Putin, un zarismo remozado que ocupó los viejos palacios

Gélido y hábil. El presidente ruso, que hoy se apresta a ser reelegido, reconcilió la herencia zarista y la comunista en un nacionalismo duro que apuntó a restaurar el orgullo de un país herido
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18 de marzo de 2018  

Crédito: Yuri Kadobnov/AFP

Por Martín Baña y Pablo Stefanoni. Para La Nación

Putin como un yudoca en acción; Putin sin camisa, con un rifle con mira telescópica; Putin acariciando un leopardo, guiando desde un ala delta la migración de las grullas, montado en una Harley junto a los Lobos de la Noche -una suerte de Ángeles del Infierno rusos-, colocando un rastreador a un cetáceo ártico, bajando en un minisubmarino a buscar tesoros marinos, respondiendo al "saludo" de una paloma. Las imágenes muestran al presidente ruso como un líder nato, pleno de habilidades y, sobre todo, de capacidades para volver a ubicar a Rusia como una gran potencia en el concierto global.

Con competidores excluidos de la contienda electoral -como el líder opositor Alexei Navalny-, un fuerte control del Estado, persecución a disidentes, uso de las abundantes reservas de gas como base de sus políticas económicas y sociales, y una eficaz maquinaria de propaganda, pero también dueño de una gran popularidad, el presidente ruso, según todas las previsiones, será reelegido hoy una vez más y sumará un nuevo periodo a sus 18 años en el poder como presidente o primer ministro.

El antes poderoso Partido Comunista, en estos años ubicado como una oposición funcional al Kremlin, lleva como candidato independiente al empresario agrícola Pavel Grudinin, director del sovjós Lenin, una empresa productora de frutas y de productos lácteos. Por su parte, la joven periodista y modelo Ksenia Sobchak, que los medios llaman "la Paris Hilton rusa", con sus propuestas de transparencia, su estilo desacartonado y las acusaciones de que su candidatura sería funcional a Putin, atrajo las miradas sobre una campaña que el presidente observó desde arriba, sin descender a los virulentos debates televisivos. En uno de ellos, Sobchak le arrojó un vaso de agua en la cara al filofascista Vladímir Shirinovsky, que la había insultado.

El orgullo nacional

El jefe del Kremlin le dijo una vez al periodista Oleg Blotsky que, de haber triunfado el golpe contra Mijaíl Gorbachov en 1991, él hubiera perdido su trabajo en la alcaldía de Leningrado y se habría hecho taxista con el Volvo comprado en Alemania con su salario de la KGB. Pero el golpe no triunfó y nadie debió escuchar las anécdotas de un ex espía al volante.

Formado los servicios secretos, el presidente ruso tuvo claro desde el comienzo que una de sus principales tareas consistía en revertir la sensación de humillación que sobrevino a la caída del socialismo real. El propio Putin dijo que la disolución de la Unión Soviética fue la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX: "El ahorro de los ciudadanos fue aniquilado y los viejos ideales destruidos". Mientras en Europa del Este el comunismo era visto como algo impuesto desde afuera, para Rusia resulta inseparable de su propia historia. Como escribió el historiador Bruno Groppo, la liberación del orden opresivo en Rusia coincidió con la pérdida de la posición hegemónica de la Unión Soviética y, a la postre, con su desintegración. Es decir, la caída del comunismo ponía en cuestión la propia identidad nacional.

Para la pedante y enriquecida élite liberal de la era Yeltsin, la Unión Soviética se reducía a 70 años sin sentido, un mal sueño al fin superado. Pero para los rusos esos años se habían mezclado con sus propios sueños y proyectos, individuales y colectivos. Gestas como la victoria sobre el nazismo o la llegada al espacio no podían ser borradas sin hundir su autoestima. Putin comprendió que el "frío cálculo egoísta" del mercado no era suficiente para reconstituir el orgullo nacional y encontró la fórmula: reconciliar las herencias zarista y comunista en una nueva síntesis nacionalista.

Pedro el Grande pasó entonces a convivir con Stalin en el podio de los constructores de la Rusia Grande, y la Unión Soviética pasó a ser una nueva forma del viejo Imperio ruso. El internacionalista Lenin queda, por eso mismo, fuera del panteón, aunque su cuerpo embalsamado permanezca por el momento en la Plaza Roja y aún atraiga a los turistas. Tampoco la idea de revolución entra bien en el pensamiento conservador de Putin, un partidario del orden y de la "paz social", impulsor del renacimiento de la Iglesia ortodoxa.

Zarismo de nuevo cuño

Putin construyó así una especie de sovietismo no comunista, con estrechos vínculos con las extremas derechas europeas, y se dedicó a reposicionar a Rusia en el mundo y a desafiar a Occidente: anexó Crimea y participó con éxito en el conflicto interno sirio. Reforzó el fantasma de una Rusia intervencionista capaz de movilizar ejércitos de hackers para alterar resultados electorales en los principales países occidentales, lo que eleva aún más la leyenda de un líder superpoderoso.

Putin añora la URSS como potencia pero rechaza la economía socializada que la sostuvo; de hecho, está lejos de una visión económica de izquierda. Como parte de su nuevo nacionalismo, decidió reponer el viejo himno soviético pero con una nueva letra, encargada a un ya anciano Serguei Mijalkov, el coautor del himno que en 1943, bajo Stalin, reemplazó La Internacional, el himno de facto de la Rusia bolchevique. Con gran capacidad de supervivencia, Mijalkov escribió también la adaptación pos-estalinista de 1977. Al final de cuentas, la Madre Rusia es la misma.

