesario con su fútbol como bandera.

Menos su nombre. Ya nadie lo confunde. El mundo entero sabe que se llama Paulo.

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