Anatomía de la prudencia obligatoria

Diego Sehinkman
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18 de marzo de 2018  

"Hubo una palabrita que me cambió la vida. Fue cuando dije shock en la publicidad de Jabón Cadum, en 1969". Shock dijo Susana y, efectivamente, le cambió la vida. Shock dijo Menem en 1991, cuando instaló la convertibilidad de un día para el otro, y cambió la suya. Y shock dijo Remes Lenicov en 2002 y devaluó y pesificó. Pero acá viene lo notable: cuando un año antes Ricardo López Murphy, para evitar el iceberg, anunció un recorte fiscal de 2 mil millones de pesos, en vez de shock le dieron un shot.

Hoy el peronismo, los gremios, la izquierda, la Corte (recuérdese la impugnación a suba de tarifas), los movimientos sociales, el papa Francisco y gran parte de la sociedad, le advierten al presidente: "si proponés shock, shot". La primera moraleja de este cuento es que, salvo que seas Susana o un presidente peronista, aplicar shock da "un jabón bárbaro".

¿Por qué Menem y Remes pudieron hacer políticas de shock y Macri no? Porque la Argentina es un autito chocador. Hasta que no choca, no dobla. El choque es la llegada de una crisis. ¿Pero quién define qué es crisis? He aquí la cuestión. Como en nuestro país todo es debatible, subjetivo y los indicadores no siempre son fiables o, si lo son, viene un opositor y los relativiza, el único momento en que todos nos ponemos de acuerdo y aceptamos la necesidad de un cambio es cuando tenemos el volante hundido sobre el pecho y sale olor a quemado del motor.

El fallecido Oscar Lescano, histórico secretario general de Luz y Fuerza, describió el inicio del menemismo en un párrafo: "A los 20 días que Menem asume nos llama a una reunión donde participamos unas 25 personas y nos dice '¿Con quién me caso? ¿Con la Unión Europea o con los americanos?' Ahí saltó Jorge Born y dijo: 'Yo estoy de acuerdo con los americanos porque ellos me van a dar muchos préstamos, mucho dinero'. Era lo que necesitábamos para despegar el país, estábamos muertos. Menem dio una cifra que no recuerdo exactamente, pero era una cifra insignificante y era todo lo que había en el Banco Central. Dijo que con eso no se podía hacer nada y que había que decidir quién nos iba a prestar la plata. ¿Cómo seguían funcionando todas las empresas que eran del Estado? Estaban todas quebradas".

Sólo a partir de esos hierros retorcidos que relata Lescano, Menem pudo avanzar con la reforma del Estado y la convertibilidad, con los claroscuros que todos conocemos de aquellos años.

¿Entonces crisis era eso que ocurría en el 89, con un estado ineficiente y "elefantiásico", una híper que licuaba los australes y los teléfonos públicos naranjas vandalizados? No, el umbral todavía podía correrse más arriba y ocurrió en 2001, el año en que se resignificó para los argentinos la noción de crisis.

Ya no había australes líquidos, sino pseudomonedas. La gente concurría a los "nodos", o clubes del trueque, para canjear una torta casera por una clase de yoga. Florecían los locales de productos de limpieza genéricos para llevar tu botellita y rellenarla con detergente. Y las motos iban a contramano por avenida Corrientes, rompiendo vidrieras mientras la policía disparaba en Plaza de Mayo. El orden institucional estaba quebrado. Todo eso nos pasó y quedó grabado a fuego en el inconsciente colectivo. Esa crisis tangible, palpable, llena de imágenes y olores que jamás olvidaremos reformuló nuestro "set mental". Para los argentinos, crisis es 2001.

Por eso Cambiemos tiene un gran problema. Cada vez que aprieta el acelerador para "evitar la crisis", gran parte de los actores sociales lo obligan a ir más despacio porque no están convencidos de la gravedad de la situación.

Una persona se somete a una cirugía mayor solo si cree que está en riesgo su vida. El tamaño del bisturí es proporcional al tamaño de la crisis percibida. El gobierno entendió que el gradualismo no es una opción, sino una imposición del paciente.

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