Según Michel Eltchaninoff -autor del libro En la cabeza de Vladímir Putin (2015)-, el mandatario ruso y sus estrategas ven a la Unión Europea como un fracaso, incapaz de trazar perspectivas y de asegurar la prosperidad. En su opinión, los Estados europeos están abiertos a las migraciones y no consiguen oponer resistencia a lo que perciben como una invasión musulmana. Por eso, apoyan el proyecto de una Unión Euroasiática, que incluye la creación de una nueva moneda transnacional. Ven a los ciudadanos europeos como consumidores desconcertados y superficiales que han perdido el sentido del patriotismo y la aspiración a grandes ideales.

Dicen que al abandonar el poder, Boris Yeltsin legó a Putin un último consejo: "Cuide bien de Rusia". Putin lo tomó tan en serio que no piensa abandonar su oficina en el Kremlin. Sin embargo, detrás de su popularidad, el rechazo crece en nuevas camadas de jóvenes urbanos cansados de lo que consideran una especie de zarismo de nuevo cuño que volvió a apoderarse de los viejos palacios. Mientras tanto, Putin, que prefiere otros deportes al fútbol, espera la Copa del Mundo como parte de las nuevas batallas globales.

Occidente, rival a medida

Uno de los componentes claves del discurso conservador del gobierno de Vladímir Putin es su abierta confrontación con Occidente, algo que en estos días se reactualizó con la crisis con Gran Bretaña luego del ataque al exespía Sergei Skripal.

Si en 2013 el presidente sostenía que "los países euroatlánticos están olvidando los principios éticos tradicionales", hace pocas semanas, en su mensaje anual dirigido a la Asamblea Federal, no tuvo reparos en presentar un armamento nuclear capaz de sortear el escudo antimisiles norteamericano y alcanzar cualquier punto del planeta que osara atacar al país. "Nadie quería escucharnos. Ahora pueden hacerlo", remarcó severo.

La oposición entre un "camino especial" de Rusia y un Occidente "extraño y decadente" no es nueva. Puede rastrearse en los debates de la intelligentsia decimonónica e incluso en las revistas literarias de la Unión Soviética postestalinista. Sin embargo, su contenido actual es bien diferente. Mientras en el siglo XIX esas posiciones aspiraban a confrontar el desafío planteado por el avance de la modernidad y en el siglo XX a reformar el proyecto comunista, en la lógica actual del Kremlin sirven para un interés más específico: disimular la creciente crisis social y económica y proveer de legitimidad a un régimen de rasgos autoritarios.

Este componente del discurso oficial forma parte de la retórica nacionalista que Putin comenzó a desplegar con notoriedad al inicio de su tercer mandato en 2012 y que se reforzó con la crisis ucraniana y la anexión de Crimea en 2014. A partir de entonces, el Kremlin no ahorró esfuerzos en denunciar a Occidente como la fuente del descalabro moral del mundo y, en la medida que intentaba alcanzar a Rusia -como sucedió en Ucrania-, como una amenaza para su estabilidad. La estrategia era clara: colocar el origen de los descontentos en el extranjero. Es en este marco que pueden entenderse, por ejemplo, la campaña contra las chicas del grupo punk feminista Pussy Riot y la sanción de la ley que condena la propaganda homosexual de 2013.

Ciertamente, la cultura es el ámbito en donde se despliegan los mayores esfuerzos para llevar adelante esta "cruzada". El mayor fogonero es Vladímir Medinsky, un historiador de tendencias eslavófilas sospechado de haber plagiado su tesis de doctorado y que oficia, desde mayo de 2012, como ministro de Cultura. Con el aval de Putin, estimula la producción de artefactos culturales que exaltan el patriotismo, los valores "tradicionales" y la unidad frente a los enemigos occidentales. Para ello, creó en diciembre de 2012 la Sociedad Histórico-Militar Rusa. Entre los fundadores también se encuentra el ministro de Defensa, Sergey Shoygu, síntoma notable de esta "militarización de la cultura". La Sociedad ha erigido por toda Rusia más de 200 monumentos de personajes y momentos históricos significativos, entre los que se destaca la enorme estatua de Vladímir, el príncipe que convirtió a Rusia al cristianismo en el siglo X, colocada en la puerta del Kremlin en 2016. Pero las acciones no se detienen allí. Series de televisión, conferencias, películas y muestras de arte -como la exitosa retrospectiva del pintor realista Valentín Serov, llevada a cabo en la Galería Tretiakov entre 2015 y 2016, y la actual del mundialmente reconocido Vasily Vereshchaguin- apuntan a resaltar la superioridad rusa frente a la decadente cultura de masas occidental.

A pesar de la crisis social, la apuesta de Moscú cuenta con un importante apoyo popular. Este no se explica por la "irracionalidad" de los rusos ni por su "histórica tendencia al autoritarismo". La década del 90 hizo coincidir la difusión de la democracia liberal y de los derechos humanos con el desempleo masivo, la inflación y la inestabilidad, asociación que explica en parte su rechazo. Por otra parte, el discurso nacionalista devuelve a los rusos el orgullo por su patria, pisoteado luego de la disolución de la URSS. En este contexto, conviven hoy en el Kremlin citas del filósofo euroasianista Konstantín Leontiev (1831-1891) con políticas neoliberales. Un singular híbrido que, por ahora, logra su doble cometido de contener la crisis interna y anticipar las supuestas amenazas externas.

Los autores escribieron Todo lo que necesitás saber sobre la Revolución Rusa (Paidós)

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